Las "Cazafantasmas", perseguidas por el espectro de su franquicia

El filme promete risas pero invierte mucho de su tiempo rememorando el pasado

Con toda gran remake (o reboot) viene una gran responsabilidad. El escrutinio, las comparaciones y las demandas se hacen inevitables para todos los productos de una era movida por la nostalgia, pero el nuevo Cazafantasmas es un alarmante ejemplo de la escala a la que puede llegar ese afán por conservar el pasado.

Quizá ningún filme haya sido mirado bajo una lupa así de negativa, a excepción del Psicosis de Gus Van Sant (1998), que fue para muchos un acercamiento sacrílego al genio de Alfred Hitchcock. Sin embargo, el rechazo a los Cazafantasmas de Paul Feig llegó como un torrente de odio online mucho antes de las primeras reseñas: ya desde su concepción fue el hijo no deseado de una época del cine mainstream que se rehusa a soltar el pasado.

Su mayor error, para los detractores, fue pasar de protagonistas masculinos a femeninos y, ante ese rechazo, la responsabilidad del filme se volvió aún mayor. No solo tenía que ser una buena nueva versión de un favorito de los 80, sino que también debía demostrar que las mujeres pueden hacer buenas comedias, una capacidad siempre puesta en tela de juicio.

Con Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Leslie Jones y Kate McKinnon a cargo de la tarea, el filme no falla a la hora de hacer reír. Comenzando con Erin Gilbert (Wiig), quien pierde un cargo en la Universidad de Columbia debido a un libro sobre lo paranormal que publicó hace años, el filme luego suma a las más excéntricas Abby Yates (McCarthy) y Jillian Hotzmann (McKinnon) a un grupo de científicas rechazadas por la academia que se dedican a cazar fantasmas. La cuarta del equipo, Patty Tolan (Jones), se suma luego desde un trasfondo distinto: al igual que Ernie Hudson en el Cazafantasmas original (1984), Jones encarna la "sabiduría callejera", con un conocimiento excepcional sobre la historia de Nueva York.

Juntas, las cuatro deben luchar contra Rowan, un hombre intrascendente con complejo de superioridad que invoca fantasmas para concretar su ansiado apocalipsis. El desprecio de Rowan hacia las cazafantasmas es solo una de las maneras con las que la película revela estar plenamente consciente de su entorno: cuando el grupo sube un video a Youtube, sus integrantes leen uno de los comentarios, "ninguna perra va a lastimar a ningún fantasma".

Tan distintos entre sí como los cazafantasmas originales, los cuatro personajes les permiten a las actrices explorar distintos tipos de comedia. McCarthy más física, Wiig más despistada, Jones más estridente y McKinnon más estrafalaria. Esencialmente un filme sobre la amistad y quitando a los fantasmas del medio (fueron creados con excelentes efectos especiales), la química entre las cuatro es uno de los puntos más fuertes.

No obstante, McKinnon es la que domina en términos de interpretación. Llevándose el rol de la "científica loca" del grupo y aficionada a los artilugios, la actriz se roba todas las escenas en las que participa, incluso en aquellas en las que se queda callada en el fondo mientras una de sus colegas habla.

Su personaje, no obstante, no captura la mirada por lo chillón, sino por una locura más sigilosa que prefiere sugerir a través de su rostro y de algunas líneas ridículas. Aunque Jones despierta risas desde un perfil más ruidoso pero encantador, su personaje no puede evitar repetir caer en el lugar de su antecesor, Hudson, plagado de estereotipos raciales. En ese sentido, Cazafantasmas puede ser un logro para el género, pero definitivamente no lo es para la raza.

Los personajes del filme son consistentes, pero, mientras luchan contra fantasmas, parecen enfrentarse a un espectro diferente: el de la franquicia pasada.

Más allá de las constantes referencias o los cameos de actores (Dan Aykroyd, Bill Murray, Ernie Hudson, Sigourney Weaver y Annie Potts), el arco mismo de la trama recuerda demasiado al original.

Así, Cazafantasmas hace evidente uno de los grandes peligros de las remakes y los reboots: que los guiños, que deberían ser medidos y esporádicos, se conviertan en el quid mismo del filme. Cuando el guión opta por incluir guiño tras guiño, el futuro de la nueva franquicia peligra, ya que hace que el filme sea incapaz de alcanzar cierta autonomía. Con la posibilidad de una secuela ya implícita en este filme, el bienestar de las nuevas cazafantasmas pende de desprenderse de la dependencia. De hallar una identidad propia, que perfectamente podría nutrirse de su peculiar e hilarante química. Porque, cuando los chistes se gastan y las referencias se agotan, ¿a quién vas a llamar?


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