Las naranjas de la verdad

Los traspiés de Mujica mientras fue presidente pueden atribuirse, sin justificarse, a buenas intenciones frustradas por mala gestión

Los traspiés de José Mujica mientras fue presidente de la República pueden atribuirse, aunque no justificarse, a buenas intenciones frustradas por mala gestión, como ocurrió con Pluna y el Fondes. Pero es inadmisible que un jefe de gobierno oculte deliberadamente la verdad, como el propio Mujica ha reconocido ahora que hizo en torno a las naranjas y los refugiados de Guantánamo. Al anunciar en marzo de 2014 que había aceptado recibir presos de la infame cárcel de Estados Unidos, aseguró estar guiado exclusivamente por fines humanitarios. Dijo: “No lo hacemos por plata o cuestiones materiales; esto es por cuestiones de principios”. Deslizó poco después que le pasaría alguna “boleta” a la administración Obama, pero en diciembre del mismo año declaró: “No estábamos cambiando carne humana por naranjas ni nada por el estilo”.

Derrumbó sus proclamas humanitarias hace pocos días, sin embargo, en una conferencia en Córdoba, en la que aclaró, suelto de cuerpo: “Para vender unos kilos de naranja a Estados Unidos me tuve que bancar a cinco locos de Guantánamo”. Si la contrapartida a recibirlos era que Estados Unidos abriera el ingreso de cítricos uruguayos, la rectitud imponía reconocer la verdad desde el primer momento. Mucho menos desdoroso que el ocultamiento era admitir que el precio de abrir un mercado era aceptar a esos refugiados. El camino desviado que tomó Mujica lo paga en confianza ciudadana, aunque mantenga popularidad en el exterior y peso dentro de la dividida interna frenteamplista.

Todo el tema de refugiados musulmanes fue una cadena de pesadillas. Algunos de los presos de Guantánamo siguen reclamando ayudas de todo tipo, han pasado días de protesta instalados ante la Embajada de Estados Unidos y han sido acusados de violencia doméstica contra mujeres uruguayas con las que se casaron. Y el ingreso de decenas de familias de refugiados sirios fue un ejemplo de mala organización que hasta hoy sigue creando problemas. Este fiasco indujo al gobierno actual a la decisión razonable de congelar la anunciada llegada de un segundo contingente. No fueron los únicos errores costosos que Mujica le legó al presidente Tabaré Vázquez. Incluyen el pésimo manejo del cierre de Pluna y el despilfarro de fondos públicos del Fondes para financiar proyectos cooperativos sin el requerimiento elemental de evaluar si eran viables.

Cuando Pluna quebró, Mujica desechó el curso lógico de cortar pérdidas. Se enfrascó en cambio en un frágil proyecto de habilitar otra empresa cooperativa con US$ 15 millones del Fondes. En más de tres años de idas y venidas, finalmente los aviones de Pluna se malvendieron por envejecimiento, cayeron un ministro de Economía y un presidente del Banco República que cargaron con las culpas, y Alas Uruguay, recién puesta a volar, ya busca que una empresa boliviana la salve del cierre. La administración Vázquez toma medidas para paliar algo el legado de Mujica, incluyendo haber reestructurado el Fondes y recortar su financiamiento, fijado en 30% de las ganancias del Banco República, como parte del programa de ahorros fiscales en la difícil coyuntura financiera actual. Pero aunque se corrijan los efectos de los errores de gestión de Mujica, nada puede borrar el impacto de que, durante su período de gobierno, un presidente hiciera afirmaciones categóricas sobre un tema muy sensible y de índole ética y que ahora reconoce que eran falsas.


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