Larga vida a Goliat

La más tremenda de las batallas deportivas de junio es la que se celebra hoy, domingo 19
Hace dos años, un 19 de junio, Luis Suárez le hizo dos goles a Inglaterra en el Mundial de Brasil, para que Uruguay ganara 2 1 y pudiera seguir en carrera. Eso era fútbol, pero junio es un mes para recordar también en otros deportes.

Este domingo, sin ir más lejos, es el séptimo y último partido de las finales de la NBA, una de las series más imprevisibles de la historia, con dos equipos, cada uno con su estrella guía, LeBron James y Stephen Curry, que parece que llegaran de dos planetas distintos, cada uno con una concepción diferente sobre básquetbol, fama, actitud y seducción.

Pero junio es también el mes de Roland Garros, y este año lo ganó Novak Djokovic, un serbio que sueña con llegar a ser el mejor de la historia. Había que ganar por lo menos una vez en el polvo de ladrillo de París para sostener semejante aspiración y Djokovic lo hizo hace unos días. No aparece en el horizonte alguien que sea capaz de pararlo, así que, ahora mismo, habría que apostar a que va a ganar Wimbledon, que empieza este mes, y pronto va a superar a Nadal y a Federer y así obtener el cetro de Mejor de Todos los Tiempos.

Este año, además, se juega a la vez la Copa América y la Eurocopa. De este lado del océano debería ganar Argentina, que, salvo error, es el mejor equipo del mundo. Colombia y México son los enemigos, ya que Uruguay y Brasil –ganadores de seis de las últimas ocho copas– están afuera. Pero Argentina no debería tener problemas para obetener el título: tienen el equipo, las estrellas y la actitud necesaria.

En Europa, por el contrario, el futuro no está nada claro. Yo creo que debería ganar Italia, que tiene la intención y el currículum, pero Alemania, Inglaterra y hasta España podrían tener algo para decir. Yo le apostaría algún euro a Hungría, para llevarme un montón de dinero con una gran sonrisa.

De todas maneras insisto en que el momento más dramático del deporte universal es el séptimo partido de las finales de la NBA, el que se disputa hoy, para los que leen esta columna en su día de estreno, el 19 de junio de 2016.

La última vez que había sido necesario llegar hasta el final, en la serie al mejor de siete que define al campeón del mejor básquetbol del mundo, sucedió en Miami en 2013, Entonces, el equipo local, liderado por LeBron James, resultó vencedor.

Hoy vuelve LeBron a la cancha en este partido que define toda la temporada, pero esta vez no es el local sino que deberá jugar en la cancha del equipo que batió el récord, este año, de partidos ganados en una temporada: 73 de 82 posibles.

Decía que LeBron y Steph eran muy distintos y vaya que lo son. Parecería que la vida es una comedia para el simpático Curry y una tragedia para el terrible James. El primero es el campeón defensor sin despeinarse, en tanto que el segundo llega a su sexta final consecutiva y solo ganó dos.

Mientras Curry regala alegría, James engendra furia. Desde el punto de vista físico, Curry es David y LeBron es Goliat, pero el primero está arropado por uno de los mejores equipos de la historia y el segundo tiene que luchar hasta la extenuación, con una actuación heroica y después otra y otra, para salirse con la suya.

Curry, sin embargo, tuvo que abrirse paso en la liga, que lo miraba con desdén, en tanto que James era una superestrella antes de empezar. Ahora están los dos contra las cuerdas, cansados y enojados antes de empezar una batalla que marcará sus respectivas carreras.

La tensión es insoportable. Yo –que tanto lo odié en su momento, por motivos que ahora me parecen triviales– hinché por LeBron estos dos últimos partidos en los que su equipo estaba al borde del abismo. Quería que hubiera un game seven, que se definiera todo en un solo partido.

mientras escribo, me doy cuenta de que voy por LeBron hasta el final; voy por Goliat, el peregrino. Quiera Dios que esta vez no lo bajen de un ondazo.


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