Las siete plagas sobre Brasil

Temer tiene mucho trabajo sucio por delante, en tanto la economía da tenues señales de vida

Brasil, que a inicios de este siglo pareció encaminarse como país modélico, hacia el destino de justicia y grandeza que ansía, es ahora un aquelarre deprimido y lleno de dudas. Padece una grave recesión, la amenaza eterna de la pobreza y la desigualdad, un gran agujero en las cuentas públicas, una creciente deuda, un gobierno débil y de dudosa legitimidad y la desconfianza de los empresarios.

La economía de Brasil, la más grande de América Latina y la séptima del mundo, se estancó en 2014. La producción cayó 3,8% en 2015 y se reducirá otro tanto este año. El desempleo roza el 12%, aunque es mucho más elevado en el norte que en el sur del país. La deuda pública, que financia el gran déficit del gobierno, creció rápidamente en 2015 hasta más del 67% del producto bruto, la tasa más alta de América Latina, que promedia 35%. Y el pago de intereses de esa deuda se llevó el 7,8% del PBI, una cifra enorme.

Brasil no creció tanto durante la "era dorada" de las materias primas que benefició a toda América Latina. Entre 2002 y 2016 el producto bruto aumentó a un promedio de 2,5% anual, demasiado poco para un país cuya población crece cerca de 1% al año. (El crecimiento del PBI de Uruguay en ese mismo período, que promedió un alto 3,6%, fue casi neto, pues su población se mantiene estancada).

Algunos Estados, como Rio de Janeiro, están quebrados, no pueden cumplir sus funciones y adeudan salarios a empleados y policías. Las grandes ciudades brasileñas se han convertido en un gigantesco mercado de drogas y armas, con algunas "zonas liberadas" al delito.

Millones de personas de clase media comenzaron a protestar en las calles ya en 2013, disconformes con los servicios públicos y la floreciente corrupción. Y este año la oposición aprovechó los graves problemas para destituir a la presidenta izquierdista Dilma Rousseff, que había sido reelecta en 2014. Las elecciones de gobernadores y prefectos en octubre último confirmaron la decadencia del otrora mágico Partido de los Trabajadores, que hasta perdió su feudo de San Pablo. Las expectativas que gestó resultaron demasiado altas.

El ajuste Temer

Se estima que la economía de Brasil recién se estabilizará el año que viene y que recuperará el crecimiento en 2018. Pero antes el gobierno de Michel Temer, que está bajo la lupa de los brasileños y del mundo, deberá ser exitoso en arreglar los agujeros que surgen por todos lados. El gobierno propone una enmienda a la Constitución que limita el aumento del gasto público en los próximos 20 años a la inflación del año anterior. Sería una forma de mantenerlo en términos reales, sin posibilidad de aumento aunque sí de redistribución. La norma, conocida como PEC 241, gestó una enorme oposición en el sector público y la izquierda.

El gobierno –de cuño conservador– también tiene por delante otras dos grandes batallas: la reforma del sistema de jubilaciones, que está completamente desfinanciado, y la "flexibilización" de las leyes laborales. Rousseff, acorralada por la crisis, había intentado desactivar la bomba de las pasividades mediante un ajuste fiscal, pero su propia base, el Partido de los Trabajadores, y los socios políticos que ya comenzaban a abandonarla, se lo impidieron.

"En la década de los '60 la expectativa de vida era de 53 años, y ahora es de 70. Ha aumentado la expectativa de vida de la clase media y el sistema de pensiones, de esa forma, no es viable", explicó Istvan Kasznar, profesor de la Fundación Getúlio Vargas (FGV), a la agencia EFE. Además el sistema es mucho más beneficioso para los empleados públicos que para los privados, y los parlamentarios, docentes y militares gozan de grandes privilegios. Las arcas públicas están siendo estranguladas. Si la reforma prospera, los brasileños deberán esperar hasta los 65 años para jubilarse.

El gasto con el sistema de pensiones creció 5,8% por encima de la inflación en los últimos diez años y representa el 39% del gasto primario del gobierno federal. Consume el 11% del PBI de Brasil y en los próximos 30 años podrá alcanzar más del 20%.

Sergio Moro tan campante

Como si fueran pocos líos, el implacable juez Sergio Moro se apresta a liberar la confesión de decenas de directivos de Odebrecht, una enorme empresa constructora que pagó sobornos millonarios para quedarse con muchos contratos de obras públicas, desde estadios a infraestructura de Petrobras. Las "delaciones premiadas" –confesiones a cambio de reducción de condenas–, que están diezmando con la clase política brasileña y sus partidos, en este caso podrían ser demoledoras, tanto como para que se la llame "la confesión del fin del mundo". Involucrarían a más de 150 diputados, senadores, gobernadores y altos funcionarios públicos.

El petrolão es definido por los investigadores como una confabulación entre constructoras y partidos para manipular licitaciones. El propio Luiz Inácio Lula da Silva, el popular presidente izquierdista que gobernó entre 2003 y 2010, enfrenta varias causas judiciales ligadas al esquema en Petrobras, del cual la Fiscalía lo señala como el "máximo comandante".

Petrobras no sabe a ciencia cierta cuánto dinero se desvaneció. Pero en su balance 2014 estimó en cerca de 2.500 millones de dólares las pérdidas por corrupción desde que el Partido de los Trabajadores (PT) llegó al poder en 2003.

Los presos-colaboradores han denunciado que el mismo esquema se aplicó en obras eléctricas, centrales nucleares, en la construcción de estadios para el mundial 2014 o en la construcción de carreteras y vías férreas, y hasta en la banca oficial, como la Caixa Econômica Federal, el mayor banco público de América Latina, que administra ríos de dinero de asistencia social y planes de vivienda. "Petrobras es la madama más honesta de los cabarets de Brasil", ironizó Sergio Machado, ex presidente de la subsidiaria Transpetro, y uno de los acusados. El petrolão no es una anomalía sino la regla. Siempre ha sido así en Brasil. La diferencia es que ahora se investiga y se combate.

La Cámara de diputados brasileña pospuso el jueves 24 la discusión de un paquete de medidas anticorrupción debido a las acusaciones de que en realidad los representantes buscan aprobarse una auto-amnistía que paralice las investigaciones sobre el saqueo a Petrobras. El debate parlamentario continúa esta semana.

Elección de presidente en 2018

Todo el paquete de ajuste en las cuentas públicas, y sus primeras consecuencias, será juzgado por la ciudadanía en las elecciones nacionales de fines de 2018, en las que incluso podría presentarse el ex presidente Lula, todavía popular, si es que la justicia no lo bloquea. Lula debería competir con los candidatos que presenten los dos principales partidos que sostienen al actual gobierno: el PMDB, de Michel Temer, quien no participará, y el PSDB del expresidente Fernando Henrique Cardoso.

Desde que asumió provisoriamente la Presidencia en mayo, y de forma definitiva en agosto, Michel Temer ha perdido seis ministros debido a acusaciones o sospechas de corrupción. Las reformas avanzan lento mientras él se debilita. El huracán brasileño está lejos de acabar. Y cualquier cosa es posible en el trópico.


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