Luis A. Lacalle Herrera: El presidente blanco

“Largo tiempo entre nosotros hemos tejido una organización socioeconómica que, procurando la total seguridad, mató el espíritu de riesgo que acerca la posibilidad de la prosperidad. ¡Abajo, pues, con esas barreras!”

Aunque creció al abrigo del viejo Herrera, Luis Alberto Lacalle Herrera supo hacerse un camino propio y en 1989, cuando su partido vivía una crisis de liderazgo tras la muerte del caudillo Wilson Ferreira Aldunate en 1988, se impuso en las elecciones, en fórmula con Gonzalo Aguirre, contra el candidato colorado Jorge Batlle. Tuvo que llevar adelante un gobierno sin mayorías propias, y de la mano de una coalición débil con parte del Partido Colorado avanzó en algunas propuestas y fracasó en otras.

La ley de empresas públicas suprimió en 1991 parte de los monopolios estatales ejercidos por empresas públicas, y de esa forma estas se abrieron a la asociación con privados. Sin embargo, dicha norma fue derogada de forma parcial por un referéndum realizado en diciembre de 1992, que fue llevado adelante por la oposición y significó un revolcón importante para las intenciones de su presidencia. De esa época sobrevive, sin embargo, el régimen de competencia sin monopolio de los seguros y los servicios portuarios y aeroportuarios, algo que con el tiempo fue continuado y elogiado por los demás partidos en el ejercicio del gobierno.

En 1971 fue electo diputado y, tras la dictadura (1973-1985), llegó al Senado. Durante el período de facto fue detenido y privado de su libertad durante dos semanas, y también fue destinatario en 1978 –al igual que otros líderes blancos– de uno de los vinos blancos envenenados, que no consumió ni él ni su cónyuge pero sí lo hizo la esposa de Mario Heber, Cecilia Fontana, quien falleció por ese motivo.

Desde la muerte de su abuelo encabezó junto a otros correligionarios del Partido Nacional el movimiento llamado Herrerismo, una de las dos columnas que de forma conceptual siguen vigentes dentro del nacionalismo, junto con el wilsonismo, que en cambio promueve una forma de pensar más de centro. Hasta hoy, Lacalle es considerado líder natural de esa corriente, aunque haya dejado de estar en la primera línea de batalla, y si bien no es más candidato, influye con sus opiniones.

Baguala

Cuando dejó el poder, en 1995, se inició una época de acusaciones contra jerarcas del gobierno blanco, las que desencadenaron en el procesamiento de alguno (en 1996 su exministro de Economía, Enrique Braga, fue enviado a prisión) y la declaración de inocencia de otros. Si bien los nombres de Lacalle y algunos familiares estuvieron en boca de varios opositores y en la mira de parte de la opinión pública, nunca se le comprobó delito alguno a su accionar. Esas acusaciones genéricas, que siguieron hasta la campaña de las elecciones de 1999, fueron consideradas como una "embestida baguala" para neutralizar su candidatura presidencial. En 2004 perdió las internas con Jorge Larrañaga, pero tuvo revancha en 2009, cuando le ganó a ese mismo dirigente de Paysandú, y compitió sin éxito en las nacionales contra José Mujica (Frente Amplio). En ese momento él mismo hablaba de una resurrección, del "muerto que revivió" –como dijo en algún acto de campaña–, y lo cierto es que tanto el Partido Nacional como el resto del espectro político había asistido a una recuperación impensada de su figura.

En las siguientes elecciones (2014) su hijo, Luis Lacalle Pou, se quedó con la candidatura de los blancos y perdió contra Tabaré Vázquez (Frente Amplio).

Durante el gobierno de Mujica (2010-2015), Lacalle ocupó su banca en el Senado sin ejercer un perfil demasiado alto. Al cumplir ese ciclo se retiró sin ser candidato ni a la presidencia ni al Parlamento. Ahora integra, con Julio Sanguinetti, Batlle y Mujica, el club de los expresidentes que, junto a Vázquez, los tiene de vez en cuando en celebraciones y actos en la primera fila.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.