Los organilleros de México, antes amados, ahora odiados

Los músicos tocan desde hace décadas en la capital, a veces muy mal
Por Azam Ahmed
New York Times Service


El negocio no iba bien para Moisés Rosas. Un saxofonista se situó una calle abajo, ganando buen dinero. Una joven pregonaba a viva voz servicios de reparación de anteojos. Y Súper Mario, ubicado en la entrada del pasaje peatonal, estaba atrayendo a una multitud.

El órgano portátil de Rosas no era competencia. Incluso en el centro de una vía bulliciosa, las multitudes pasaban rápidamente como un río en torno a una piedra, separándose para evitarlo y luego volviendo a unirse.

"Este es un arte moribundo", dijo Rosas mientras daba vuelta a la palanca de metal de su instrumento, produciendo un graznido triste. "Los jóvenes realmente no nos valoran".

Esa es la vida de los organilleros de la Ciudad de México, entre la clase más curiosa de los artistas callejeros de la ciudad. Durante años fueron amados por los residentes, pero ahora están con el ánimo alicaído, convencidos de que su arte –y una parte central de la cultura de la ciudad– está desapareciendo.

Entrevistas con una docena de organilleros en la ciudad produjeron mayormente quejas, pero su número cuenta una historia diferente. Según el presidente de su sindicato, hay más organilleros ahora de los que ha habido en cualquier momento en los últimos 30 años.

"Esta gente se queja sin importar lo que esté sucediendo", dijo recientemente Luis Román Dichi Lara, el jefe del sindicato de organilleros. "Hoy es martes. Si los entrevista mañana, que habitualmente es un día flojo, no creerá las quejas que escuchará".

En realidad, dijo, el negocio está en auge. Incluidos los miembros no sindicalizados, a quienes se refiere como piratas, los organilleros ascienden a unos 500, gracias a una falta de oportunidades en otros sectores de la economía. Había unos 350 cuando él empezó hace unas décadas, dijo Dichi Lara.

Pero los organilleros dicen que aunque su cantidad está aumentando, sus billeteras se sienten mucho más ligeras; un hecho que funcionarios del sindicato reconocen.

Están perdiendo fanáticos. Muchos jóvenes, forzados a escuchar su música mientras están en un restaurante o en una plaza, les pagan para que se vayan. Las filas de los mecenas de más edad, que recuerdan a los organilleros con nostalgia, están menguando.

Luego está la competencia, que se ha multiplicado en los últimos años. Hay ejecutantes de break dance, mimos, personajes cinematográficos, músicos, artistas y los desamparados, todos compitiendo por escasas monedas.

Peor aún, están los superhéroes.

"Ni siquiera me haga hablar de ellos", dijo Dichi Lara. "Uno se pone en el lugar perfecto, empieza a tocar y, bum, aquí vienen Thor, Batman y el Hombre Araña".

"Nos intimidan", dijo. "Hay como 15 de ellos. Simplemente nos patean".

organilleros de méxico

Dejando de lado la competencia, muchos residentes dijeron que pensaban que los órganos mismos sonaban feo. Algunas de las máquinas tienen más de 50 años de antigüedad y su sonido las delata.

"Estas canciones que tocan una y otra vez", dijo Javier Hernández García, quien atiende un puesto al lado del Zócalo, la plaza central de la ciudad, donde los organilleros actúan. "A nadie les gustan, pero no podemos deshacernos de ellos".

Es cierto que los órganos han disfrutado de permanencia en México. Llegaron al país en el siglo XIX, haciendo el viaje trasatlántico desde Alemania hasta las salas de los ricos y privilegiados, y a los circos. En ese entonces eran hechos en Alemania; los órganos de hoy vienen de Guatemala o Chile.
Para mediados del siglo XX, los órganos se habían vuelto más populares, y los ejecutantes empezaron a cambiar las polkas alemanas por música mexicana; canciones de amor y nostalgia que atraían a las generaciones de más edad.

En estos días, si un ejecutante no es dueño de su instrumento, puede alquilarlo por el equivalente a unos US$ 80 a la semana, dice el sindicato.

Por varias razones –el costo del mantenimiento adecuado, la falta de conocimiento para las reparaciones y el uso excesivo de los instrumentos– las melodías a menudo están horriblemente desafinadas. Eso genera que una nube cubra el rostro de los comensales cuando se aparece un organillero y empieza a tocar, obligándolos a esperar a que termine la agresión auditiva.

También hay una habilidad que los novatos no aprecian, dicen los ejecutantes de más edad. Es un arte. Un organillero no solo da vuelta a la palanca y deja que el instrumento haga su negocio. Se le debe dar vuelta consistentemente, lo que no es tan fácil dado el peso del instrumento. El ritmo debe diferir de una canción a otra.

Este conocimiento a menudo es pasado de una generación a otra.

Daniel Chávez, de 40 años de edad, trabaja junto a su padre en una calle adoquinada flanqueada por bares en el centro histórico de la Ciudad de México, donde lentamente está aprendiendo el oficio.

"Mi padre es el mejor que conozco", dijo, haciendo una pausa en un día laboral reciente para admirar al hombre mayor, que ha estado tocando por casi 60 años.

Si había una diferencia en la forma en que su padre tocaba, la multitud no parecía notarlo.
Más allá de la tradición, las ubicaciones también son transferidas de generación en generación, lo cual puede dar al negocio un aire de mafia.

Rosas, por ejemplo, a menudo trabaja con su esposa. Su cuñada trabaja en otro lugar destacado fuera de la catedral en el centro histórico, el cual ella heredó de su madre. El hijo de Rosas, Oscar, la cubre cuando ella no puede trabajar un turno.

¿Y el jefe del sindicato, Dichi Lara? Su cuñado es Moisés Rosas.

"¿Qué puedo decir? Venimos de una familia de organilleros", dijo Dichi Lara. "Pero, para ser honesto, el órgano de Moisés está muy desafinado".

El de Oscar también.

En un día reciente, el joven de 20 años se enjugó el sudor de las cejas mientras tocaba en el lugar fijo de su tía, frente a la imponente catedral. Le apasiona su trabajo.

"Mi sueño es un día ganar suficiente dinero para comprar uno de estos, para conservar esta parte de nuestra cultura", dijo. Ese deseo de preservar la cultura parece motivar también a los donadores.
En una noche reciente, Carlos Martínez depositó algunas monedas en el sombrero de Sergio Pérez, un organillero a mitad de su turno nocturno.

"No muchas personas les ayudan", dijo Martínez, un oficinista de 44 años. "Realmente no me gusta escucharlos mucho, pero si uno no les da dinero, no sobrevivirán".

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