Los tortuosos caminos del futuro venezolano

Con poco margen de acción para la región, el futuro del país caribeño se dirimirá con sangre o paz según decida su presidente
Desde Alaska hasta Tierra del Fuego son cada vez más escasos los gobiernos o las organizaciones sociales que siguen respaldando al gobierno de Nicolás Maduro. La expresión mayoritaria –a excepción de algunos aliados ideológicos–, concuerda con el diagnóstico que propone que en Venezuela hubo una ruptura del orden institucional caracterizado por la concentración de poderes y la violación de los derechos humanos; con un gobierno que roza el límite de la dictadura y una oposición que contribuye de manera marginal para la resolución del conflicto.

El diagnóstico puede reunir consensos, pero la discusión desde hace algún tiempo se trasladó para el lugar del pronóstico. ¿Cuál es el futuro de Venezuela y en función de que varían esos caminos?

A juzgar por el accionar de los organismos regionales y multilaterales está el entendimiento compartido que, aún cuando se debe condenar la situación y solicitar el encauzamiento de la democracia, no se debe presionar demasiado al gobierno de Maduro por las oportunidades que esa acción ofrecería a Caracas.

El gobierno venezolano se ve a sí mismo como una víctima de intereses extranjeros y expulsarlo de las organizaciones que integra a nivel internacional lo habilitaría para confirmar sus prejuicios y actuar en consecuencia.

La experiencia histórica ilustra con detalle la facilidad que tienen los dictadores de poner de rehén a sus pueblos cuando se les aplica sanciones externas. Maduro ya demostró que poco le importa el bienestar de su ciudadanía, de manera que cualquier castigo económico redundará únicamente en el empeoramiento de la situación de los venezolanos. Si acaso eso es posible.

Sin embargo, tampoco es del todo clara una estrategia que evite cualquier tipo de intervención. ¿Cuánto podrá disimular la comunidad internacional que el gobierno de Maduro no cumple cabalmente con sus responsabilidades como soberano? ¿Qué tan lejos está la situación en Caracas de activar en la comunidad internacional un mandato moral de proteger a los venezolanos?

Aunque esas preguntas serían de recibo para cualquier otro caso, los países latinoamericanos son conscientes del grado elevado de violencia con el que se maneja el gobierno venezolano en los dichos y en los hechos. Y nadie querrá arriesgar un desborde hacia afuera, principalmente quienes comparten frontera con el país caribeño, entre ellos Colombia.

De manera que los escenarios del futuro para Venezuela dependen, en gran medida, de la disposición de Maduro para habilitar la posibilidad de que el poder rote en su país ya sea de forma anticipada o en las elecciones previstas para 2019.

El mejor escenario está dado por una repuesta cooperativa. Si hay una predisposición para habilitar la posibilidad del cambio, entonces es posible un arreglo con la oposición y posibilitar una transición armoniosa en cualquiera de las dos instancias antes mencionadas.

El peor escenario es que el gobierno venezolano quede aferrado al poder, con el uso de la fuerza en sus manos o que incluso Maduro pierda la confianza de las Fuerzas Armadas. Si hay una decisión de no soltar las riendas los caminos de salida para el conflicto se volverán más complicados y los esfuerzos regionales de llamar a elecciones serán estériles.

Como en cualquier conflicto, el paso del tiempo conspirará a favor de la radicalización de las partes, quienes acumularán animosidad, odio y prejuicio. Cuanto más se dilate la solución, el gobierno y la oposición verán sus metas como objetivos opuestos y por momentos irreconciliables.

En este escenario en el que cada uno se aferra a su verdad es difícil divisar la posibilidad de que se hagan concesiones. Por tanto, las partes seguirán invirtiendo capital material y simbólico al servicio del conflicto. Y con cada nuevo leño que va al fuego el conflicto se tornará más violento, total y central en la vida de la nación.

Será entonces la ley del más fuerte. Y desde hace un buen tiempo que Maduro se encargó de hacer demostraciones de fuerza. De una forma u otra, los caminos de Venezuela tienen poco para ofrecerle a un pueblo que sigue a la espera de un tiempo de paz.

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