Las aguas populistas están agitadas

Hay dos clases de derechos: los que violan los gobiernos de izquierda y los que violan los gobiernos de derecha. Los primeros no se condenan, mientras que los segundos sí. Al menos para la Unasur

El viernes 13 de febrero la respetada organización Human Rights Watch (HRW) condenó duramente el violento ataque que sufrió el encarcelado líder opositor venezolano Leopoldo López “por parte de hombres encapuchados y fuertemente armados, que irrumpieron esta madrugada en su celda con el único objetivo de intimidarlo y castigarlo. Destrozaron sus pertenencias, lo agredieron y se lo llevaron por la fuerza a una celda de castigo, donde permanece aislado, sin acceso a su familia ni a su abogado”.

HRW hace responsable al gobierno de Nicolás Maduro “por la vida y la integridad corporal de Leopoldo López, quien se encuentra injustamente detenido hace casi un año en una prisión militar”, y demanda “a la comunidad internacional, en especial a los Estados miembros de Unasur —los cuales, salvo contadas y recientes excepciones, han mantenido un silencio cómplice— que no traicionen sus obligaciones jurídicas internacionales, y de una vez por todas se pronuncien sobre los abusos cometidos en Venezuela y exijan la inmediata e incondicional liberación de López y de otros presos en similares condiciones”.

Obviamente, la Unasur en su conjunto y sus países individualmente no se han pronunciado por este nuevo ataque a los derechos humanos en Venezuela. Parecería que hay dos clases de derechos: los que violan los gobiernos de izquierda y los que violan los gobiernos de derecha. Los primeros no se condenan, mientras que los segundos sí e inmediatamente.

Más preocupada debe estar la Unasur por la denuncia de Maduro, un día antes, de que se procuraba llevar a cabo un golpe de Estado por parte de grupos opositores apoyados por Estados Unidos. Maduro, y su mentor Chávez antes, viene denunciado “golpes” desde EEUU hace ya varios años. Pero tales presuntos golpes no se materializan. Solo sirven de justificación para reprimir a la oposición, para autorizar el uso de armas de fuego en las manifestaciones y para realizar nuevas detenciones. ¿No se da cuenta Maduro de que si alguien tuviera interés en cambiar su gobierno no haría falta dar un golpe de estado y quizá ni siquiera esperar a las próximas elecciones? Bastaría dejarlo que se caiga de “maduro” por su propia incompetencia para manejar la espantosa crisis económica en que ha sumido a su país, el inefable socialismo del siglo XXI, con recesión, creciente inflación y desabastecimiento de productos básicos, excepto la gasolina barata y brutalmente subsidiada.

Maduro, además, tiene el triste honor de haber llevado a Venezuela en picada en el Índice de Libertad de Expresión que elabora Reporteros Sin Fronteras (RSF). Con 21 puestos perdidos, Venezuela cayó al lugar 137 del mundo y solo se mantiene por encima de México (148) y Cuba (169). La responsable para América de RSF, Claire San Filippo, destacó las agresiones sufridas por los periodistas que cubrían manifestaciones, pero también mencionó las amenazas y detenciones arbitrarias de muchos de ellos por las fuerzas del orden. “La Guardia Nacional Bolivariana disparó a periodistas en las manifestaciones aunque estuvieran claramente identificados como tales”, denunció RSF.

En Argentina, mientras tanto, la presidente Cristina Fernández de Kirchner y su canciller Héctor Timerman han sido imputados formalmente de encubrimiento en el tema AMIA. CFK denuncia también un complot para “destituirla”, y dice que si muere “miren al norte y no al este”, en clara alusión a EEUU y no al polvorín de Medio Oriente. Pero la presidenta no precisa que nadie la destituya: se está destituyendo sola con su penoso manejo del caso Alberto Nisman, el fiscal que la acusó y terminó muerto.

Argentina y Venezuela son países cuyos presidentes han surgido de las urnas pero cuyos gobiernos han desconocido el estado de derecho, la separación de poderes, el respeto de la libertad de expresión y las garantías individuales. Nada de ello parece preocuparle a la Unasur, que seguramente está más inquieta por la baja internacional del petróleo, que priva a países como Venezuela, Ecuador y Bolivia de importantes fuentes de ingresos para financiar el “socialismo del siglo XXI”. También les preocupa que la diplomacia iraní, a la que apoyaron en los últimos años, les está generando muchos dolores de cabeza.

Sin duda, las “aguas están agitadas” en países populistas, pero quienes las agitan son aquellos a los que los países republicanos de América han apoyado. Es hora de exigir pues el respeto irrestricto de los derechos humanos y de las instituciones democráticas en todos los países sin distinción y de acabar con fantasiosas aventuras diplomáticas. Y se verá cómo las aguas vuelven a su cauce.


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