Los niños de Rocha salen a la conquista del mar

Una profesora de gimnasia y un guardavidas llevan adelante un plan para enseñarle a escolares de la costa rochense a enfrentarse al océano y a aprender a nadar y surfear en la playa
Cuando Ana Echevarría llegó por primera vez a Punta del Diablo se sorprendió al percatarse de que los niños del pueblo no se metían a nadar en el mar. Se quedaban en la arena, vestidos y jugando con sus pelotas y baldes. Eran los hijos de pescadores y comerciantes de la zona que viven en el balneario todo el año y asisten, en su mayoría, a la escuela pública número 96 ubicada en el centro de la localidad.

Echevarría se mudó a Punta del Diablo por motivos familiares y vinculados a una oportunidad laboral. Se trasladó desde Montevideo en el 2004 cuando el primero de sus dos hijos tenía un año y la evidente proximidad al mar que iba a tener su familia la incomodaba por la falta de contacto que tenían con el agua en aquel entonces.

Allí no era como en Montevideo u otras ciudades del interior, donde es común enviar a los niños a aprender a nadar en un club o alguna piscina pública.

El océano tampoco es como una piscina; tiene sus propios códigos y hay que saber interpretar su lenguaje y sus señales.
"Acá todos los niños del pueblo consumen la playa como si fuera una plaza. Cuando empieza la temporada de verano el primer grupo de riesgo para los guardavidas son ellos y no los turistas", dijo Echevarría a El Observador. Y agregó: "Como el mar es el fondo de sus casas, el respeto que los escolares le tienen es muy difuso, lo ven todos los días pero es algo alejado. Lo que más me importó al principio era que los niños no solo vieran al mar, si no que también lo conocieran".

Fue con base en esas inquietudes, y aprovechando su posición de coordinadora de educación física de las escuelas públicas de Rocha, que decidió embarcarse en la tarea de introducir a los niños de Punta del Diablo y La Coronilla al mar. "El océano estaba ahí, inmenso, y lo hicimos nuestra cancha de básquetbol", sostuvo.

Del aula al agua

Niños de rocha olas

Lo primero que Echevarría necesitaba era contar con un contexto institucional válido. No podía simplemente tomar a los estudiantes de una escuela y llevarlos a la playa a nadar. Es por eso que –respaldada por el Reglamento para la realización de actividades acuáticas y actividades en el agua, de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP)– la docente tomó el plan de educación física común a todas las escuelas del país y lo adaptó a la realidad de los niños en Rocha.

En su lista de prioridades, además de conseguir el sostén de los inspectores departamentales, estaba contratar un guardavidas. Fue así que consiguió el apoyo de Martín Fernández, que trabaja cuidando a los bañistas de Rocha desde hace varios años. Juntos llevan adelante las clases en el mar, desde 2011 en La Coronilla y 2015 en Punta del Diablo, en los meses más benévolos del año, por lo general entre octubre y diciembre, y marzo y abril.

"Usamos mucho el surf como una excusa para aprender a nadar; con este deporte como base hacemos ejercicios de nado y calentamiento que se van complementando y ayudan a perder el miedo al océano y a adaptarse a él", explicó Fernández.
Cómo meterse al agua, en qué lugares, cuándo, qué mirar del mar antes de entrar, cuidados del sol y del viento, banderas y dinámica costera son todos aprendizajes que los docentes intentan incorporar en los niños con el objetivo de generar un "vínculo sano, respetuoso, saludable y real" con la playa.

Etchevarría y Fernández también buscan que lo aprendido por los niños se replique en las casas. "Muchos padres transmiten miedos sobredimensionados a sus hijos", observó la profesora. Les ha pasado, además, de "cambiar mentalidades" en algunas casas. Padres que no querían que sus hijos participaran en la actividad y que terminaron ofreciéndose como voluntarios para ayudar a la escuela con el proyecto.

"Es una actividad especial y se generan vínculos entre nosotros y los niños, y entre los propios niños, que no se alcanzan en la tierra", consignó Fernández.

Una tarea comunitaria

La labor de la escuela también estuvo en convencer a los padres de que las visitas al mar eran una buena idea. Una vez que pasaron esa meseta, muchos padres se comprometieron con la causa e influyeron para que la propuesta de aprender a nadar en el mar fuera posible. Tanto la comunidad de Punta del Diablo como la de La Coronilla presta tiempo –asistiendo a ayudar durante las clases– y materiales –como tablas de surf y trajes de neopreno– para que los niños puedan salir a la playa.

"Mucho de lo que uno hace viviendo en un pueblo no es redituable, se hacen muchas cosas con el afán de ayudar", expresó Ana Echevarría, propulsora del proyecto de actividades acuáticas en el mar en Rocha. Y contó que en la escuela se recurre al apoyo "invaluable" de los padres porque no siempre los docentes tienen recursos para realizar todo lo que les gustaría con los alumnos.

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