Las batallas perdidas

Detrás del habitual conflicto por la basura se esconden años de
gestión caótica, burocratización y poderío sindical
A fines de año los hogares de Montevideo producen más basura que nunca. Entonces, el sindicato Adeom y las jerarquías municipales toman posiciones para la batalla habitual, cuyas variaciones y resultados más o menos se conocen.

"Es como ver zarpar al Titanic", admite un jerarca municipal. Ocurrió en 2000, en 2001, en 2008, en 2010, en 2015 y ahora. Y es probable que soldados del Ejército y empresas privadas terminen haciendo el trabajo de otros y disimulen la debacle, como ya ocurrió en 2010 y 2015.

El socialista Daniel Martínez, quien ambiciona la candidatura presidencial por el Frente Amplio, atribuye parte de las miserias financieras y los fallos de gestión de la intendencia al gobierno de la comunista Ana Olivera. La candidatura de Olivera fue cocinada en enero de 2010 entre José Mujica y el Partido Comunista, lo que acabó con las aspiraciones de Martínez, que, sin embargo, se tomó revancha en 2015 al derrotar en las urnas a Lucía Topolansky, a quien respaldaban el MPP y el PCU.

Martínez tiene poco margen, pues la intendencia acumula grandes deudas después de muchos años de déficits. Pero tal vez pueda aspirar a poner orden y legar una ciudad más o menos limpia.

Óscar Caputi, director de Limpieza, admitió en noviembre que la suciedad endémica de Montevideo se gestó "en algún momento" en que dejaron de adjudicarse recursos humanos y materiales suficientes.

Ahora se esperan 15 nuevos camiones como quien espera al Mesías. Pero hay razones más profundas y permanentes, como la burocratización y el vuelo que adquirieron las corporaciones sindicales. Y luego está el problema de la calidad del gerenciamiento y su compromiso. Nadie se juega la ropa. Un director que fracase no corre mucho riesgo: simplemente migra dentro de la intendencia o en el Estado.

Entre 2010 y 2015, Ana Olivera creó nuevas líneas de poder paralelas, bajo control político-sindical, que doblaron los mandos habituales. La superposición fomentó el caos y la partición en feudos y erosionó la disciplina.

En el sector Limpieza, por ejemplo, el ausentismo por todo concepto es de 30% y la productividad muy baja.

Los jerarcas designados por Daniel Martínez tratan de recuperar el principio de autoridad. "Acá no hay un cogobierno", ha dicho Ramón Méndez, un doctor en Ciencias Físicas que adquirió prestigio como director de Energía cuando Martínez fue ministro de Industria. Ambos se hicieron amigos.

En marzo de este año la revista Fortune eligió a Méndez como una de las 50 personas más influyentes del mundo por su trabajo para la transformación de la matriz energética de Uruguay con fuentes renovables. Luego Martínez designó a Méndez como coordinador de gabinete, con grandes objetivos: no solo "gestionar Montevideo sino transformarlo".

Pero no será sencillo. Hay un gran desorden e incluso enemistades y competencia entre los jerarcas.
Es difícil tomar decisiones y ejecutarlas.

La capacidad de maniobra gerencial se mide en milímetros por el bloqueo sindical. Así, por ejemplo, un taller que se construyó en 2012 en la usina de Felipe Cardoso sigue vacío porque los mecánicos prefieren seguir trabajando en sucuchos en el Buceo, un barrio mucho más agradable. Los dirigentes sindicales quieren mantener su poder y nada se resuelve sin ellos. Contrato o empresas son malas palabras. Solo aceptan más funcionarios, pues aumentan su poder.

La verdadera razón del actual conflicto es que el sindicato cuestiona que se haya contratado a nuevos funcionarios para trabajar los domingos como un día normal, lo que implica que se acaban las horas extras con paga doble.

Martínez y los suyos, sensibles a los "costos políticos", deberán elegir en qué momento tienen un conflicto frontal con Adeom, como los que se desarrollaron entre 2000 y 2002, durante el segundo gobierno de Mariano Arana.

Entonces un grupo de jerarcas de Limpieza, reunidos en un apartamento de la avenida Agraciada, derrotó a núcleos radicales contratando camiones de empresas privadas para recoger la basura de la ciudad. Pero en los años siguientes ese filo se gastó y dio paso a un desbarranque general.

Una solución completa –hacer de Montevideo una ciudad limpia– es un asunto mucho más complejo que agregar camiones o llamar al Ejército. No hay ciudad limpia sin el compromiso de sus pobladores, que solo se logra después de largos procesos de información, educación, control y multas.

Tampoco puede haber sectores impunes, como los miles de personas que desparraman la basura cada día en busca de alimentos y materiales para reciclar. Ese gran revoltijo no es responsabilidad de la intendencia. Y el control ciudadano ya no funciona. Los montevideanos no corrigen a quienes ensucian por temor a las agresiones.

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