Ludo para siempre

Juego y luego no sé si existo, porque no me interesa tanto existir como jugar. Intuyo, además, que todo es un juego.
l juego debería ser un tema central de cualquier intento de biografía que se hiciese sobre mí. Los juegos de cartas han sido la coreografía de mi infancia. Los adultos los jugaban con toda seriedad y los niños entrábamos en ese mundo en cuanto estuviéramos listos para entenderlo.

Los niños empezábamos con la escoba del 15, que era una tarea que los adultos debían cumplir para que las nuevas generaciones entraran al universo de los naipes.

Los adultos jugaban al tute y los partidos se anotaban en un cuaderno que se daba en llamar "placar". Cuando se terminaba la página se terminaba el placar y el promedio de puntos de cada jugador pasaba al "placar de placares".

Se jugaban distintas variantes de tute: tute cabrero, tute remate y tute remate con comisario. Hasta que en un momento llegó una variante del juego que mi tío conoció en Tacuarembó: la podrida, con las relgas del tute pero distinto objetivo.

La podrida ha sobrevivido y todavía se juegan placares, varias décadas después de que llegara desde Tacuarembó. En su momento, Andrés Alsina publicó, en una contratapa de este diario, Y ellos serán leyenda, una elegía sobre la podrida y su submundo.

Porque la tradición es que el juego engendra subjuegos y los jugadores –y las propias cartas– forjan leyendas y tienen canciones asociadas a las circunstancias lúdicas. Hay más de una canción dedicada al caballo de basto, por ejemplo.

La podrida también tiene un video, ya que dos de los jugadores habituales se dedican a hacer documentales y sintieron que debían dejar constancia del juego en imágenes.

Toda esa tradición me llega por el lado de mi familia materna pero mi padre, a quien prácticamente no conocí, era jugador de ajedrez, y llegó a ser campeón uruguayo dos veces.
Yo juego al ajedrez por internet, a cinco minutos toda la partida, y hago gala de un estilo salvaje, con una teoría propia de aperturas que a veces pone en aprietos a jugadores muy avezados.

En ajedrez, cada pieza hace su juego. Hay partidas en las que es interesante seguir la trayectoria de una pieza en particular. La del peón es la más espectacular, porque es capaz de metamorfosis milagrosas si puede atravesar el tablero. Un peón que sufrió durante casi toda la partida puede convertirse en dama y obtener, de esa manera, el poder con el que había soñado en secreto.

Tuve mi época de jugador de truco, también, y pasé cerca del mundo del póker, aunque este último es timba, una categoría que no me interesa tanto.

Tampoco desdeño a los dados: el backgamon, la generala, el sevelén y los quinitos, un juego de dados que aprendí en España y que se basa en la capacidad de mentir, como el truco y el mus.

Para los que no lo conozcan, les digo: el mus es un juego mucho más interesante que el truco; tiene la gran ventaja de que el órdago –que equivale al falta envido o la contra flor al resto– vale el partido para las dos parejas, y no solo para la que va ganando.

Aunque no recuerdo que me lo hayan indicado de forma explícita, siempre estuvo claro que más importante que ganar, e incluso más importante que divertirse, era no hacer trampa. Una vez que nos ponemos de acuerdo en eso, la sociedad del juego resulta muy superior a la del mundo exterior.

Imbuído de ese espíritu lúdico, en un momento decidí inscribirme en una escuela de teatro y jugar a ser otro. En inglés, obra de teatro se dice, con gran simplicidad, play.

La puesta en escena, a consideración del público, es el resultado del juego. A mí me parecía mucho más interesante el ensayo que la función. Esta última se parece a un rito religioso. Yo disfrutaba mucho más la zozobra de los meses anteriores, cuando era un juego y todo era posible.

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