Los suecos premian en zuecos

¿Por qué se premió con el Nobel a un artista que no tiene una obra literaria?
Eduardo Espina, especial para El Observador

En 1997 la academia sueca le dio el Nobel de Literatura a Dario Fo, juglar y dramaturgo. Desde que Winston Churchill lo ganara en 1953, ningún otro premio había generado tanta controversia como el otorgado ese año al autor italiano. Los suecos, a quienes al parecer les gusta enviar mensajes subliminales cuando toman decisiones, estaban diciendo que en tiempos post-contemporáneos y de peri-vanguardias incluso aquello que no parece literatura puede pasar por tal y ser incluso recompensado con generosidad. Estaban avisando, tres años antes de que se terminara el milenio, que en el siglo XXI el campo de lo que se considera literatura tendría nuevos habitantes certificados.

El destino, vestido de realidad, hizo que la coincidencia también quisiera hablar de no tan soterrada manera. Dario Fo falleció el pasado jueves 13 de octubre, mismo día en que los suecos anunciaron que le habían dado el Nobel literario a Bob Dylan, juglar, rapsoda, trovador. Tuve un profesor de escritura creativa, capo y exigente, que cuando alguien le entregaba un muy mal ensayo o poema decía que lo había escrito “en chancletas”. Per Wastberg, miembro de la academia sueca, dijo el día del anuncio que Dylan “es probablemente el más grande poeta vivo”. Si alguien tiene el tupé de lanzar semejante afirmación, es porque los suecos premian en zuecos.

Al año de distinguir a la periodista y cronista bielorrusa Svetlana Alexievich, los 18 miembros del jurado de la academia (la mayúscula es innecesaria) confirmaron su intención de premiar en este siglo aquello considerado hasta ahora sub-literatura.

Bob Dylan the times they are a-changin

Dos décadas después de galardonar a Fo, otro juglar, aunque este de tono menos experimental y más complaciente que el italiano, recibe el rico galardón, porque lo verdaderamente importante del Nobel es la plata. No obstante, para un hombre que hizo cuantiosa fortuna cantando, lo verdaderamente valioso del premio no es el cheque por 832 mil euros, sino el lugar en la historia de la literatura donde a partir de ahora quedará situado.

Generaciones venideras se preguntarán algún día al ver la ya larga lista de ganadores del Nobel literario, y a Bob Dylan, por qué se lo dieron, ¿por su poesía, por sus canciones –no es lo mismo una canción que un poema, pero al parecer los suecos piensan lo contrario-, por su actitud rebelde –por haber sido una de las voces inconfundibles de una época-, o simplemente porque los rubios nórdicos le dieron un sabático al criterio y, trastocando el canon establecido, decidieron premiar por vez primera en la historia a la música pop? Decir que Dylan –Bob, no Thomas- fue premiado “por su poesía” se parece demasiado a un chiste, aunque ahí quizá esté el quid del asunto; que los suecos tienen un sentido del humor desconocido por nosotros. En Estados Unidos hay decenas de poetas muy superiores a Dylan y de haber sido galardonados nadie hubiera levantado una voz de protesta. Susan Howe y John Ashbery, por nombrar solo a dos con casi la misma edad de Dylan.

El siglo XX vio el regreso al primer plano del trovador o juglar, cuya popularidad reinó en los siglos XII y XIII. Trovador es el cantante cuyas canciones dependen tanto o más de la belleza de las letras que del ritmo y la melodía. Puesto que el XX fue un siglo audiovisual, los juglares vinieron a ocupar el lugar del poeta, construyendo su obra (y popularidad) a partir de letras accesibles, menos complejas y por ende más recitables, que las de los poetas de verdad, es decir, aquellos que no necesitan de la ayuda de la música ni de la voz cantando para que la combinación de palabras suene bien. La lista de trovadores que trascendieron las fronteras de su idioma natal es larga y ha crecido desde 1960. A vuelo de pájaro (que canta) surgen los nombres de Jacques Brel, George Brassens, Léo Ferré, Violeta Parra, Leonard Cohen, Joan Manuel Serrat, Francesco de Gregori, Luis Eduardo Aute, y Raimon. Los mejores, por la elaboración lírica de las canciones, por el rigor y lucidez de los textos, son los franceses, posiblemente por tener detrás una tradición con siglos de esplendor. De haberse abierto para todos la cancha a la hora de premiar, Brel, Brassens, o Ferré hubieran merecido más el Nobel que Dylan, pero cantaban en francés, no en inglés, lingua franca de la era del entretenimiento. No creo que en toda la discografía de Dylan haya un verso como este de Brel: “Te inventaré palabras sin sentido que comprenderás” (“Ne me quitte pas”).

Claro está, parece una majadería quejarse porque Bob Dylan ganó el premio.Quienes crecimos oyendo su música, y que en la adolescencia encontramos en ella apoyo emocional cuando la realidad parecía, porque casi todo el tiempo lo era, un lugar inhóspito y devaluado, sentimos una especie de cómplice alegría, porque “uno de los nuestros” fue recompensado por una obra que es también testamento de una vida bien vivida. Sin embargo, al mismo tiempo sentimos que la literatura es algo un poco más complicado y difícil que un puñado de notables canciones con varias frases memorables, de esas a las cuales uno puede echar mano cuando lo visita la felicidad, o cuando la decrepitud y la muerte están cerca. Por consiguiente, si a un cantautor le otorgan el premio mayor por una cantidad de versos de alto rango lírico, y no por una inexistente obra literaria, entonces cualquier cosa puede esperarse en el mundo de las artes en la actualidad. Dadas las circunstancias, pues, a nadie debería sorprender que el próximo Emmy en la categoría “comedia” se lo otorguen a Donald Trump (y perdón por el ejemplo).



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