Macri comienza a confrontar y se apoya en "minoría intensa"

El macrismo encuentra rédito político en su nueva fase de "mano dura"
Al macrismo le está ocurriendo algo paradójico: en su afán por diferenciarse del kirchnerismo, está adoptando algunas de sus mismas características. Sobre todo, la de confundir a su "minoría intensa" con toda la opinión pública y, en consecuencia, radicalizar el discurso y las políticas.

Las señales en ese sentido han abundado en los últimos días, luego de la inyección anímica que supuso la marcha de apoyo del 1A y el movimiento "antiparo de la CGT" organizado en las redes sociales. Se notó a partir de allí una voluntad confrontativa, tanto delante de los micrófonos como a la hora de lidiar con los piquetes y protestas en la calle.

Tras el apoyo en la calle, Macri manifestó haber comprendido que la gente lo había puesto en su cargo para que luchara "contra las mafias".

Luego, cuando el paro general de la CGT, reaccionó con frialdad ante el pedido de diálogo del triunvirato sindical.

Y, más tarde fue duro con el gremio docente, al afirmar que "violan las normas y después van al paro".
Todo un contraste respecto del Macri versión 2016, que se congraciaba con la Iglesia y con sus propios socios políticos de la coalición Cambiemos al convocar a la Mesa del Diálogo Social.

Pero acaso el cambio más notorio sea el del nuevo entusiasmo por la firmeza policial ante los piquetes y otras formas de invasión del espacio público.

El día clave en ese sentido fue el del paro general, que significó un punto de inflexión.

Estaban dadas las condiciones para realizar un operativo policial de bajo riesgo: primero, un fuerte clima social antipiquete generado en las semanas previas, con la culminación en la marcha del 1A, pero además el hecho de que los piquetes eran de pocas personas, vinculadas a partidos de izquierda y sin el apoyo de la CGT.

Un éxito


Haber despejado los accesos solo con el uso de mangueras de agua y casi sin represión, salvo algunos forcejeos, fue considerado un éxito.

La ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, estuvo ese día exultante en su raid de medios. Sonriente, explicaba el cambio de actitud, luego de soportar un año de reproches por la demora en la aplicación del famoso "protocolo antipiquetes".

¿Laclau tenía razón?


Lo cierto es que, lejos de su promesa del día de la asunción –cuando habló de trabajar por la "unión de todos los argentinos" y de "superar la etapa de la confrontación"–, Macri parece haber descubierto un inconfesado atractivo por las ideas de Ernesto Laclau, el filósofo que inspiró la "grieta" social y política.

Laclau, un sociólogo que residía en Inglaterra y que murió hace tres años, fue durante el kirchnerismo el principal teórico sobre la necesidad de que un gobierno populista debía generar un "relato" y establecer, como forma de gobierno, un permanente estado de confrontación.

Según ese planteo, no hubo progreso social en la historia que no haya surgido de los conflictos y sin afectar intereses de los grupos que concentran el poder.

Su influencia era notoria en los discursos de Cristina Fernández Kirchner, quien se jactaba de que cada medida de su gobierno implicaba favorecer a algún sector postergado de la sociedad por la vía de recortar privilegios de algún "grupo concentrado".
Desde ese punto de vista, la célebre "grieta" no solo era inevitable sino que hasta resultaba un objetivo deseable, porque las quejas de una parte eran la medida del éxito en la reparación a la otra.
Como consecuencia lógica de esa forma de gobernar, todo el discurso quedaba cruzado por la antinomia "ellos versus nosotros".

El cambio


Frente a ese estilo político, Macri había prometido ser lo opuesto.

Las alusiones a la "revolución de la alegría", el estilo zen para la búsqueda introspectiva de la felicidad sin pelear con el prójimo, el culto al trabajo en equipo con "retiros espirituales", la renuncia voluntaria a usar las cadenas de TV para no abrumar a la población: todo llevaba a pensar en un drástico cambio de fondo y de formas.

Pero algo empezó a cambiar en las últimas semanas.

Macri ya no cultiva la espiritualidad zen, sino que parece disfrutar la confrontación abierta.
Lo mismo ocurre con sus principales funcionarios, que ya no están dispuestos a poner la otra mejilla sino que van al choque.

La gran pregunta, a esta altura, es si este cambio de estilo será realmente redituable para el gobierno desde el punto de vista político o si, como le pasó al kirchnerismo, el hecho de recostarse en su "minoría intensa" puede acarrearle un costo mayor.

Por ahora, está el argumento "validador" de las encuestas.

Arma de doble filo


Según trascendió, un último sondeo refleja una amplia mayoría –63%– que expresa su hartazgo por las protestas que implican los cortes de calles y autopistas.

Pero como sabe todo buen "gurú" de campaña electoral, las encuestas deben ser leídas con cuidado, porque se puede correr el riesgo de malinterpretarlas.

Una cosa es manifestar el enojo por un corte de calle y otra muy distinta es avalar la represión policial: cuando se le pregunta a la gente si apoyaría el uso de la violencia para desalojar piquetes, ahí el apoyo desciende hasta 37%, y cuando se trata de manifestaciones con presencia de mujeres y niños, el apoyo cae hasta 21%.

El riesgo del presidente en este momento es que por cada elogio por parte de los partidarios de la "mano dura", se expone a perder apoyo de sus propios socios de coalición.

Ya hubo señales de incomodidad, cuando no de rechazo explícito, por parte de dirigentes de la Unión Cívica Radical cuando se produjeron los incidentes con los docentes.

Como ya comprobó el kirchnerismo, las minorías intensas hacen ruido y pueden premiar a un político con el "mimo" de una manifestación callejera, pero otorgan un "techo" electoral bajo.

Y Macri, que durante años sufrió ese efecto limitante, recién pudo superar su "techo" de votos cuando sumó aliados y cambió el estilo.

Su discurso ganador fue el del rechazo a la confrontación.


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