Lo que el establishment quiso ocultar

No se quiso ver lo que indicaban las encuestas: el alud de descontento
La casi totalidad de las grandes diarios de circulación nacional se alinearon en apoyo de Hillary Clinton. Las cadenas nacionales de radio y televisión sesgaron la información en la demonización de Trump. Importantes líderes republicanos abandonaron a Trump en los cruciales días finales. El propio presidente Obama salió en campaña en apoyo a Hillary, en un claro síntoma de desesperación. Una parte considerable del electorado norteamericano recibió así la señal de un establishment compacto, unido en la defensa de sus intereses, desesperadamente unido, amenazado por un hombre solitario llamado Donald Trump. Un establishment político que, como dijo el ex presidente Sanguinetti, es visto por la gente común como la caricatura que dibuja la serie norteamericana House of Cards (y menos caricaturesca, pero caricaturesca al fin, la originaria trilogía homónima británica).

Este hombre tosco, simplista, maniqueo, ególatra, eficiente, todopoderoso, es para mucha gente un "self made man" (lo que es parcialmente incorrecto), incontaminado de haber ocupado cargos públicos (totalmente correcto) e incontaminado en relación al poder político (absolutamente falso). Lo que los medios y personas del establishment no quisieron ver, o lo vieron y quisieron ocultar, es lo que decían verdaderamente las encuestas y no lo que esos medios hacían decir a las encuestas: que se avecinaba una elección absolutamente reñida (como se definió por menos del 0,4% del total de votos válidos) con dos tendencias convergentes inequívocas: el ascenso uniformemente acelerado de Trump y la simultánea y acelerada caída de Hillary Clinton (1).

El error que no se debe cometer es olvidar que las encuestas revelan lo que la gente vota en forma conjunta en todo el país, y que la elección de presidente es producto de 51 elecciones separadas, 49 de las cuales definidas por el sistema de mayoría extrema. Y que las encuestas daban una leve ventaja a Clinton y en el voto popular Clinton obtuvo esa ventaja. Las diez encuestas más relevantes no se equivocaron, como que sus datos estuvieron dentro del margen de error. Se equivocaron los medios al hacerle decir a las encuestas lo que ellos querían que dijeran: que era inexorable el triunfo de Hillary. Y como no fue inexorable, se pone la culpa afuera. Y se equivocaron -o quisieron ocultar- un dato señalado por varios analistas de opinión pública: la demonización de Trump generaba un segmento de voto oculto, de voto vergonzante, que no podía expresarse con cabalidad en las encuestas. Si se dibuja que un votante de Trump es un egoísta, racista, misógino, ignorante, impresentable, es obvio que muchos votantes van a contestar que no saben qué votar. Las probabilidades eran relativamente parejas para los dos principales contendientes, y lo fueron en el voto de la gente. Y lo fueron en el resultado indirecto de la elección de electores presidenciales.

Lo relevante es que el fenómeno de fondo que dio el alud de votos a Trump no es un fenómeno aislado, como que tiene fundamentos emparentados con las motivaciones del brexit (de la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea), del alud de votos anti establishment político que en España suman Ciudadanos (en la derecha) y Podemos (en la izquierda), del otro alud de votos antisistema político del Movimento 5 Stelle en Italia y su conquista de las grandes ciudades de Roma y Torino, del alud antisistema (y xenófobo) en Austria, y de Marine Le Pen en Francia, y suma y sigue.

El mundo desarrollado creó sociedades opulentas de altos salarios y alto consumo como en el caso de los Estados Unidos de América o welfare states de fuerte protección social, del hombre protegido desde el alumbramiento hasta el ataúd. La forma en que se dio la globalización, más el desarrollo de la alta tecnología, la informática y la robótica, trajo el crujido de las sociedades opulentas y de los welfare states, la desindustrialización del mundo desarrollado, imposibilitado de competir con los bienes baratos producidos por mano de obra barata y sin protección social. Y ahí surgen los cinturones de desocupados, de fábricas abandonadas, de óxido y plantas fantasmas. Y surge el odio hacia los países productores de bienes baratos basados en mano de obra más barata: México, Corea del Sur, Malasia, China para los norteamericanos; Turquía, Rumania, China de nuevo para los europeos occidentales.

Pero como siguen siendo sociedades de alto nivel de desarrollo, son a su vez sociedades receptoras de oleadas de inmigrantes y refugiados que huyen de la miseria y el hambre, que buscan un lugar bajo el sol. Y esas oleadas provocan miedo. La desocupación propia y las oleadas ajenas crean la búsqueda del imaginario del retorno al pasado, de encontrar la felicidad en lo que fue esa sociedad en el pasado. Esto de buscar el futuro en el pasado es algo muy familiar a los uruguayos. Y por allí anduvo el imaginario construido en torno a Trump.

El mundo no cambia a partir de Trump, sino que la elección de Trump exhibe de golpe los movimientos subterráneos en las sociedades occidentales que se fueron expresando paso a paso. Hay un cansancio y un descreimiento en las élites políticas, pero también en las élites económicas y en los grandes medios de comunicación. Hay temor a los efectos de la globalización y las aperturas comerciales que golpean a vastos sectores. Hay un rechazo a las presiones de esos establishment, como los que el propio Obama ejerció antes sobre el pueblo británico, ejerció ahora sobre su propio pueblo y viene ejerciendo sobre el pueblo italiano con vistas al referendo del 4 de diciembre.

Las elecciones norteamericanas como el Brexit británico exhiben el fenómeno del aislamiento, la desconexión y la soberbia de los establishment, de los factores de poder donde se combinan el poder político, el poder comunicacional y el poder financiero. Y estos es válido más allá de Estados Unidos y más allá de Europa. l

(1) Las diez encuestas de mejor performance manejaron resultados dentro del margen de error, de +- 2,2%. Con una diferencia en el voto popular del 0,4% pro Clinton, resulta estadísticamente correcta toda proyección situada entre 2,6% en favor de Clinton y 1,8% en favor de Trump. Diez encuestas se sitúan en ese margen de error. El promedio de 24 encuestas del 7 y 8 de noviembre tiene un desviación de +0,2% respecto al límite máximo del margen de error. Ver RealClearPolitics Polls.

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