Maduro no tiene la culpa

El Mercosur ha sido arruinado por escasas convicciones integradoras entre Brasil y Argentina

Los caudillos venezolanos Hugo Chávez y Nicolás Maduro siempre hablaron como si el mundo dependiese en parte de ellos, para éxtasis de muchas personas sencillas de su país. Sin embargo la economía de Venezuela es mucho menor que la de Argentina, por ejemplo, e incluso que la de Colombia. Representa apenas el 11% de la población y del producto bruto del Mercosur, que tiene en Brasil un grandote desproporcionado.

Cuando se creó en 1991, este bloque económico fue un espejo en el que se miraron muchos países de América Latina y África. Pero al menos desde 1999, cuando Brasil devaluó su moneda sin decir agua va y metió a los socios en graves problemas, se ha convertido en un mal chiste y en un ejemplo de fracasos políticos e integracionistas sistemáticos.

Por presión de Itamaraty, esta semana los cuatro socios fundadores –Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay– asumieron en conjunto la Presidencia del bloque, en lugar de trasmitírsela a Venezuela, como correspondía. Y le dieron plazo hasta el 1º de diciembre para que cumpla con su obligación de adoptar normas comerciales, migratorias, aduaneras y sanitarias comunes, además de respetar las reglas democráticas y la vigencia plena de los derechos ciudadanos.

Venezuela no podrá cumplir con esas obligaciones, al menos bajo el chavismo. Nicolás Maduro profundiza día a día el autoritarismo, la burocratización y militarización de la economía, que colapsó, y de todos los aspectos de la vida cotidiana, hasta el punto que el país es una caricatura de la modernidad. La antigua fanfarronería de la Venezuela "bolivariana", que Chávez llevó al paroxismo mediante acciones disparatadas y precios récords del petróleo, se ha transformado en una mueca lúgubre.

En realidad, lo que desean los gobiernos de Brasil, Argentina y Paraguay es sacarse de encima a Nicolás Maduro y su régimen. Uruguay, que defendió los derechos de Caracas hasta donde pudo, se fue al mazo antes de sufrir las iras de Brasil y de su canciller, José Serra, quien se había ido burlado de Montevideo tras su visita relámpago del 5 de julio. El pequeñísimo Uruguay ya pagó un alto precio por su enfrentamiento de años con Argentina; no se trata ahora de andar mal con los dos vecinos a la vez por una causa indefendible.

En 2012 los presidentes izquierdistas o nacionalistas de Argentina, Brasil y Uruguay suspendieron –y humillaron– a Paraguay para hacer ingresar a Venezuela al Mercosur por la ventana. Fue afinidad política, pero más todavía fue interés en vender mucho a un país que importa casi todo lo que consume.

Ahora el que entró por la ventana es Michel Temer, presidente de Brasil después de la destitución de Dilma Rousseff, lo que terminó por cambiar la ecuación política en la región. Los auténticos líderes del bloque, Brasil y Argentina, que reúnen el 86% de la población y del producto, desean intensificar las negociaciones por tratados de libre comercio con la Unión Europea y otras regiones. Maduro es impresentable en Bruselas, donde nadie se lo tomaría en serio. Y la Venezuela chavista, que se propuso instaurar el "socialismo del siglo XXI" como si el del siglo XX no hubiese sido suficientemente malo, no llena los requisitos mínimos de transparencia y libertad que permitan su integración a economías modernas y diversificadas.

Pero el problema básico del Mercosur no es tanto Venezuela, un país menor aunque ruidoso. Los principales responsables han sido los erráticos rumbos seguidos por Brasil y Argentina en el último cuarto de siglo. Los líderes empresariales paulistas y los políticos de Brasilia no suelen tener ni por asomo convicciones liberales y aperturistas. Tienden a ver al Mercosur como un coto de caza privado y no como territorio de complementación para asociaciones más fuertes. Mientras tanto Argentina sufre esporádicas recaídas en el nacionalismo desarrollista que practicó Juan Domingo Perón en sus primeros gobiernos, entre 1946 y 1955. Las gestiones de Néstor Kirchner y Cristina Fernández entre 2003 y 2015 fueron un completo ejemplo de los desatinos estratégicos que a partir de la década de 1930 hicieron retroceder a Argentina hasta posiciones secundarias.

Brasil y Argentina también han actuado como el perro del hortelano: ni se integran ni dejan integrarse. Le ocurrió a Uruguay durante el gobierno de Jorge Batlle y el primero de Tabaré Vázquez, cuando se consideró un tratado de libre comercio con Estados Unidos.

La integración regional, un mito latinoamericano recurrente desde la independencia e inagotable fuente de palabrerío, seguirá demorada por la estrechez de las elites políticas locales y la mezquindad de los empresarios que se favorecen de las fronteras y los monopolios.


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