Las dos caras que muestra EEUU ante los refugiados

Advierten un mayor rechazo a los musulmanes tras la victoria de Trump
Por Adeel Hassan
New York Times News Service

Ra'ad y Hutham Lalqaraghuli ya no están seguros de de cuál Estados Unidos son parte. ¿Es el país del odio que los enfrentó unas semanas antes de la elección presidencial, cuando alguien dejó una nota en su puerta que decía: "Terroristas váyanse, nadie los quiere acá"? ¿O es el país generoso de extraños acogedores que escucharon su odisea y los llenaron de regalos y tarjetas con mensajes positivos?

El triunfo del presidente electo Donald Trump ha intensificado su latigazo. Después de un año en los suburbios de Maryland, tras llegar con sus cuatro hijos como refugiados procedentes de Irak, se encuentran comparando las amenazas de las que huyeron con las que podrían seguir surgiendo.
No durmieron la noche de la elección, después de ver la cobertura televisiva de los resultados.

Están "muy asustados y preocupados", dijo Ra'ad Lalqaraghuli. "No sabemos qué significará esto", agregó.

Su confusión, y la respuesta dividida a la presencia de la familia en suelo norteamericano, refleja la experiencia de muchas otras familias de refugiados y estadounidenses musulmanes. En los últimos días, incluso mientras activistas reportaban un pronunciado aumento en los ataques y actos de intimidación contra afroamericanos, musulmanes e inmigrantes –y contra mujeres que usan hijabs–, muchos de esos episodios han sido seguidos por actos públicos de apoyo y solidaridad.

La vacilación entre la aceptación y el rechazo puede ser particularmente confusa para los recién llegados, como los Lalqaraghuli. Su nueva casa es en Dundalk, suburbio de Baltimore y una de las muchas comunidades de clase obrera donde las batallas en torno a la identidad de la nación se han vuelto más intensas. Alguna vez fue un animado centro de obreros que trabajaban en las plantas de Bethlehem Steel, General Motors y otros gigantes manufactureros. Ahora está dominado por centros comerciales.

Ra'ad Lalqaraghuli, de 43 años de edad, dijo que inicialmente se sentía ansioso de llamarle hogar. "Cuando llegué a Estados Unidos estaba muy feliz –dijo–, es el país soñado para mis hijos".

Él había tenido experiencias con los estadounidenses antes. Graduado de la Universidad de Mosul, en 2004 empezó a trabajar como ingeniero de grupo para contratistas estadounidenses y los Cuerpos de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos para ayudar a reconstruir su país tras la invasión estadounidense.

Un ascenso a gerente de proyecto en 2009 lo llevó a supervisar la construcción de plantas de tratamiento de aguas y varias escuelas, en Bagdad y en dos ciudades al sur de la capital, Nasiriya y Basora.

Pero su trabajo para los estadounidenses también le trajo la atención no deseada de grupos terroristas. Pasó un invierno durmiendo a la intemperie en el bosque, tratando de ocultarse, mientras su esposa e hijos permanecían con la familia de ella.

Los militantes del grupo yihadista Estado Islámico secuestraron a dos de sus hermanos menores y un hermano mayor en su lugar. "Dijeron: 'Los devolvemos a cambio de ti'". Él y su padre no les creyeron, y los tres hermanos fueron asesinados.

Emigrar a Estados Unidos

Su trabajo a nombre del gobierno estadounidense los hizo a él y a su familia elegibles para la protección humanitaria bajo visas de inmigrantes especiales. Abogados en Nueva York apoyaron su solicitud, y obtuvo la aprobación rápidamente. Luego, el año pasado, una milicia hizo volar en pedazos la casa de su familia. "Perdí todo", dijo Lalqaraghuli.

En el aeropuerto de Bagdad, donde estaba con su esposa y sus cuatro hijos saliendo hacia Estados Unidos, seguía preocupado por que lo estuvieran siguiendo. Todo lo que tenía era su boleto de avión, su pasaporte y US$ 100.

Betsy Fisher, subdirectora de política del Proyecto Internacional de Asistencia a Refugiados con sede en Nueva York, que reubicó a la familia, dijo que se sentía consternada por los sufrimientos que padeció Ra'ad Lalqaraghuli, especialmente después de los muchos intentos contra su vida por parte de diferentes grupos en Irak.

"La gente que entra en este país como refugiado está huyendo del terrorismo", dijo. "No pueden vivir en un país con violencia".

Y al referirse al mensaje pegado en la puerta de la familia, dijo: "Una nota como esta no solo es horrorosa, también debería ser profundamente vergonzoso para todos los estadounidenses que esta familia sea amenazada, porque la razón de que estén en este país es porque él le prestó servicio".

Después de que apareció la nota –con un burdo dibujo de una mujer con hijab–, Lalqaraghuli notificó a la policía, informando a un agente en el barrio que resultó estar en patrullaje a pie cerca de su apartamento.

La policía dijo que la nota había sido escrita por una vecina de 14 años de edad, y que los agentes habían hablado con ella y sus padres pero que no se había cometido ningún delito. Criminal o no, el episodio fue suficiente para producir una respuesta; un esfuerzo por contrarrestar la intolerancia.

Alta Haywood, una maestra retirada que vive en Perry Hall, Maryland, envió a la familia una enorme canasta de fruta e incluyó una nota que decía en parte: "Espero sinceramente que otras personas en el área les demuestren que pueden ser amables y tolerantes".

Otra persona que mandó un regalo, la doctora Lindsay Fitch, dijo que la noticia de lo que había sucedido a la familia le "llegó más personalmente". Mientras hablaba con sus dos hijos al respecto, dijo, decidió enviar a la familia el más estadounidense de los gestos de bienvenida: una tarta de manzana y otra de calabaza horneados en su casa.

Incluyó en su tarjeta una fotografía de su familia y una invitación a que las familias se reunieran. "Quisiera darles la bienvenida al área de Baltimore", escribió. "Hay muchas personas acá que quieren darles la bienvenida con los brazos abiertos. Con suerte, encontrarán esa bienvenida. Recuérdennos cuando se topen con la fealdad".

Lalqaraghuli, quien trabaja como chofer, dijo que apreciaba en gran medida las muestras de apoyo. Pero después del triunfo de Trump, dijo, era difícil confiar en que la aceptación emergería como la fuerza dominante del país.

Faltó dos semanas al trabajo después de que dejaron la nota, porque dijo que sus hijos se sentían más seguros con él cerca. El más pequeño, Abdullah, de 5 años, ya no duerme en su propia habitación. Se queda con sus padres.

Víctimas renuentes a hacer denuncias

Actos de odio e intimidación, según el Centro Legal de la Pobreza Sureña, ocurrieron en todo EEUU durante la campaña y aumentaron significativamente desde que Donald Trump fue electo presidente. Organizaciones como el Consejo sobre las Relaciones Estadounidenses-Islámicas aseguran que muchas familias de refugiados se muestran renuentes a presentar denuncias cuando se vuelven víctimas de crímenes de odio porque temen una reacción negativa mayor.

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