Los sonidos del silencio

La noticia de la condena de la periodista disidente china Gao Yu, de 71 años y la ausencia de críticas desde esta zona del planeta

Un proverbio, seguramente árabe, dice que “uno es señor de sus silencios y esclavo de sus palabras”, animando seguramente a pensar lo que se dice y no hacer uso abusivo de la palabra. Pero también uno puede acabar siendo esclavo de su silencio si su silencio viene a ser cómplice de un delito o de una situación injusta o de haber callado cuando se debió hablar.

Hace un par de días un amigo me envió, con gran preocupación, un correo con la noticia de la condena de la periodista disidente china Gao Yu, de 71 años, condenada a siete años de prisión por revelar secretos de estado a extranjeros. Y me hacía notar el silencio con que se había recibido esa noticia en América Latina. Según su opinión, muchos países de la región que tienen crecientes relaciones comerciales y culturales con China, no quieren meterse en ningún problema por defender los derechos humanos. Y, por otra parte, considera que a veces hay como una hemiplejia para condenar las violaciones a los derechos humanos según el país en el cual se produzcan. Así, por ejemplo, a muchos gobiernos latinoamericanos les cuesta enormemente no ya “censurar” o “reprobar”, sino simplemente “manifestar preocupación” por lo que ocurre en Venezuela, donde son obvias las limitaciones de la libertad de expresión, las detenciones de opositores, la limitación de la independencia de la Justicia. Pero es el “compañero Maduro” quien las genera, y al compañero no se le dice nada.

Con la condena a la periodista china, el silencio es más agudo si cabe. Gao Yu ya fue condenada a prisión en dos oportunidades. Una antes de las protestas a favor de la democracia en la famosa plaza de Tiananmen en 1989 que terminaron con una feroz represión, y otra en 1993, también por divulgar “secretos de estado”. Aparentemente la figura penal china de la divulgación de secretos de estado viene a ser un cajón de sastre como la figura de nuestro código del “abuso de funciones”. Son conceptos tan vagos y amplios que allí puede entrar casi cualquier conducta. Son como un cajón de sastre, donde cabe todo, en lugar de ser extremadamente precisos con la definición del tipo penal para evitar la discrecionalidad de las autoridades judiciales o la influencia del poder político de turno.

Las críticas internacionales a la condena de Gao Yu provinieron de Estados Unidos, de la Unión Europea y de Amnistía Internacional. Amnistía Internacional criticó precisamente la vaguedad del tipo penal utilizado; Estados Unidos pidió a China que respete los acuerdos internacionales de derechos humanos y la Unión Europea pidió al país asiático que revise el juicio contra Gao, ya que el proceso dejó lugar a grandes dudas. De esta zona del planeta, y de organizaciones defensoras de derechos humanos en nuestro país, nada hemos oído por el momento más que sonidos del silencio.

Pero hay aún un silencio más peligroso. Es el de las abrumadoras mayorías que no están de acuerdo con lo que hacen unos pocos fanáticos y que sin embargo callan y guardan silencio por temor o por comodidad.

Son pocos los que en nombre del islam llevan a cabo cruentas acciones terroristas; la gran mayoría de musulmanes son pacíficos, pero no se oye su voz de condena a los bárbaros atentados, al uso de la lapidación y la horca contra los violadores, al ataque a los homosexuales que son despeñados, que cometen los yihadistas. Lo mismo ocurrió en la Alemania de Hitler, donde había muy pocos nazis y eran mayoría quienes no apoyaban sus atrocidades. Lo mismo ocurrió en Serbia en época de Milosevic. Y también en Ruanda, en 1994, cuando de pronto los hutus decidieron exterminar a los tutsis y en apenas tres meses mataron a más un millón. La acción de unos pocos pudo más que la apatía y el silencio de la mayoría. Por eso, la vigencia de los derechos humanos nunca se puede dar por garantizada y siempre es necesario reafirmarla, en pequeños casos o en enormes matanzas. Es una batalla que se gana día a día. Y el peor enemigo es el silencio. Que no terminemos siendo, por cobardía, “esclavos de nuestros silencios”.


Comentarios

Acerca del autor