La trampa del emprendedor social

El director de Fundación daVinci, Sergio Delgado, desmitifica el concepto de "emprendedor social"

Los emprendedores sociales están llegando al barrio. Pero no solo el emprendedor ahora es social, tenemos también innovación social, tecnología social, economía social, laboratorios sociales, programas de valor social compartido y, por supuesto, empresas sociales.

Cuando trabajo sobre responsabilidad social empresarial con futuros contadores, me preocupo en advertirles sobre el problema de usar y abusar del adjetivo “social”. Esto nos ayuda a diferenciar más adelante filantropía, marketing ¡social! y propiamente responsabilidad corporativa como una nueva filosofía de hacer negocios, alejándose de lo que se promociona a diestra y siniestra como responsabilidad social. Con esta base, luego avanzamos en la propuesta de balance ¡social! Lo mismo sucede en el ámbito emprendedor. Por moda y manoseo es un adjetivo que confunde.

¿Existe entonces el emprendedorismo social? ¿Define y diferencia el propósito de la empresa o proyecto, el grado de vulnerabilidad psicosocioeconómica de las personas a quienes va dirigido el producto o servicio, será que luego de hacer un buen mapeo de los grupos de interés vinculados con la organización el tema se aclara con entender el tipo de relación que se construye con los mismos, o quizás la clave radica en identificar el bolsillo hacia dónde van a parar las ganancias? ¿Pero si algunos son emprendedores sociales, qué son el resto?

Existen organizaciones que abrazan la causa y corren tras la bandera del emprendedurismo social, preocupándose por trabajar en el tipo de solución que ofrecen los proyectos productivos que apoyan. La idea es que cuanto más se acerquen esas soluciones a poblaciones en la base de la denominada pirámide socioeconómica, más social es el asunto. ¿Será más o menos social un emprendedor que genera soluciones innovadoras de saneamiento para asentamientos irregulares frente a otro que desarrolla un innovador software de monitoreo de cultivos apoyado con drones para grandes productores?

Algunas semanas atrás participé de un taller de Ashoka Argentina, una de las organizaciones responsables de acuñar el término “emprendedor social” en el mundo. Ellos comenzaron a identificar y a trabajar con este perfil inicialmente en India hace ya más de 30 años. Tomando un café con Daniela Kreimer, una de las facilitadoras de la instancia, le comenté mi posición sobre la trampa de la etiqueta del emprendedor social y, para mi sorpresa, aclaró que están abandonando el concepto, buscando superar así la ambiguedad que genera. Ahora prefieren hablar de líderes de cambio, economía del bien común, negocios inclusivos, emprendimiento colaborativo y empatía aplicada a los negocios. Nombres, términos, etiquetas que pueden representar no necesariamente realidades existentes, sino también aquellas por alcanzar.

Emprendedor social es una redundancia. Al final del día, es social el emprendedor que se preocupa por estar al día con sus obligaciones fiscales, el que genera valor a través de sus servicios, quien se interesa en buscar la promoción personal-profesional tanto de sus colaboradores más cercanos como de toda aquella persona que se vincula con la organización y quien se responsabiliza del impacto ambiental de sus actividades.

Quizás el acento y preocupación “social” se expande en nuestros días como sensibilización. La capacidad productiva y transformadora que surge del trabajo y particularmente de la actividad emprendedora, también puede y debe atender a sectores vulnerables, generando y derramando valor genuino hacia toda la sociedad a través de soluciones concretas, con centro en la protección y promoción de la dignidad de los sujetos.

A su vez, entiendo que todo este movimiento y empuje estimula especialmente a las nuevas generaciones de emprendedores a tomar conciencia de las incontables y atractivas oportunidades de negocio vinculadas con sectores marginados o socioeconómicamente deprimidos de la población.

Así, es posible contribuir a la equidad social en sentido rawlsiano, es posible impactar positivamente en los grupos menos favorecidos y, lo importante aquí, no ya solo para crear hábitos productivos o superar carencias materiales puntales (el asistencialismo es y será necesario) sino también para acompañar y empoderar a estas personas hacia su transformación en agentes económicos independientes, activos e integrados al sistema. Además, al momento de pasar raya ¡es posible ganar dinero! Como ejemplos, en Latinoamérica sigo las experiencias de Mamagrande, El Arca productores o el programa Semilla; a nivel internacional, el grupo de empresas Grameen definitivamente es ya un caso emblemático.

Bien puede merecer una próxima discusión el reto a continuar profesionalizando la gestión de los proyectos sociales o el desafío siempre presente de hacer germinar en la cultura organizacional la inquietud por buscar alternativas creativas de sostenibilidad económica y financiera, superando la comprensión de las iniciativas como irremediablemente deficitarias que solo pueden sostenerse con padrinazgo. Seas emprendedor social o emprendedor a secas, te deseo lo mejor en este año que comienza.

* Director Fundación daVinci


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