Libre comercio no tiene reemplazo

Aunque Donald Trump crea lo contrario, la realidad mundial determina que ningún país puede acorralarse en un cerrado proteccionismo.

Aunque está bajo fuego, la globalización, centrada en la libertad de comercio, la complementación productiva y acuerdos en otros campos entre las naciones, es un proceso tan irreversible como útil si se realiza en forma equilibrada. La oposición viene desde hace años por diferentes frentes, pero se ha agudizado a partir de la asunción presidencial de Donald Trump. Su posición es que Estados Unidos, como potencia dominante que representa la cuarta parte de la actividad económica de todo el mundo, puede prácticamente aislarse y prescindir del resto del planeta porque tiene todo lo necesario para su desarrollo. Apenas acepta vínculos limitados con otros países, pero relegados en todos los casos a sus propios intereses internos. La realidad mundial, sin embargo, determina que ningún país, ni siquiera Estados Unidos, puede acorralarse en un cerrado proteccionismo, aunque Trump crea lo contrario.

Las líneas de batalla han quedado ahora claramente definidas. Por un lado están los gobiernos partidarios de un nacionalismo a ultranza, liderados por Trump. Participan también de la hostilidad los gobiernos o dirigentes resentidos porque consideran que fueron dejados de lado por los países más beneficiados por la globalización, especialmente a partir de la caída de la Unión Soviética. En el otro bando están los defensores del liberalismo económico, representados institucionalmente por la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el Foro Económico Mundial de Davos, que reúne a jefes de gobiernos, ministros y cientos de expertos y cuya edición anual acaba de completarse.

Este año, Davos tuvo un trascendente cambio de protagonistas. En vez del presidente de Estados Unidos, participó por primera vez el presidente de China, segunda potencia económica mundial y enfrentada a la administración Trump en una posible y temida guerra comercial y financiera. Xi Jinping defendió en Davos una “globalización más inclusiva, colocada en su justa perspectiva”, concepto que en teoría atiende las necesidades de países menos beneficiados por las condiciones de intercambio. El resultado final de la contienda es aún incierto. Trump despotrica contra la OMC y Davos, acusa a China de haber inventado la amenaza del cambio climático para perjudicar a la industria estadounidense, ya retiró a su país del Tratado Transpacífico y anuncia suba de aranceles y otras restricciones en su intercambio con la potencia asiática y sus dos socios en el Tratado Norteamericano de Libre Comercio. Su confirmación de la promesa de campaña de construir un muro en la frontera con México para detener la inmigración ilegal precipitó una grave crisis en las relaciones con ese tradicional aliado.

El economista Klaus Schwab, fundador del foro de Davos, asegura que la globalización ha sido tomada como chivo expiatorio de los problemas derivados de los rápidos cambios en las relaciones comerciales en todo el mundo. Más pertinente al fondo de la actual confrontación es el reciente comentario del intelectual israelí Yuval Harari de que “a pesar de la desilusión con la economía liberal y con el libre mercado, nadie ha formulado una visión alternativa que goce de ningún tipo de atractivo global”. Esta realidad marca para todos el camino más justo, pacífico y armónico, aunque entre tanto el mundo se vea sacudido por los escarceos de nacionalismos proteccionistas revividos por el surgimiento presidencial de Trump.


Acerca del autor

El Observador

El Observador