La vida en la zona roja del dengue

Mi barrio huele a repelente y piriproxifen. Vivo a una cuadra del primer caso de dengue autóctono, ahí donde campea la paranoia y el temor

El ascensor tiene un estilo algo ochentoso, con paredes de cármica amarronada, luz bien blanca, una puerta que se abre y cierra lentamente y un espejo algo venido a menos. El viaje desde el piso 10 a planta baja no lleva más de 20 segundos, quizás menos.

De pronto lo veo: un molesto mosquito revolotea sobre mi cabeza. ¿Será un Culex o el temido Aedes aegypti? Es raro, ver un mosquito se ha transformado en un instante casi que de tensión. Intento matarlo pero se me escapa y termina metiéndose en el techo, entre las luces.

Se abren las puertas.

-Mirá que hay un mosquito en el ascensor –le digo a Castro, como quien hubiera visto al diablo en persona.

-Ah no, perá que lo mato, yo lo mato –me responde el portero del edificio, de andar manso y mirada pícara.

De fondo suena una milonga de Amalia de la Vega. Castro abre la puerta de un mueblecito donde está el kit anti-Aedes. Saca uno de los varios insecticidas que hay allí y echa bastante dentro del ascensor. Sale con la satisfacción del deber cumplido: el ascensor quedará por un buen rato con olor a insecticida -ese aroma perfumado, que a veces se torna irrespirable- pero el mosquito seguro estará muerto.

Vivo a una cuadra de Achiras y Lorenzo Pérez, donde hace algunas semanas se conoció el primer caso autóctono de dengue. Allí una hermosa Santa Rita domina una tranquila esquina con aire de pueblo.

No es exagerado afirmar que hoy en esta zona campea la paranoia y el temor por un pequeño bichito que puede transmitir esa enfermedad a la que durante años escapamos. Pero, igual que con el cuento de la Suiza de América, hoy Uruguay ya no es una isla. Somos Latinomérica.

Pocitos huele a repelente e insecticida. Hace unos días vi a una mujer que le pasaba la crema a su hija en los brazos, mientras caminaban ágiles por 26 de marzo. Mis vecinos de al lado echan insecticida todas las tardes en el balcón, y eso que estamos en un piso 10 donde es difícil que pueda subir un mosquito (salvo por el ascensor, claro).

En el edificio, además, resolvieron contratar a una empresa privada que realizó una fumigación especial contra mosquitos y, ya que estamos, cucarachas, arañas, hormigas y peces de plata.

La otra mañana el barrio también olía a Dragon Max, el pesticida que utiliza la intendencia. Tiene permetrina y piriproxifen. Este último es un compuesto al que algunos en Brasil asocian a la microcefalia de los bebes (esto por supuesto no está comprobado).

La nube tóxica se veía subir por la calle Buxareo desde el balcón de casa.

El primer día la Intendencia de Montevideo fumigó luego de las 6 de la mañana, cuando ya estaban descargando los cajones de frutas y verduras en la feria que está en la calle Luis Lamas y había gente esperando en las paradas de ómnibus.

Las autoridades aconsejan tener las puertas y ventanas abiertas durante la fumigación, para que el insecticida entre a los hogares.

-Yo no voy a abrir un carajo, voy a tener todo bien cerrado –me dijo mi suegro, que también vive en la zona.

En casa seguimos el consejo de mi suegro. A esta altura me pregunto qué es peor: el mosquito o la exposición a los productos químicos.


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