Las palabras inocentes

"Las palabras no entienden lo que pasa" sentenció el poeta Salvador Puig en un maravilloso poema. Las palabras no son buenas ni malas en sí mismas. Siempre depende de cómo se utilicen

Por Jaime Clara

Las herramientas pueden tener varios usos, algunos para bien, otros para mal.  Está archirepetido el ejemplo  del cuchillo que puede servir para cortar un delicioso trozo de asado o también para ser utilizado como arma blanca, potencialmente asesina. Pero el objeto no es culpable. Las palabras son herramientas de la comunicación.

Con las palabras pasa algo similar.  Leía, hace poco, en el blog de una editora, correctora e investigadora española, Pilar Comín Sebastián un texto que se ocupa, justamente, de estos asuntos. Escribió la redactora que "hay muchas personas que piensan que el lenguaje es sexista, más en concreto, que es machista. Pero es difícil entender que pueda tener ideología algo inmaterial, sin voluntad. No, el lenguaje no es ni machista ni feminista, ni justo ni injusto, ni racista. Las personas pueden ser todo eso y para serlo pueden usar el lenguaje." Y agregó  que "es cierto que el uso de algunas palabras refleja una sociedad machista, aunque haya cambiado mucho. No es raro hablar de médicos y enfermeras, de secretarias y amas de casa, y, en cambio, de directores y ministros; pero la sociedad es como es y no será  decir los alumnos y las alumnas, los enfermeros y las enfermeras lo que la haga cambiar. Que hay más mujeres que hombres ejerciendo la enfermería, el secretariado y el magisterio es una realidad social, no lingüística; y que son más las madres que dejan el trabajo para cuidar a sus hijos que los padres que hacen eso mismo, también; y que en las parejas españolas es más frecuente que ella planche y él ponga estanterías que lo contrario, también. Asimismo hay sustantivos que durante mucho tiempo han tenido significado distinto en masculino y en femenino: El alcalde era el que mandaba y la alcaldesa, la esposa del alcalde. Incluso el mismo adjetivo servía para ensalzar a unos y denigrar a otros: hombre público era el que tenía visibilidad por su importancia social mientras que mujer pública era un eufemismo de prostituta. Pero eso no justifica hablar de juezas, puesto que no hay juezos. Juez servía perfectamente para ambos sexos porque era una palabra sin flexión de género; y con el artículo —el juez y la juez— era suficiente para identificar el sexo. No obstante, se ha forzado la lengua y están aceptadas jueza, presidenta y otros femeninos inventados; no, miembra, todavía no, incluso las ministras son miembros del Gobierno. Tampoco hay indicios de que vaya a aceptarse persono, policío, motoristo o electricisto."

El escritor Arturo Pérez Reverte, integrante de la Real Academia Española, se ha ocupado varias veces de las acusaciones al lenguaje. En su columna semanal en El País de Madrid, hace algunos años, escribió que "como suele -recibe cinco mil consultas mensuales de todo el mundo-, la RAE respondió puntualizando que tales piruetas lingüísticas son innecesarias; y que, pese al deseo de ciertos colectivos de presentar la lengua como rehén histórico del machismo social, el uso genérico del masculino gramatical tiene que ver con el criterio básico de cualquier lengua: economía y simplificación. O sea, obtener la máxima comunicación con el menor esfuerzo posible, no diciendo con cuatro palabras lo que puede resumirse en dos. Ésa es la razón de que, en los sustantivos que designan seres animados, el uso masculino designe también a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos. Si decimos los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales oen mi barrio hay muchos gatos, de las referencias no quedan excluidas, obviamente, ni las mujeres prehistóricas ni las gatas."

Agregó Pérez Reverte que "la lengua española, desde Homero, Séneca o Ben Cuzmán hasta Cela y Delibes, pasando por Berceo, Cervantes, Quevedo o Valle Inclán, no es algo que se improvise o se cambie en cuatro años, sino un largo proceso cultural cuajado durante siglos, donde ningún imbécil analfabeto -o analfabeta- tiene nada que decir al hilo de intereses políticos coyunturales. La RAE, concertada con otras veintiuna academias hermanas, es una institución independiente, nobilísima y respetada en todo el mundo: gestiona y mantiene viva, eficaz y común, una lengua extraordinaria, culta, hablada por cuatrocientos millones de personas. Esa tarea dura ya casi trescientos años, y nunca estuvo sometida a la estrategia política del capullo de turno; ni siquiera durante el franquismo, cuando los académicos se negaron a privar de sus sillones a los compañeros republicanos en el exilio."

El idioma se defiende solo

Hace un par de años, en El Observador, se consultó al integrante de la urugaya Academia Nacional de Letras, José María Obaldía. Allí Obaldía decía que "entiende el desdoblamiento “alumnos y alumnas” y “venezolanos y venezolanas”, tal como aparece en la Constitución de la República Bolivariana. “tiene sentido, como lo tiene el decir ´señoras y señores´. Cuando uno desarrolla un tema ante un grupo mixto, destacar que las venezonalanas o las alumnas tienen una presencia advertida no lo encuentro censurable”. Obaldía recordó que en el momento en que las mujeres empezaban a ingresar en los rangos militares uruguayos, la institución pidió una guía a la Academia de Letras para saber si convenía usar sustantivos de género femenino o simplemente cambiar el artículo, y decir “la capitán”. La Academia recomendó usar “caba”, “sargenta” y “generala”. La única complicación surgió con “alféreza”. El académico uruguayo entiende que “está bien sugerir, dar orientaciones, mantenerse cerca para que el mal uso del idioma no se desborde, pero yo tengo mucha confianza en que los añadidos, las modificaciones, los neologismos que rechinan, no se van a imponer. Si estas directivas no funcionan, van a caer en desuso. El idioma se defiende solo”. http://www.elobservador.com.uy/noticia/219987/no-todos-y-todas-hablan-el-mismo-idioma/?referer=titulares-de-la-jornada

En la misma nota, se aludió a un artículo del periodista Leonardo Haberkorn que "en una columna publicada en el diario Plan B sobre las consecuencias de la corrección política feminista en el idioma español. El texto se puede leer en el blog del autor, El informante. Este es un fragmento: “antes, qué horror, si uno decía “los niños” se refería a todos los niños, cualquiera fuera su sexo. Por eso en el Día del Niño también las niñas recibían sus regalos. Ahora, gracias a la lucha idiomática encabezada por las ONGs feministas, esas convenciones asquerosamente machistas han comenzado a caer. Hoy ya no se dice “los niños” sino “los niños y las niñas”. ¡Qué las niñas devuelvan todos los regalos que recibieron en un día que no era el de ellas!  Este cambio idiomático revolucionario, que seguramente provocará enormes beneficios a la infancia uruguaya, día a día cobra más vigor”. 

Lo de la sociedad machista no lo niega Finalmente, me remito a la citada investigadora española Comín, cuando indicó que "a lengua la hablan personas, que viven en una sociedad; y ocurre (demasiado a menudo para mi gusto) que algunas personas y las sociedades son machistas. A ver si de verdad conseguimos dejar de ser sexistas y, si es posible, hablar y escribir bien."

Hace un par de semanas, en El País de Madrid, otro escritor, Julián Marías, se refirió a estos temas también. "Los judíos se enfurecen por el mantenimiento de “judiada”, que está en los clásicos; los gitanos se manifiestan ante la sede de la Academia exigiendo que desaparezca la acepción “trapacero”, sin tener en cuenta que también se recoge la elogiosa “que tiene arte y gracia para ganarse las voluntades de otros”; los enfermos de cáncer juzgan denigrante el siguiente sentido: “proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos”, como en la frase “la corrupción es el cáncer de la democracia”; las asociaciones de autismo se indignan ante esto: “dicho de una persona: encerrada en su mundo, conscientemente alejada de la realidad”, como en “Rajoy gobierna en plan autista”. Como los aquejados de cretinismo son ya menos que antaño, no me consta que se hayan encolerizado por el significado “estupidez, idiotez, falta de talento”, ya longevo. Pero, puestos a ser susceptibles, el número de ofendidos podría ser incontable. Los frailes podrían soliviantarse porque “frailuno” sea “propio de fraile”, aunque se señale que es término despectivo; los jesuitas porque “jesuítico” quiera decir: “dicho del comportamiento: hipócrita, disimulado”; los lagartos –si pudieran– de que la forma masculina pueda ser “ladrón del campo” y la femenina “prostituta”; las ratas de que figure su nombre para “persona despreciable”, al igual que los perros, a los que se añade el agravio de que “perra” sea también “puta”, lo mismo que las vacas inglesas por uno de los sentidos de “cow”. Aunque los animales no puedan, todo se andará: oiremos clamar al cielo a sus exaltados “defensores”, que pedirán la eliminación de estas ofensas. No entro en las reivindicaciones supuestamente feministas (en realidad pacatas, la mayoría), por demasiado abundantes y ya vetustas."


Comentarios

Acerca del autor