La violencia y el intento de robo al senador Michelini

Tres balazos en una tranquila calle de Pocitos. El miedo que aparece una vez más y un tema de muy improbable solución.

El grito, cargado de furia, retumbó en las paredes de los edificios de la tranquila calle pocitense Luis Lamas y llegó, bien nítido, hasta el décimo piso.

-¡Hijos de puta, hijos de puta!

Unos segundos después vinieron los balazos. Fueron dos o tres en un barrio donde rara vez se escuchan tiros. Miré hacia afuera y cuatro muchachos corrían hacia la esquina. Atrás, una persona de pelo algo canoso caminaba con cierta dificultad. Luego me enteraría que era el senador Rafael Michelini. Lo habían intentado robar mientras bajaba algunas cosas de su auto.

Todos salimos a los balcones y seguimos, como si fuera una película, un espectáculo que incluyó varios coches de la policía cerrando la calle y un senador herido de bala, quien subió, rengueando, a una ambulancia.

Algunos gritaban. Que se fueron por allá, corré, ya no se puede vivir así, esto es un desastre y cosas por el estilo.

En los días posteriores, obvio, el episodio fue un tema relevante de conversación en pasillos y ascensores. Esta vez le había tocado a un senador.

En mi edificio, a menos de media cuadra de la casa de Michelini, sucesivas asambleas de copropietarios han ido definiendo un combo de seguridad bien típico de estas épocas. Al portero 24 horas le han agregado cerca electrificada y un botón de pánico que, creo, nunca se usó.

Hay que hacer algo para terminar con esto, me dijeron el otro día en el ascensor. Y, pregunto, ¿qué se debería hacer? ¿Bajar la edad de imputabilidad? ¿Poner más policías en la calle? ¿Aumentar las penas? ¿Colapsar aún más las cárceles?

En una de esas se puede hacer “algo” más para mejorar la seguridad en las calles montevideanas. Pero siempre serán parches. Porque la inseguridad solo se resolverá cuando no haya una sociedad dividida en dos, un Uruguay rico y otro pobre.  Unos que tienen todo y otros que no tienen casi nada.

Quizás se resuelva cuando los niños de los asentamientos no lleguen a las escuelas con hambre, descalzos o con poca ropa, sin saber –por ejemplo- cómo se usa un wáter.  O cuando esos niños no vivan con las aguas servidas pasando frente sus casas. Quizás cuando no deban quedarse encerrados los días de lluvia porque los caminos son puro barro.

Porque todo eso que relato, y unas cuantas cosas más, también generan violencia. Aunque suene trillado decirlo.


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