Los tamberos en un laberinto

Columna de opinión de Pedro Silva publicada en El Observador Agropecuario
De la cantidad de definiciones que se pueden dar de un laberinto, nos gusta la que asegura que es un espacio creado de manera artificial con diversas calles y encrucijadas.

Nos gusta el laberinto para analizar la situación de la lechería uruguaya porque ejemplifica una situación, un espacio en el que se ingresó y aún no se pudo salir. La caída de precios que se pronosticó en 2014, se concretó en 2015 y no se detuvo hasta mediados de 2016, cuando comenzó un leve repunte que aún no se estabilizó.

A ello se sumó una caída fuerte de la demanda mundial, fruto de la crisis económica y financiera en mercados de destino claves –como Venezuela, entre otros–, y las sanciones cruzadas entre EEUU, la Unión Europea (UE) y Rusia, que trastocó el comercio.

Como corolario de esa situación externa, que afectó los mercados, a nivel local cayó el precio del litro de leche al productor, y hasta cerraron industrias, lo que afectó al norte del país. Las gremiales estiman que por cada peso que produce la lechería se derraman seis en la economía.

Otra puerta de ingreso al laberinto han sido los altos costos de producción, a nuestro juicio producto de un Estado caro para producir. Para una producción como la lechera, que basa su actividad en una gran demanda de energía eléctrica y gasoil, basta ver las tarifas que se cobran.

El miedo a los altos costos acciona entonces como un freno a la inversión, que es lo que está ocurriendo desde hace un tiempo. Por eso la producción de leche cayó más de 10% en 2016, respecto al año anterior.

Claro que hubo otro factor adverso en 2016 para el bolsillo de los productores –otra calle que se cruzó en el laberinto– que fue el exceso de lluvias en el otoño, que destruyó pasturas o directamente no permitió implantarlas para alimentar a las vacas. Y obligó a la compra de comida: raciones y concentrados.

La situación derivó en un endeudamiento creciente, que en la actualidad asciende a US$ 300 millones, de los cuales US$ 70 son de corto plazo, lo que ha obligado a una intensa negociación de las gremiales lecheras con el Banco República (BROU) en busca de diferir pagos para cuando la situación mejore.

A pesar de la aprobación de un nuevo crédito para la retención de vaquillonas, que otorga hasta US$ 30 mil por productor, las finanzas de los tamberos no mejoran.

"No puede ser que producir leche no reditúe, cuando de lo que se trata es de darle bien de comer a las vacas", nos comentó esta semana un tambero. El problema es que van quedando tamberos por el camino, los más chicos, los que producen menos de 2.000 litros por hectárea para abajo.

¿Por dónde está la salida para este laberinto? Una puerta es incrementar la productividad. Para ello hay que invertir, algo que en este momento no pueden hacer. Otra puerta puede ser encontrar un Estado receptivo a pensar en bajar costos, por ejemplo de energía y combustibles. O bien diseñar un costo estructural.

La otra puerta es la mejora de precio de los productos lácteos, algo que se ha insinuado pero que por ahora no logra estabilidad como para confiar que el precio de la tonelada de leche en polvo entera se mantenga cerca de los US$ 3.500, como sería deseable.

Queda la posibilidad que el sistema político, gobierno incluido, considere a la lechería como una actividad estratégica para el país y le tire una soga. Deberá ser una ayuda económica porque, como comentó un tambero, "esto se arregla con plata". El problema es que no salieron del laberinto.

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