La vida casi completa de Emily

La trayectoria de la poeta sigue ofreciendo varios misterios
Por año y medio a mediados de la década de 1980 viví en Amherst, Massachusetts, a poca distancia de la casa de Emily Dickinson. Puesto que casi en la misma cuadra había un restaurante chino donde se comía barato y delicioso, pasaba por la residencia convertida en museo con mucha frecuencia. Había llegado a relacionar el chop suey con la obra de la gran poeta estadounidense, quien había convertido su casa en una especie de convento solo para ella, es decir, un convento no convencional. Dickinson estudió en la universidad de Mount Holyoke, ubicada en un pueblo cercano y cuyos estudiantes son todas mujeres. Como yo enseñaba por entonces en una universidad de Amherst, y la obra de la poeta formaba parte del programa de estudios de mi clase, una vez logré que me abrieran la casa especialmente para mí. Pocas veces me había sentido tan extraño en un espacio que una época había sido el hogar de alguien. La soledad de la casa no tan grande, más bien pequeña, se transformó en silencio fantasmal a través del cual me pareció oír la voz susurrante de la poeta contándome cómo había sido su vida en esas habitaciones, incluso dándome información sobre los sentimientos que la acompañaban cuando las noches eran más solitarias que nunca y la poesía era el único salvavidas a mano.

La intemperie en invierno en esa parte del estado de Massachusetts –Boston a dos horas– era una heladera, mejor dicho, un congelador. La belleza de los árboles cambiaba rápidamente de verde a amarillo, y de amarillo a blanco, pues la nieve comenzaba a caer en octubre y no paraba hasta principios de mayo. Un invierno cuya eternidad duraba casi nueve meses. Mi casita quedaba cerca de la de Emily Dickinson, aunque la suya no aceptaba diminutivo. Pasaba casi a diario por la que había sido la residencia de la gran poeta estadounidense, hoy convertida en museo: ella y su casa. Un día, mejor dicho, una noche oscura, me metí al jardín para saber cómo era ver las estrellas desde el mismo lugar que las había visto Emily (puesto que la admiro tanto puedo tutearla). Con los pies sobre el impecable césped y la mirada fija en el cielo me di cuenta de que el universo es como uno lo quiere ver y si uno quiere puede verlo con la imaginación, no con los ojos de todos los días.

Las visitas constantes al jardín de ED se quedaron para siempre en mi memoria, sobre todo sabiendo que en ese mismo jardín del frente de la casa, donde yo me animé a ver las estrellas como supongo las vio la anfitriona, hallaron no hace mucho enterrada la lápida del general Thomas Gilbert, quien fue, no por casualidad, tío lejano de la poeta. Nadie, tal como debe quedar evidente, sabe bien qué estaba haciendo allí, tan enterradito, pero allí estaba, a bastante profundidad, como si hubiera llegado arrastrándose del más allá para salir y no lo hubieran dejado. El rompecabezas aún no está completo pues no es fácil demostrar, tanto tiempo después, cómo una lápida terminó sus días en jardín ajeno. La poeta, reclusa y amante del misterio, es decir, de la vida tal cual, seguramente ha de estar satisfecha por saber que su casa sigue fabricando secretos sin resolución. Gilbert, militar y abogado, murió viudo y pobre en 1841, a los 48 años, habiéndole sobrevivido siete hijos, uno de los cuales, Susan, se casó con Austin Dickinson, hermano de la poeta.

Sobre Emily Dickinson (1830-1886), junto con la mexicana sor Juana Inés de la Cruz, las dos poetas principales que dio el continente americano, se han escrito decenas de libros. Puesto que el personaje me interesa como persona y como escritora, he leído unas 10 biografías sobre su vida, tal vez buscando que alguna de ellas me ayudara a tener una imagen definitiva de la gran enigmática de la literatura universal. A pesar de que tuvo una vida simple y sedentaria, Dickinson ha resistido a lo largo de los tiempos a la manera de un misterio con mayúsculas, tal cual da cuenta el estudio biográfico A Loaded Gun: Emily Dickinson for the 21st Century, de Jerome Charyn, quien ya antes le había dedicado otro libro a la poeta. Quizá la investigación más convincente de todas –aunque la afirmación pueda resultar exagerada– sea la de Richard B. Sewall, The Life of Emily Dickinson, publicada hace ya casi 20 años, que permite tener una panorámica con mirada microscópica sobre los 55 años que vivió la poeta y que encontró en la poesía la coartada para justificar la vida y de paso agregarle trascendencia, la que le dan las palabras cuando logran driblear las trampas de su época.

El año pasado se estrenó A Quiet Passion, notable filme biópico, escrito y dirigido con inteligencia sensible por el inglés Terence Davies, que junto con Brightstar (dirigido por Jane Campion), sobre la vida de John Keats, debe encabezar la lista de mejores películas filmadas sobre un poeta. Las dos son obras maestras del cine biográfico pues lograban reducir a momentos de epifanía la vida compleja de dos poetas de extraordinaria originalidad, que ayudaron a construir la literatura que hoy llamamos moderna. Cynthia Nixon logra convencer con su interpretación de Dickinson, papel que no era nada fácil pues la autoimpuesta monotonía cotidiana es uno de los rasgos característicos de una de las vidas más privadas que ha conocido la literatura.

Parecía que con las nuevas biografías publicadas en lo que va de este siglo y con el estreno de A Quiet Passion el rompecabezas que fue la vida de Dickinson había quedado definitivamente completo, sin embargo, el misterio sigue siendo una fábrica de hipótesis y conjeturas. Una exposición, I'm Nobody! Who are you? The Life and Poetry of Emily Dickinson, que desde febrero hasta fines del mes pasado estuvo abierta al público en la biblioteca Morgan de Nueva York, ubicada en 225 Madison Avenue, a corta distancia de Central Station, reveló que la poeta que escribió unos 1.800 poemas no era tan reclusa como se creía y que su vida social era más activa de lo que se había supuesto hasta ahora.
La exposición tuvo carácter histórico, pues nunca antes una muestra había reunido en forma tan comprensiva las pertenencias y los escritos de Dickinson. Por lo tanto, la exposición ha servido para reescribir un capitulo fundamental en la vida de la poeta, el que llega hasta el momento en que cumple 40 años, cuando comienza a salir cada vez menos de la que había sido casa de su padre, su hogar en Amherst, y donde permanecería hasta el final, no completamente aislada, pues durante los últimos 15 años de su vida escribió decenas de cartas, como diciendo al mundo, a sus familiares y amigos, incluso a quienes la leeríamos tanto tiempo después, que en las palabras escritas era donde estaba más completamente viva, donde nunca dejará de estarlo.

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