Los riesgos para el crecimiento

Uruguay coronó un buen 2016, pero todavía falta para asentar la confianza

Por más esperado que fuera, el buen dato de crecimiento de la economía uruguaya durante el tramo final de 2016 no deja de ser un alivio. Con un crecimiento de 3,6% en el último trimestre del año respecto a igual período de 2015, la economía local coronó un año que empezó mal y terminó mejor de lo que las circunstancias externas permitían anticipar pocos meses atrás.

La historia uruguaya es rica en episodios en los cuales el mal desempeño de alguno de los vecinos de la región arrastró al país a una caída pronunciada y –a veces duradera– de su actividad económica. En esta oportunidad, la economía uruguaya demostró ser más resistente a las peripecias regionales, pero sería temerario hablar de inmunidad.

A pesar de la caída de 2,3% de la economía argentina y de un nuevo retroceso de la actividad brasileña (-3,6%) en el último año, el Producto Interno Bruto (PIB) de Uruguay no solo siguió expandiéndose sino además se dio el lujo de apretar el acelerador. De este modo, pasó de una anémica tasa de expansión de 0,4% en 2015 a un más respetable 1,5% en el último año.

Sin embargo, esa tasa de expansión todavía se encuentra por debajo del potencial de largo plazo de la economía y ni siquiera mostró ser suficiente para frenar la pérdida de puestos de trabajo en el último período del año. La sangría de empleos parece cerrarse, pero incluso en enero –en medio de la mejor temporada turística de la historia del país– Uruguay no pudo mantener los niveles de ocupación de un año atrás.

Un motor a media máquina


Los números muestran que a diferencia de lo que sucedió entre 2004 y 2014, la economía uruguaya no tiene un motor de crecimiento fácil de identificar.

El consumo creció, pero todavía de forma lenta. En un año en el cual el salario medio aumentó a una tasa de 1,6% en términos reales, el gasto final de los hogares apenas se expandió 0,7%. Los indicadores de confianza indican que todavía el uruguayo medio sigue mirando con recelo a la economía, aunque de a poco vaya relajando sus reticencias al consumo.

Incluso si se mira el último trimestre del año, el consumo sigue creciendo a la mitad de la tasa que la economía en su conjunto, lo cual da cuentas de un motor todavía apagado.

La inversión dejó de caer en el último año y pasó a aportar algunas décimas a la expansión económica. Cuando se mira 2016 como un todo, esa reactivación se explica enteramente por la inversión pública, principalmente por el desarrollo de infraestructura vial. La comparación con 2015, un año en el cual el gobierno retrajo temporalmente la inversión pública –con el objetivo de contener el déficit fiscal a la espera de medidas más definitivas de ajuste–, ayuda a la expansión.

La inversión privada siguió cayendo en 2016, lastrada por un muy mal primer trimestre. Sin embargo, en el último tramo del año tuvo una fuerte aceleración. Luego de ocho trimestres consecutivos de caída, la inversión privada acumuló tres de crecimiento interanual y el último a una tasa de 11,3%. Ese es un dato relevante. La mitad del crecimiento de la economía en el cuarto trimestre de 2016 se explicó por el repunte de la inversión privada.

Del mismo modo que la confianza de los consumidores es un elemento fundamental para explicar sus decisiones de gasto, las decisiones de inversión de los empresarios tienen también un componente que va más allá de lo que indiquen los números.

Eso el equipo económico de gobierno parece tenerlo claro, pero no es una visión que comparta buena parte de su fuerza política y de los movimientos sociales alineados con el Frente Amplio.

Los incentivos a la formación de capitales juegan un papel muy relevante a la hora de evaluar una inversión en Uruguay porque muchas veces logran compensar niveles de carga tributaria y otros costos no impositivos que de otra manera no serían competitivos respecto a otros destinos.

La actual discusión en torno a la Rendición de Cuentas es vista por algunos sectores del Frente Amplio como una oportunidad para imponer su propia agenda que implica profundizar una política tributaria que ha perseguido en los últimos años, como uno más de sus fines, la redistribución del ingreso. Esa búsqueda se enreda además con la preocupación que hay dentro de la fuerza política de cara a las elecciones de 2019, que empuja a muchos a forzar la realización de un programa político que no se ajusta a la actual realidad económica.

Uno de los principales riesgos de la aceleración económica es que alimente las presiones de un sector de la sociedad, que en la búsqueda de una mayor equidad y justicia social terminen ahogando un crecimiento todavía frágil y afectando las oportunidades de un importante número de uruguayos que no se vieron beneficiados por la reactivación económica.

Para acelerar el consumo y la inversión será necesario estimular la confianza. Más aun en un mundo en el cual paulatinamente las tasas de interés en las economías desarrolladas se normalizan y el crédito barato va quedando atrás. El sí definitivo de UPM a su segunda planta de celulosa y la reactivación de las economías regionales forman parte de un horizonte muy probable, aunque ninguno de los dos sucesos está exento de riesgos.

La incertidumbre sigue pesando sobre las decisiones de inversores y consumidores. La política tiene mucho por hacer en el proceso de consolidar una percepción de estabilidad que los números hoy ayudan a asentar, pero que por sí solos no bastan.

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