La tragedia de Dilma y el PT

Piense uno lo que piense de un determinado líder político, no puede dejar de sentir cierta empatía cuando este cae en desgracia

Piense uno lo que piense de un determinado líder político, no puede dejar de sentir cierta empatía cuando este cae en desgracia. Es un poco el pathos de la tragedia, ese estado del alma que nos produce la caída de un personaje encumbrado, el despeñadero de sueños. Sean estos sueños individuales o colectivos, propios o ajenos, su fin trágico siempre nos produce angustia.

Es lo que pasa con Dilma Rousseff. Nos da lástima su salida por la puerta de atrás de la historia, más aun tratándose de la primera presidenta mujer de Brasil. Sin embargo, en su caso lo que deja un sabor más amargo es el fin de una era: la caída del PT, un partido que durante una década entusiasmó al pueblo brasileño, y encarnó en la figura de Lula da Silva sus inveterados sueños de grandeza, se desploma hoy como un castillo de naipes por la gigantesca corrupción que lo carcomió desde sus entrañas.

De algún modo, el pathos trágico ya se había consumado en varios actos con los constantes escándalos de corrupción que envolvían al PT y que, ante la opinión pública, ya habían derribado a Lula de su pedestal.

Dilma, en cambio, era una presidenta inmensamente impopular. Podemos discutir hasta el cansancio los factores que condujeron a su destitución: que si esta era procedente o no por el maquillaje de las cuentas públicas, que si el impeachment no habría tenido lugar de no mediar la imponente recesión económica en que cayó Brasil, que si los políticos de la oposición conspiraron (y que además eran igual de corruptos que los del PT), que si los poderes económicos y los medios contribuyeron a su caída, que si ella no tuvo la muñeca política de Lula para manejar ese colosal entramado de corrupción e intereses encontrados que es la política brasileña... Todo se puede discutir. Pero quien en realidad echó a Dilma de Planalto fue la gente en las calles.

Los brasileños se hartaron de la corrupción, y millones salieron a protestar indignados. Indignación que en este caso lo fue más por el hecho de que el PT siempre se había presentado como un movimiento de dirigentes honestos, que condenaban airadamente hasta el menor caso de corrupción y habían promovido varios impeachments, entre ellos, los de los expresidentes Fernando Collor de Melo y Fernando Henrique Cardoso.

Las protestas masivas se repetían una y otra vez por todo Brasil pidiendo la destitución de Dilma y el encarcelamiento de Lula. Eso fue todo. De no haber sido por eso, nunca podrían haberla enjuiciado en el Congreso, ni aunque todos los poderes fácticos conspiraran para ello. El poder que destituyó a Dilma fue el poder del pueblo.

Es cierto que lo más justo debió ser convocar a nuevas elecciones tras su destitución. Es cierto también que el actual presidente, Michel Temer, es tan o más impopular que Dilma, y su partido, el PMDB, tan corrupto como el PT. Lo deseable hubiera sido un gran sacudón de toda la clase política que cambiara de una vez por todas el perverso sistema brasileño.

Hoy no hay protestas masivas en las calles de Brasil. La gente parece haberle abierto un compás de espera al nuevo gobierno. Los mercados también han respondido favorablemente. Y Temer tiene ahora margen de maniobra para intentar sacar al país de la recesión. Pero más le vale al nuevo presidente y a su partido hacer las cosas bien. Porque el pueblo brasileño ya ha visto de lo que es capaz, y su poder está en las calles.


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