Madre Teresa: la santa de la oscuridad

“A veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota”

El periplo vital de Agnes Gonxha Bojaxhiu comienza a los 18 años de edad, en 1928, cuando parte de su ciudad natal, Üsküp –hoy Skopie, la capital de Macedonia–, rumbo a la India, su patria de adopción, para dedicarse en cuerpo y alma a los más necesitados, primero en la orden de monjas de Loreto y luego al frente de la congregación Hermanas Misioneras de la Caridad.

Pero su vocación de servicio a los más desvalidos no se explica totalmente sin la influencia que tuvo en Agnes la actitud de compasión y generosidad con los más necesitados que vio en su hogar, en su mamá, Dranafile Belnai. Pero tampoco sin la prédica del sacerdote croata Franjo Jambrekovi?, un jesuita entusiasta por las misiones y la difusión de la palabra de Jesús entre los más pobres de la India, a quien Agnes conoció en la parroquia de su pueblo natal a los 15 años de edad.

Se convirtió en la madre Teresa de Calcuta, portando todo el aspecto de una mujer frágil, que los retratos inmortalizaron con un gesto sonriente en un rostro surcado de líneas, en juego con las arrugas de las manos, casi siempre en actitud de rezo. Un cuerpo delicado, más endeble aún con el transcurso de los años, siempre enfundado en un sari indio de algodón, de color blanco, como los que usan las mujeres más pobres de la India, adornado de azul, símbolo de la Virgen María, y un pequeño crucifijo pegado al hombro izquierdo, un signo de la protección de su Dios para defender a los pobres entre los más pobres. En sus pies, quizás el mayor símbolo de humildad y piedad: unas sandalias similares a las que usaba el apóstol Pablo de Tarso.

Nunca mostró afán por tener poder o protagonismo, hasta tal punto que rogó infructuosamente a sus superiores religiosos que destruyeran "cualquier carta" de su autoría que no estuviera directamente relacionada con su congregación, autorizada por Pío XII en 1950, con la misión de trabajar para los más pobres entre los pobres, comulgando con un espartano modo de vida.

Ella se veía a sí misma como "un lápiz en las manos de Dios" y estaba convencida de que simplemente era un instrumento de su señor, a quien no quería quitar ninguna preeminencia. Ese era su principal temor ante su creciente reconocimiento público.

Por eso no estaba en sus planes recibir el Premio Nobel de la Paz, en 1979, por el "trabajo emprendido en la lucha por superar la pobreza y la angustia, que también constituyen una amenaza para la paz".

Y es probable que no se habría sentido muy cómoda con la decisión de su beatificación, ordenada por el papa Juan Pablo II, la que comenzó en 1999 –a dos años de su muerte y antes del plazo ordinario exigido de cinco años, excepción de la que solo existe el precedente de Francisco de Asís– y finalizó en 2003, lo que le hubiese parecido un despropósito porque si había algo que prefería era pasar inadvertida.

Pero, como escribió el padre Brian Kolodiejchuk, postulador de la Causa de Beatificación y Canonización de la madre Teresa, "no estaba en el plan providencial de Dios para ella que permaneciera en el anonimato".

Solo faltaba que la Iglesia católica iniciara el proceso de canonización para comprobar la existencia de un milagro, su poder de intercesión ante Dios, para que la beata madre Teresa subiera al altar de los santos, como ocurrió el pasado 4 de setiembre, un día antes de que se cumplieran los 19 años de su fallecimiento en Calcuta, y en el Año Santo Extraordinario de la Misericordia.

En una carta de su puño y letra al sacerdote jesuita Josef Neuner, el 6 de marzo de 1962, madre Teresa insinúa la posibilidad de llegar a ser una santa, pero una muy particular: "Si alguna vez llego a ser santa, seguramente seré una santa de la 'oscuridad'. Estaré continuamente ausente del cielo, para encender la luz de aquellos que en la tierra están en la oscuridad", los oprimidos y marginados del mundo.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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