La vida secreta de los padres

La vida secreta de los bebés es un documental lleno de información pero que olvida la otra visión: no todo es dulzor
Bajo la insistencia de mi madre y de mi hermana, que en unos mese será madre, miré con mi hija de 15 años uno de los documentales más taquilleros del momento en Netflix: La vida secreta de los bebés. Fui padre de un varón hace un año, y aquellos recuerdos de hace quince años atrás afloraron con la fuerza de un cañón emotivo en la cara y el corazón.

Con un apoyo en la investigación científica de pediatras, físicos, psicólogos y otros expertos, el estudio de los primeros meses de vida de los seres humanos han tenido un despegue soberbio en los últimos años. Hoy se conoce en profundidad aspectos del crecimiento y las relaciones entre causas y efectos sobre la vida de los pequeños que cuando yo era chico o incluso cuando mi hija mayor nació se desconocían absolutamente.

El documental condensa en 46 minutos una serie de fenómenos casi milagrosos a través de cuales se resalta la maravilla de la vida de los bebés. Inevitable no sonreír y aprender de la narración, de las imágenes, del misterio y la magia de comenzar a estar vivo. La capacidad de transformar en un solo respiro de primer oxígeno todo el organismo, la facilidad para el nado, la fuerza motora en piernas que todavía no poseen rótulas, la empatía para la comunicación, las formas del apego, se explican a través de cuidadosas imágenes y anécdotas de familias, con la voz del actor Martin Clunes, y merecen todo el aplauso. Logran su cometido: conmueven.

Pero, sorpresivamente para un padre, La vida secreta de los bebés elige de forma deliberada dejar fuera de la narración otra parte, que no por explícita para todos los progenitores preocupados por el bienestar de sus hijos deja de tener sus pequeños secretos omitidos. Pero a la crianza, amigos científicos, al tiempo transcurrido día a día con un bebé que crece y avanza por la vida dentro del pequeño universo hogareño, van unidos un montón de elementos que también constituyen la médula de la paternidad.

El llanto penetrante en medio de la noche de un bebé afiebrado o hambriento, que atraviesa las tinieblas más densas y quita el sueño más profundo, una y otra y otra vez, es un mecanismo comunicativo que forja un ida y vuelta con los padres, incluso en su aspecto más corrosivo. Un pañal puede transformarse en un arma de destrucción masiva y uno no deja de preguntarse cómo del pequeño cuerpo de nuestro crío salió el aroma de un baño de un infecto bar rutero. La escatología es parte constitutiva de un bebé: heces, gases, vómitos, mucosidad, comida. Líquidos y semisólidos que rodean su existencia inicial en medio de un caos ordenado que día y noche se va encarrilando en el almanaque y en un niño que crece, se enferma, sufre, se recupera, vuelve a enfermar, se brota, se queda sin aire en el llanto, templa la paciencia a prueba de misiles y se despierta con la sonrisa más luminosa del mundo en el momento que había vuelto a pegar un ojo. Todo padre sabe de esto, no soy original.

Pero es por lo menos curioso que los responsables británicos de una serie documental tan prestigiosa (que también produjeron La vida secreta de los gatos, de los perros y varias más), hayan puesto la cámara para otro lado y se perdieran el costado menos edulcorado de los bebes, pero tan cierto y rotundo como un buen eructo luego del almuerzo de papilla.

En el fragor de las palabras, la balanza parece haber cambiado de peso. ¿Estoy hablando de la vida secreta de los padres? No lo sé. Quizás les estoy reclamando un poco más de periodismo. En todo caso, la ecuación de la vida se compone de tantas felicidades como tragedias. Y los bebes no son ajenos a ellas.

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