Las víctimas "equivocadas"

En lo que va del año tres personas murieron como consecuencia de ataques de sicarios que no iban dirigidos a ellos
La señora había preparado el almuerzo y, como todos los mediodías, el sábado 30 de enero esperaba a sus hijos y nietos para comer. Viviana no pensaba ir, pero cuando se bajó del ómnibus con su bebé de un año y pasó frente a la casa de sus padres decidió visitarlos. Martín también fue y llevó a su hija de tres años, Martina, que ese día estaba con él. A las dos de la tarde ya estaban todos reunidos y varios de los nietos correteaban por la vivienda.

La niña comía con ayuda de su padre en el frente de la casa mientras Viviana le daba un poco de helado a su hijo. Entonces se escuchó a una moto acercarse; alguien gritó "Carlos" y se escucharon varios disparos. Martín atinó a meterse para adentro con su hija y lo mismo hizo Viviana con el bebé. Pero las balas los alcanzaron.

Martina vio a su padre muerto en el suelo. Poco más tarde también murió el hijo de Viviana a quien una bala le dio en la espalda.

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Desde detrás de un portón, un integrante de la familia cuenta la historia. Apenas deja ver su cara, con los ojos llenos de lágrimas no derramadas. Pasaron casi dos semanas desde el asesinato y en Casabó casi no vuela una mosca. El silencio de la mañana, el calor y la ausencia de gente en las calles contrasta con el relato que esta persona acaba de contar.

Lo que queda de esa historia son los agujeros en la pared. La casa está vacía, los padres de Martín se fueron del barrio y también los siguió Viviana, una de los diez hijos de la pareja.

"¿Qué problema podía tener un bebé?", pregunta su familiar a El Observador, y hace silencio como si realmente esperara una respuesta.

Quienes lo conocían no entienden qué fue lo que pasó. Martín había hecho hasta cuarto de liceo, estudió para ser electricista en la UTU y después empezó a trabajar. Al principio repartiendo pizza, después en una vidriería en Paso de la Arena y luego como portero en el Centro. Su último empleo fue en una empresa de seguridad de su familia, donde le tocó ser el sereno del liceo 50. A veces entraba a las 10 de la noche y salía a las 6 de la mañana. Tenía un solo amigo cercano, "El Cali", que ahora lo homenajea con una foto de ambos en la portada de su Facebook.

La única pista que se le ocurre a la familia es que las balas fueran en realidad para un sobrino de Martín, que se llama Carlos, pero que rara vez visita a sus abuelos.

Personas equivocadas

Un año atrás, en esa misma esquina de Pasaje La Vía y Carlos María Ramírez, las balas también fueron para una "persona equivocada".

Un joven de 14 años estaba entrando en el almacén cuando dos individuos pasaron en moto y le dispararon en el pie. Otra de las balas impactó en el abdomen de una niña de cuatro años que estaba allí. Los vecinos la trasladaron de urgencia y permaneció internada durante varios días en el CTI.
Pero los balazos de sicarios parecen no tener límites y una semana después del asesinato de Martín y su sobrino, llegaron a la costa. En este caso alcanzaron a una pareja de paraguayos que se trasladaba por la Avenida Giannattasio en una camioneta, con su hijo de siete años sentado en el asiento de atrás.
Según la investigación policial estas personas eran realmente los blancos de los sicarios que dispararon sobre ellos. Seis alcanzaron al conductor, cuatro de ellos impactando en su cabeza. Otras balas le dieron a su pareja.

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El conductor murió enseguida pero la camioneta que manejaba siguió en marcha y atropelló a una adolescente de 16 años que iba junto con su novio y sus amigos a un festival de reggae en Médanos de Solymar. Otra víctima que no tenía nada que ver con ajustes de cuentas o vendettas. La tercera del año.

Más balas equivocadas

El domingo 16 de noviembre de 2014, Santiago Hernández estaba festejando con la familia su debut en las inferiores de River Plate. Tenía 15 años y era tan apasionado del fútbol que hasta lloraba si el día estaba lluvioso y no podía ir a practicar, según contó su madre en ese momento a Teledoce. En medio de la reunión familiar, salió a comprar un refresco a una pizzería que estaba a una cuadra de su casa, en Flor de Maroñas. Dos delincuentes en moto le dispararon cuando estaba saliendo del local.
Entró de vuelta a pedir ayuda pero nadie pudo hacer nada. Murió poco después. Los responsables, que fueron capturados y terminaron ante la Justicia, aseguraron que la muerte de Santiago había sido un error, ya que en realidad querían matar a un hombre que hacía entregas para la pizzería.
El sábado 25 de abril de 2015 Pablo Blois (35) había ido con un amigo al boliche Tijuana, ubicado en el balneario Playa Hermosa. Estaba caminando por el estacionamiento del local cuando quedó en medio de un tiroteo entre bandas de delincuentes. Una de las balas le dio en la cabeza y lo mató. Un mes más tarde la Justicia procesó a varias personas por el homicidio.

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El sábado 9 de mayo un joven de 22 años iba en moto con su hija de tres y una mujer de 27 cuando de repente les empezaron a disparar. La niña recibió un disparo en la cabeza y murió.

El hombre, que tenía antecedentes penales por tenencia de drogas no para consumo, recibió un balazo en el tórax. En ese momento la Policía señaló que se trató de un problema entre bandas narcotraficantes, aunque consideró que el hecho fue "un quiebre" con respecto al modo de actuar de los delincuentes. En este caso, los sicarios vieron que había una niña e incluso así no les importó disparar.

El sábado 26 de setiembre de 2015 un hombre se subió al ómnibus 494 de Coetc en Agraciada y Tajes y caminó directamente hacia otro individuo que iba de pasajero. Le dio seis disparos. Cinco fueron para él y uno impactó en la mujer que iba sentada al lado, sin ninguna relación con el hombre que, recién salido de la cárcel, murió en el acto. La mujer tuvo que ser internada en el Casmu por una herida en la pierna.

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