Macri quiere que Argentina sea el nuevo aliado de Estados Unidos

Con la llegada de Obama, buscan estrechar vínculo y recibir inversiones
El episodio quedó inscrito como uno de los mejores en el largo anecdotario de Carlos Menem. Recién asumido como presidente de una Argentina traumatizada por la hiperinflación y la descomposición social, Menem viajó a Washington para entrevistarse con el anfitrión, George Bush padre.

"¿Así que usted es el famoso presidente Menem?", lo recibió Bush, curioso por el halo pintoresco del argentino, pero también algo a la defensiva y preparado para escuchar un pedido de urgente ayuda financiera. Pero Menem lo sorprendió y en vez de comenzar a relatarle las penurias económicas del país, le dijo con su característico desparpajo: "Presidente Bush, encantado, dígame en qué puede ayudar la Argentina a su país".

Bush soltó la carcajada, y en ese mismo momento quedó establecido el tipo de relacionamiento que ambas naciones cultivaron durante una década, más tarde bautizado con el expresivo nombre de "relaciones carnales".

Lo que quedaría demostrado es que la frase de Menem encerraba toda una concepción de relaciones internacionales: por más que la Argentina se encontrara entonces en uno de sus peores momentos, le estaba haciendo saber a Estados Unidos que podía tener un gran valor como aliado.

Eran tiempos de fin de la guerra fría, de expansión del comercio internacional y de comienzos de la ola globalizadora. Se necesitaban líderes regionales que predicaran el credo de la liberalización de mercados, las privatizaciones y la apertura a la inversión externa. Y la Argentina asumió ese rol con entusiasmo, transformándose en el paradigma del "Consenso de Washington". A cambio, recibió un aluvión de inversiones y un alivio en la deuda externa que le permitió vivir holgadamente durante una década.

Cambio de clima


Veinticinco años después, se percibe la repetición de la historia. Y la llegada de Barack Obama el 22 de marzo en su primera visita al país –junto con la misma comitiva de 800 personas que lo acompañarán a detectar posibles negocios en la Cuba pos castrista– es una demostración de ese punto de inflexión.

Argentina atraviesa un momento económico complicado y está sincerando la ausencia de capital en un país que durante la etapa kirchnerista basó su economía en el consumo, esfumando los "colchones" de ahorro e infraestructura previamente generados.

Radiado del escenario internacional por haber incurrido en el default de deuda soberana más grande de todos los tiempos y por el gusto kirchnerista de cultivar una imagen de rebeldía frente a las potencias mundiales, fue rápidamente "frizado" por los gobiernos de Estados Unidos y las potencias europeas.

Obama solo se había encontrado con Cristina Kirchner en cumbres presidenciales como la del G-20, en reuniones poco más que protocolares y signadas por la frialdad. Y era fuerte el contraste con la cercanía que demostraba hacia otros países de la región, especialmente Brasil, Chile y Colombia.

Pero está claro que los tiempos han cambiado. Y la región ya no es lo que supo ser. Sumido en una grave crisis política, Brasil está lejos de cumplir el rol de líder regional que ocupó durante los últimos años (ver página 21).

Y en ese contexto, la Argentina de Macri surge como la renovación. Y, como Menem en 1989, su mensaje entre líneas es que a Estados Unidos le conviene que a él le vaya bien.

Una relación "win-win"


Se van acumulando las señales sobre una nueva etapa en la relación bilateral Argentina-Estados Unidos. La renegociación de la deuda y la venida del presidente Obama son sus puntos simbólicos más altos.

Pero ahora falta lo más importante: las inversiones. Estados Unidos perdió en los años 90 su rol de principal inversor extranjero en la Argentina. Primero a manos de España, que lideró el proceso de privatizaciones. Luego, en los 2000, el protagonismo le tocó a Brasil, que inició un plan de expansión regional y adquirió empresas en varios rubros industriales y del sector agro-ganadero.

Las multinacionales de origen estadounidense se quedaron, aunque replegadas y con bajos niveles de inversión. No obstante, ante la retracción de brasileños y españoles, las empresas estadounidenses están recuperando el primer lugar que habían ostentado tradicionalmente.

La intención del gobierno de Obama es volver a jugar un rol protagónico en la infraestructura, donde en los últimos años avanzó China, con inversiones en trenes, generación eléctrica, puertos, finanzas y, para preocupación estadounidense, una base de observación espacial de 200 hectáreas en la Patagonia, que podría tener usos militares.

La conclusión parece muy clara: pocas veces una relación amistosa entre Argentina y Estados Unidos resultó tan beneficiosa para ambos gobiernos. Como dirían los funcionarios macristas de origen empresarial, un "acuerdo win-win".

Los primeros pasos de Macri en las relaciones internacionales


Mauricio Macri debutó en materia de política internacional con una agenda recargada y claras señales de realineamiento. No había asumido en su cargo cuando ya propuso que Venezuela debería ser suspendida del Mercosur por sus violaciones a los derechos humanos.

Y uno de sus primeros gestos fue el viaje al foro internacional de Davos, el gran evento político-empresarial del cual la Argentina se había mantenido alejada durante 15 años. Allí no sólo se reunió con el vicepresidente estadounidense Joe Biden, sino que tuvo una maratón de entrevistas con empresas de la talla de Microsoft, Coca-Cola, General Motors y Dow Chemical.

Al término del foro, el presidente anunció la próxima llegada de inversiones por un monto de US$ 20.000 millones. Una cifra que algunos vieron como un exceso de optimismo pero que, en todo caso, deja en claro el propósito de la política exterior del nuevo gobierno.

"Nuestro país ha decidido tomar su lugar en el panorama mundial", fue la definición de Macri ante la prensa extranjera.

"Necesitamos empresas importantes del mundo para financiar y construir carreteras, puertos, vías navegables y proyectos energéticos", agregó.
Dio señales de buena voluntad ya en el arranque del gobierno, con el levantamiento del cepo cambiario. De esa forma, se estaba enviando un mensaje claro: quien se instale con un nuevo negocio no sufrirá interferencias en el movimiento de capitales.

Y, por si faltaba otra señal "market friendly", se negoció en tiempo récord el pago en efectivo y reconociendo el 75% de la deuda completa –capital más intereses y punitorios– a los llamados "fondos buitre".

El guiño del gobierno estadounidense ha sido notorio. No por casualidad, antes de que el juez Thomas Griesa aceptara el acuerdo y el levantamiento del embargo para la Argentina, el secretario del Tesoro Jack Lew ya había dado su opinión en el sentido de que la propuesta que se hizo a los holdouts implicaba "un esfuerzo de buena fe".

Hubo, además, otro gesto que se mide en millones de dólares: Estados Unidos, que siempre rechazaba la aprobación de créditos a la Argentina en organismos multilaterales como el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo, ahora cambió su voto. Se espera que el BID otorgue préstamos por US$ 5.000 millones en los próximos cuatro años.


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