Lugares comunes, fantasmas y costumbres antiguas

"Un fantasma no es otra cosa que un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbre"

Lugares comunes
Los lugares comunes, es decir, las frases o ideas que de tanto repetidas se dan por ciertas no siempre son falsas. En el concepto de “querer es poder” la falsedad tiene un sustento científico. Quiero ser inmortal y no puedo, quiero viajar a Marte y tampoco. Los ejemplos de la imposibilidad son casi infinitos.
Sin embargo, cuando se dice que una actitud positiva genera cosas buenas, no necesariamente se cae en una falsedad. Si yo le ladro es posible que usted me ladre. Si yo le sonrío en una de esas usted me sonríe. También es cierto que lo único que tenemos es el presente, porque el pasado se fue y el futuro siempre está adelante. Pero uno puede decir, sin temor a equivocarse, que los perfumes como el del jazmín son capaces de transportarnos en el tiempo. Y uno tiene derecho a sostener que no existen jazmines sin aroma. Porque, en realidad, el jazmín es un aroma al que le creció una flor.


Lectores en la red
Cosas que suceden en las conversaciones a través de las redes sociales. Usted dialoga con uno de sus contactos y este le comenta algo, por ejemplo, sobre el escritor Cesar Aira. Usted no tiene idea de quién es Cesar Aira ni tiene por qué tenerla. Pero rápidamente le pregunta a Google, saca dos o tres datos sueltos y hace un comentario del tipo “ah, es de la nueva camada de escritores argentinos” o “su ultimo libro es…”.
Esto no sucede en las charlas mano a mano. Ahí usted no puede jactarse de conocimientos que no tiene e, incluso, obligado a preguntar, le puede venir una linda curiosidad por leer un libro. Esto pasaba con frecuencia en un tiempo no muy lejano. Pero así como a los guapos los mató el revólver, a los pacientes lectores los fulminó la red de redes.
 
Un sueño
Me contó, inquieta, que todas las noches sueña con una persona que apenas ha visto en la vida real y para la que ella es una total desconocida. Le dije, entusiasmado, que lo maravilloso sería soñar con alguien que, en la vida real, nos conoce y a quien nosotros desconocemos. Me respondió, desconsolada, que su sueño era puro deseo y que yo le proponía un mero artificio, un sueño del montón (Esto lo soñé o lo leí pero no puedo dar con la fuente).

¿Qué es un libro?
Cuesta creer que ese objeto colorido que dice en la tapa "Adelgace en 30 días" o "Ultimos consejos de los monjes tibetanos", sea considerado un libro. Es verdad que, a unos cinco metros de distancia, ese volumen se parece mucho a "La Invención de Morel", pero, conforme uno se acerca, el parecido se va atenuando hasta anularse completamente cuando uno procede a su lectura. Pero si para descubrir que "Ultimos consejos de los Monjes tibetanos" no es "La invención de Morel", hay que leerlo, es preferible quedarse con la duda.

DESEOS
Y, finalmente, somos el deseo de los otros. Sería excepcional el caso de una persona que realmente deseara por sí misma luego de deambular durante años por lugares de trabajo, de hablar con decenas de amigos, de prestarle ojos y oídos a los medios de comunicación y de aprender lo que nos enseña la familia casi desde el momento en que se nace. Es probable que no nos quede ni un solo deseo propio.
Cuando creemos que decidimos algo, resulta que ya venía decidido. Esa mujer o ese hombre del que usted se enamoró tal vez no sea otra cosa que un montón de deseos ajenos acumulados.
Esas canciones que tanto le gustan las heredó cuando aún era un niño y se las legó la radio que sonaba en su casa. Además, y esto sí puede resultar descorazonador, ni siquiera ese cucurucho de crema y chocolate,  que cree haber elegido en la heladería de la esquina, le pertenece enteramente.


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