Legados, aprendizajes y desafíos de los partidos fundacionales

¿Cuál es el principal legado de colorados y blancos? Mi respuesta es muy simple: la democracia

El lunes pasado, 19 de setiembre, fue un día especial. Se conmemoraron los 180 años de la batalla de Carpintería. En este evento, según la historiografía nacional, nacieron las “divisas” blanca y colorada. La coordenada temporal ofrece una excelente oportunidad para repasar legados, aprendizajes y desafíos de los partidos fundacionales. El espacio de esta columna, mientras tanto, obliga a sintetizar.

¿Cuál es el principal legado de colorados y blancos? Mi respuesta es muy simple: la democracia. Me apresuro a matizar. Se dirá, por un lado, que hubo otros actores relevantes en esta construcción. Es cierto. Por ejemplo, no debería dejar de reconocerse que las sucesivas andanadas de críticas “doctorales” (desde las proclamas “fusionistas” a la “generación crítica” de Marcha, un siglo después), a la larga, terminaron siendo funcionales a la consolidación y perfeccionamiento de las instituciones. Tampoco hay por qué negar el aporte de la izquierda que, después del golpe de Estado de 1973 y enmendando errores de los años de 1960, se comprometió profundamente con las instituciones democráticas. Se dirá, por otro lado, que colorados y blancos no siempre fueron capaces de cuidar su obra y que, más de una vez, claudicaron. También es cierto. Es evidente que fallaron demasiado en su responsabilidad de gobernantes durante las dos décadas previas al golpe de 1973.

Podría seguir sumando restas, agregando matices. Pero, en el largo plazo, es fundamentalmente a colorados y blancos que hay que agradecer que podamos disfrutar de la libertad política y de vivir en una de las pocas democracias plenas del mundo. Construyeron esta democracia, en primer lugar, porque nunca fueron partidos de elite. Desde los primeros tiempos incluyeron a los más humildes, a gauchos e inmigrantes, y se repartieron la representación de los distintos sectores sociales. Construyeron esta democracia, en segundo lugar, porque tuvieron, desde el principio, una enorme capacidad para disputar el poder, entre partidos y dentro de los partidos. No hay democracia sin competencia. No hay democracia sin resistencia a los intentos hegemónicos. Construyeron esta democracia, en tercer lugar, porque dedicaron mucho tiempo e ingenio a pensar y repensar la ingeniería de nuestras instituciones políticas (en este sentido específico el aporte “doctoral” fue decisivo).

¿Cuáles son los principales aprendizajes de colorados y blancos? Habría mucho para decir sobre el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. Pero me parece más útil concentrarme en los aprendizajes verificados durante los últimos cincuenta años. Voy a compartir mi punto de vista de un modo muy directo: aprendieron a gobernar mejor. En primer lugar, a cooperar más. Lo mejor de la política uruguaya es que pulveriza el poder. La contracara de esta virtud es el riesgo de la ingobernabilidad. Solo se conjura este peligro cooperando. Los partidos fundacionales demostraron haber aprendido esta lección después de la dictadura. Cooperaron entre sí para poder innovar. Reflejaron este aprendizaje en la reforma constitucional de 1996, uno de cuyos objetivos explícitos fue reducir la fraccionalización. En segundo lugar, se volvieron menos particularistas y más programáticos. Se atrevieron a “descontentar”, es decir, a hacer reformas políticamente onerosas. En tercer lugar, hicieron un esfuerzo visible para mejorar la calidad técnica de las políticas públicas tendiendo puentes hacia los expertos y sus saberes. En cincuenta años perdieron muchos votos. Pero me parece evidente que modernizaron el país y pusieron algunos de los cimientos sobre los cuales, más tarde, el Frente Amplio siguió construyendo.

¿Cuál es, hoy por hoy, el principal desafío de colorados y blancos? También en este caso, para poder responder, estoy obligado a elegir entre muchos muy importantes. Habrá quienes digan que deben superar fallas de representación (“estar más cerca de las necesidades de la gente”). Es cierto: gobernando se volvieron más responsables pero menos sensibles. Otros dirán que deberían esforzarse mucho más en formar nuevos cuadros de gobierno (“generar condiciones para que las carreras políticas exitosas no sean incompatibles con la formación académica rigurosa”). También es cierto. Pero el desafío más importante que enfrentan, desde el punto de vista del fortalecimiento de la democracia uruguaya, es el de resolver el enigma de cómo construir juntos un proyecto opositor creíble.

Más de una vez demostraron poder entenderse. En 1872 pactaron la “coparticipación”. Hace un siglo, negociaron la reforma de la Constitución de 1830 e instauraron la democracia. Entre 1985 y 2004 impulsaron juntos un programa de liberalización de la economía y reforma del Estado que, en cada presidencia, tuvo matices distintos. Pero está claro que no saben cómo hacer para cooperar entre sí desde que están en la oposición. Es como si todavía no hubieran logrado digerir el enorme giro político experimentado por este país desde que el FA es gobierno. Les cuesta aceptar que hay cinco partidos con representación parlamentaria pero solamente dos bloques políticos. Les cuesta asimilar que el FA está profundamente arraigado en el espacio que va desde el centro hasta la izquierda y que esto, inexorablemente, desplaza el discurso opositor hacia el polo opuesto. No encuentran cómo construir un nuevo equilibrio entre competencia y cooperación. La competencia prevalece. Tan es así que hasta compiten respecto a cómo cooperar entre sí. ¿Están preparados para gobernar? Supongo que lo estarán, cuando demuestren poder cooperar.

Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar

adolfogarce@gmail.com


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