Lo que la crónica policial no contó

La historia de un asesino apurado.

La policía la encontró boca arriba con un disparo que le entró por la frente y fue a incrustarse en una pared cercana. Una hora antes, Adela era una mujer no del todo feliz –como todo el mundo- pero estaba viva, cuestión que en las tiempos que corren no deja de ser una buena noticia.

Adela abandonó su oficina, cerró la puerta con llave y escuchó el teléfono de escritorio que empezaba a sonar con ese campanilleo que ya casi no se escucha y que ha sido vencido por el ruido más metálico de los aparatos celulares. El que llamaba, después se sabría, era Alvaro, su marido preocupado por la demora en regresar a casa.

Como Adela no usaba celular –una extrañeza que Alvaro no llegaba a entender y que le provocaba muchas preguntas- la posibilidad de diálogo se cortó con el último ring.

Adela caminó hacia la parada de ómnibus y se quedó allí, apoyada en la vidriera de un comercio de la avenida, la media hora que tardó en demorar el transporte que la dejaría a cuatro cuadras de su casa.

La mujer imaginó la inquietud de su marido por la demora y apretó el paso. Fue allí cuando escuchó que alguien la seguía. Intuyó –en su vida había intuido muchas veces con acierto- que le había tocado el turno de uno de los tantos asaltos diarios de los que se enteraba por los informativos.

Caminó más rápido y, sin necesidad de darse vuelta, supo que su perseguidor se apuraba. Faltaba una cuadra oscura para llegar a su casa y de repente se encontró corriendo desesperada mientras buscaba las llaves en su bolsa.
Miró rápidamente sobre su hombro y entrevió una sombra.

El portón de su casa estaba a cincuenta metros. Corrió hasta alcanzarlo, lo abrió de una patada, las manos empezaron a temblarle y apenas pudo meter la llave en la cerradura. Le dio dos vueltas, la puerta cedió y, de pronto, se encontró a salvo de las sombras, en la seguridad del comedor de su casa. Cerró la puerta con doble llave y con pasador, y se dirigió hacia la cocina con el corazón galopándo.

Sentado frente a la antigua mesa de roble, bajo la luz verdosa de una lámpara, estaba su marido.
-Otra vez tarde. Otra vez…, le dijo
-Me demoré en la oficina, tardó el ómnibus…, explicó Adela y se dispuso a contarle sobre el asalto frustrado. Pero no pudo hacerlo.
-Vos no me engañas más, le gritó Alvaro, le apuntó con la pistola que había heredado de su padre y apretó el gatillo. Adela cayó hacia atrás antes de que se apagara el “blum” del disparo.

Alvaro la miró desde arriba y llamó enseguida a la Policía ante la que no pensaba poner ningún tipo de excusa. El marido de Adela jamás se enteró de que se había  convertido en un asesino simplemente porque su mujer corrió desesperadamente los últimos metros que la separaban de su casa. Sin saberlo, Adela había corrido para salvarse del balazo que pensaba dedicarle su amante quien, dolido porque ella había amenazado con cortar la relación, la esperó para saldar una última cuenta.

De estas vueltas del destino nada supo el policía que se encargó de sacar la bala que había quedado incrustada en la pared, justo abajo del reloj de cocina que marcaba las doce.


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