Macri, entre el optimismo político y la inquietud por la inflación

Mejor imagen del gobierno contrasta con la inflación, que no cede y erosiona la credibilidad
El optimismo que muestra el gobierno de Mauricio Macri por su mejora en las encuestas y sus buenas perspectivas electorales tiene una contracara: los resultados en la economía van mucho más lentos que lo prometido. Casi en el segundo semestre de 2017 aún se siguen esperando los signos de reactivación prometidos para el primer semestre... del año pasado.

Esporádicos brotes verdes, como subas en la venta de cemento, por ejemplo, son inmediatamente opacados por cifras lapidarias en caídas de consumo o retrocesos en la industria.

Pero acaso el tema más frustrante para el gobierno es el de la inflación. Después de todo, es el que ha sido explícitamente elegido como objetivo principal de la política económica. Desde el Banco Central hasta Macri, todos coinciden en el discurso: nada es más reactivante ni más a favor del asalariado que bajar la inflación.

Bajo ese supuesto, lo que queda entrelíneas es que todo el resto de los aspectos de política económica quedarán supeditados a ese objetivo. Y esto incluye, por ejemplo, la política cambiaria y la de tasas de interés. De manera que, con tal de que se saquen pesos de circulación se aumentan los riesgos de dos males clásicos de la historia argentina: atraso cambiario y el encarecimiento del crédito a niveles prohibitivos.

Ambos temas se manifiestan a diario de manera bien visible. El dólar, que desde hace un año oscila en torno a $ 15,70, no levanta cabeza ni aun con la intervención de bancos estatales que compran a ritmo de 150 millones por día. De hecho, la mayoría de los economistas revisó a la baja sus pronósticos sobre la evolución del tipo de cambio.

El dólar planchado se manifiesta bajo la forma de oleadas de compradores argentinos a Chile, Paraguay, Miami o donde sea que se puedan adquirir celulares y ropa más baratos, en una nueva reedición del clásico "deme dos" de los años 1970. Como contrapartida, se hacen patentes las dificultades para exportar, salvo en sectores muy competitivos del agro.

Sin contar, claro está, la fuga de capitales, que sigue en niveles rampantes. El último dato mensual indica unos US$ 1.860 millones, un nivel comparable con el récord que ostenta Cristina Kirchner, que en los meses previos a su reelección en 2011, tenía una fuga promedio de US$ 3.000 millones mensuales.

Simultáneamente, la tasa de interés sube, porque el Banco Central quiere dar señales de dureza y compromiso con su objetivo inflacionario. Es así que, cuando todo el mundo creía que la tasa bajaría este año después de haber alcanzado niveles récord por encima de 30 el año pasado, se quebró la tendencia y volvió a subir.

El argumento de los economistas del Banco Central es que no afectará a la actividad, porque la recuperación ya está en marcha y porque la industria argentina no es tan sensible a los movimientos en la tasa, sino más bien es receptiva a los cambios de expectativas de largo plazo.

Un argumento que por ahora no convence a muchos. Más bien al contrario: la sensación que se está instalando es la del regreso con gloria de la tradicional "bicicleta financiera". El carry trade, como lo llaman en la jerga de los economistas, consiste en vender dólares, posicionarse en pesos en títulos que dejan altas tasas (hoy en torno de 26% anual) para luego volver a dólares y encontrarse con una suculenta ganancia, dado que en ese interín el tipo de cambio apenas se ha movido. Fue una experiencia vivida muchas veces en la historia reciente, cada vez que se intentó utilizar al dólar como "ancla" de los precios y ayudar a una expectativa de inflación a la baja.

El argumento del Central es que si promoviera una suba nominal del dólar, inmediatamente provocaría un "efecto contagio" a los precios, con lo cual sería la peor de las medidas, porque no lograría corregir un supuesto atraso cambiario, pero llevaría inquietud por un rebrote inflacionario.

Y, además, sostiene que, al existir un régimen de tipo de cambio flotante, sin convertibilidades, cepos, tablitas ni regímenes intervencionistas de los muchos que se han aplicado en el país, entonces la "bicicleta" no es tal, porque implica un alto riesgo.

Lo cierto es que todas estas argumentaciones chocan contra un escepticismo cada vez mayor del mercado. Contrariando las opiniones del Central, las cifras que se han sumado con entusiasmo a la bicicleta financiera –US$ 1.600 millones invertidos por extranjeros en el primer trimestre– hacen suponer que, para el mercado, el cuadro actual no tiene "riesgo" de cambiar en el corto plazo.
Pero, acaso lo peor de todo, no se ven resultados en la lucha anti-inflacionaria, que es el gran motivo detrás del cual se justifica toda la política mencionada.

Con el sorpresivamente alto índice de 2,6% registrado en abril, el primer cuatrimestre del año acumula ya una inflación del 9%. Esto significa más de la mitad del 17% que preveía la meta oficial.

Dicho de otra forma, para que se alcance el objetivo, en los ocho meses restantes habría que lograr una inflación mensual promedio inferior a 1%, algo que ni el más optimista fanático del gobierno macrista se animaría a pronosticar.

A esta altura, hasta los propios funcionarios del equipo económico dan a entender que la meta no se cumplirá, pero que eso no desacredita la estrategia actual, porque lo importante es que se está logrando bajar la inflación y cambiar las expectativas del mercado.

No todos coinciden con ese diagnóstico. De hecho, economistas de todas las tendencias creen que el gobierno se equivocó al elegir el sistema de "metas de inflación", que se usa en casi todos los países de la región pero que no consideran adecuado para la realidad argentina. "Cuando uno está recomponiendo precios relativos, un eufemismo para decir que tiene que ajustar las tarifas, plantearse desinflar al mismo tiempo que hay que ajustar muy significativamente las tarifas genera un choque", afirma Miguel Bein, uno de los analistas más influyentes del mercado.

Mientras que otro economista muy escuchado, Mario Blejer, exdirector del Banco de Inglaterra, es lapidario al afirmar que Federico Sturzenegger, titular del Banco Central, "metió la pata". "No leyó el manual de las 'metas de inflación'. Este régimen sirve para cuando hay que bajarla del 15% al 5% anual. Pero no funciona cuando una economía viene con una inflación del 40%". Lo cierto es que, en este momento, la disyuntiva que se le plantea al Banco Central es si admitir que el 17% será casi imposible de cumplir y, en consecuencia corregir la meta, o si apegarse a su "número fetiche" aun enfrentando el escepticismo del mercado.

Los más optimistas del gobierno creen que la caída fuerte de la inflación se notará en el segundo semestre, cuando el índice caerá por debajo del 1% mensual y que ahí se acallarán las dudas y las críticas. l


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