Mal síntoma para la democracia

El problema no fue Trump, sino el divorcio insalvable entre elites y sectores populares
El error más común que se comete al evaluar las elecciones de EEUU ha sido interpretar todo el ascenso y posterior triunfo de Donald Trump únicamente como la victoria de la xenofobia y la megalomanía sobre la sensatez y la ortodoxia política.

Desde luego, la retórica incendiaria del magnate, sus desmanes xenófobos y sus desplantes vanidosos calaron en amplios sectores del centro de EEUU bombardeados durante décadas por la prédica ultraconservadora, y en otros cautivos del mensaje de la reality TV.

Pero no fue eso lo que le garantizó el pasaje a la Casa Blanca. Fueron los votos del cinturón industrial, la cuna del Made in USA, hoy convertida en una larga hilera de comunidades devastadas por la globalización, la robotización, el desempleo y los desalojos.

Esa faja que va desde Pittsburgh hasta Green Bay y que comprende a los estados de Pensilvania, Ohio, Michigan y Wisconsin, había sido desde siempre un bastión demócrata caracterizado por una clase media obrera próspera y fuertemente sindicalizada, que rara vez votaba otra cosa. No fue así esta vez.

La globalización es un proceso irreversible, pero no ha logrado las protecciones sociales para amplias capas medias que se habían acostumbrado a la prosperidad del "sueño americano" y ahora languidecen en la postergación social. Ha generado un mundo de transición que aún no ha sido capaz de resolver ese problema.

Y para rematar, los excesos del sistema financiero, al cobijo de las políticas de Washington, dejaron a esos mismos ciudadanos, además de sin empleo, sin casa, después de la crisis de 2008.

A ese río revuelto llegó Donald Trump con su caña de pescar y sus poderosos anzuelos de proteccionismo, de discurso anti TLCAN, anti Washington, anti Wall Street, antilobbies y antitratados de libre comercio. Era el suyo un mensaje poderosamente antiestablishment, antitodo lo que representa a ese sistema que los ha postergado.

Y así, el establishment reaccionó también en forma virulenta: los medios de comunicación, los partidos políticos (incluso el suyo propio), Wall Street y los grupos de poder le tiraron con toda la batería para bajar su candidatura. Es muy probable que esa reacción de las elites haya generado otra, en contra, mayor aún. Trump era entonces, a ojos de muchos, Buffalo Bill. Era el cowboy que llegaba al pueblo a enfrentar en solitario a los poderosos rancheros y a las autoridades corruptas del lugar.

Por eso ganó exactamente como dijo que iba a ganar: con su "estrategia del cinturón industrial". Y con ello, derrotó a las encuestadoras, a los expertos, a los medios, a los líderes políticos de ambos partidos y a todos los que lo dieron varias veces por muerto.

El mismo fenómeno se dio con el brexit en el Reino Unido, y se manifiesta de diferentes formas en todo el mundo desarrollado. El mensaje populista (sea de izquierda o de derecha) y nativista cala hondo en poblaciones que ven su estilo de vida amenazado por los procesos del mundo moderno.

Mientras las elites en EEUU y Europa no entiendan eso, habrá muchos más Trumps, muchos más brexits y muchos más Marine Le Pen en el horizonte.

Nada de esto exime a Trump de sus exabruptos, de su lenguaje divisivo y discriminatorio, y de sus propuestas más radicales que nos retrotraen a las épocas del más condenable autoritarismo. Sin embargo, parece ser solo el síntoma del problema, no el problema en sí, que en realidad es la sordera, la ceguera y la arrogancia de las elites.

Por todos los disparates que dijo Trump en campaña sobre la política exterior, dijo también algo que parece lógico: hay que hacer las paces con Moscú para evitar que Siria y el resto de Medio Oriente se sigan desangrando.

El problema no ha sido Trump. Él ha sido solo la manifestación de un problema que enfrenta todo el mundo desarrollado: la creciente y aparentemente insalvable brecha entre las elites encumbradas y las masas postergadas.

Populares de la sección

Acerca del autor