Las historias mínimas de Pepe Vázquez

El actor presenta una seat down comedy en la que apela al humor sano y a las pequeñas anécdotas
Uruguay tiene muchos actores talentosos, pero quizá no tantos que cuenten con toda una vida de trayectoria y que hagan sentir al espectador la cercanía de un tío, un abuelo, de alguien a quien se conoce, con quien reír y conmoverse.

Uno de ellos es Jorge Bolani, intérprete que el miércoles se lució en la fiesta de inauguración del estadio de Peñarol. Otro es Pepe Vázquez, de 76 años, que presenta todos los sábados Paciencia y pan criollo, una seat down comedy, ya que, como bromea el actor, su operación de caderas le impide estar demasiado tiempo de pie.

La obra, escrita y dirigida por Vázquez y protagonizada por él y Emilio Pigot –quien interpreta a su asistente y aparece en breves ocasiones– es básicamente un recorrido por distintas anécdotas de su vida, a las que se suman algunas referencias a la ficción, como su obsesión por interpretar a Hamlet o su pasión por la poesía de Pablo Neruda.

Paciencia y pan criollo se exhibió hasta el sábado 26 de marzo en el Teatro La Gringa y a partir de hoy la puesta se presenta a la hora 21 en Espacio Teatro.

La obra se ajusta como anillo al dedo a Vázquez, quien opta por el humor sano y las pequeñas anécdotas, cual postales de un costumbrismo a la uruguaya que ya no existe, en lugar de elegir narrar sus hazañas por el mundo o alguno de sus múltiples logros interpretativos.

Actor desde la adolescencia, no hay dudas de que el exintegrante de Telecataplum y Plop! tiene mucho que contar, como lo hizo también en su libro autobiográfico Memorias de un tipo descosido, que se publicó el año pasado.

Y es que entre otras cosas, Vázquez vivió años como actor ambulante en Cuba durante los primeros años de la revolución; se radicó en Costa Rica durante la dictadura uruguaya, donde apenas llegar logró el protagónico de Las brujas de Salem (por el que obtuvo el premio a mejor actor de teatro del país centroamericano); fue parte de la Comedia Nacional de los 65 a los 70 años, y compartió décadas de vida y profesión junto a su siempre presente Imilce Viñas, fallecida en 2009.

Dentro de ese baúl de recuerdos, en Paciencia y pan criollo Vázquez se decanta por detalles cargados de ternura e inocencia. Así aparecen sus primeras experiencias en Montevideo luego de dejar atrás su Treinta y Tres natal, la sorpresa que le generó un payaso de circo cuando era niño o la emoción que sintió al ver con 15 años a Laurence Olivier interpretando a Hamlet, seguramente en algunas de las noches en las que el actor, el sexto hijo de una familia numerosa, se escapaba por la ventana de su casa para ir al cine.

Dentro de esos recuerdos Vázquez también les hace lugar a algunas personas con nombre y apellido. Entre ellas están el "guitarrero" Eustaquio Sosa o Andrés Merino, abogado de profesión y fundador en 1963 del Teatro Negro Independiente, integrado por afrodescendientes.

Vázquez no elude el tema de la edad, otro de los pivotes del humor de la obra, logrando por momentos que la audiencia no distinga bien dónde está el límite entre la realidad y la representación.

La cercanía con el público, que ríe e interactúa durante toda la función, es una marca de un espectáculo que bucea a través del tiempo, el arte y la picardía, y en el que lo único que desentona es el personaje de Emilio Pigot.

El actor y cantante, quien ya compartió cartel con Vázquez en la puesta de Jorge Denevi de Miedos privados en lugares públicos, se luce desde lo vocal con su interpretación del tango En la vía (de cuya letra surge el nombre de Paciencia y pan criollo), pero no logra darle fuerza a un personaje que, en realidad, está muy desdibujado desde su concepción.

Termina, en definitiva, siendo lo que representa: un mero apuntador para el trabajo del protagonista.
No obstante, la obra vale la pena y muestra a un actor que no piensa bajar de las tablas mientras su salud se lo permita. De hecho, en mayo pasado, el intérprete ganador de cuatro premios Florencio se pondrá en la piel de unos de los roles más ambicionados por los actores con cierta trayectoria vital y teatral.

Se trata del papel de Hamm en Final de partida, de Samuel Beckett, espectáculo que se estrenará en la sala Hugo Balzo del Sodre, con Rogelio Gracia, Susana Anselmi y Héctor Spinelli, y dirección de Denevi. En agosto será el turno de Aeroplanos, de Carlos Gorostiza, junto a Julio Calcagno y con la dirección de Eduardo Cervieri.

Una agenda apretada para un actor que parece tener mucho más que contar y que, si se lo propone, podría deleitar al público con otras entregas de sus entrañables historias mínimas.

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Acerca del autor

Fernanda Muslera

Colaboradora de O2 / Tendencias