María: un cuco que asusta más que el comunismo y el carlanco juntos

Advierten que la imagen de la madre de Jesús amenaza con evangelizar a los paseantes

Atrás quedaron el cuco, el carlanco y el comunismo, entre otros fantasmas y aparecidos del folclore uruguayo. Y aunque hoy se precisa un poco más de ingenio para asustar a los niños y a los adultos -a los que internet y la televisión les ofrecen imágenes más aterradoras que el viejo de la bolsa- los asustadores de siempre no pierden la costumbre de seguir azuzando espantos.

Ahora presenciamos el advenimiento de un nuevo monstruo de mil cabezas que amenaza con aparecérsele a los montevideanos en la rambla del Buceo.

El nuevo espectro se llama, como en el tango, solamente María y, para más datos, es la madre de Jesús. Según se advierte desde varios frentes, la instalación de una imagen de la virgen en un espacio público de la rambla capitalina –como lo viene pidiendo la Iglesia Católica- resultaría una claudicación intolerable para el Uruguay laico y un paso en falso que dejaría al país ahogado en pilas bautismales.

Es así que, resumiendo el pavor de muchos, el diputado socialista Roberto Chiazzaro, le asignó a la estatua de la virgen unos poderes que ni la propia Iglesia se atreve a otorgarle.

"Determinadas imágenes, como la de la Virgen María pueden de alguna manera conmover a la opinión pública y lograr mayor eco en la fidelidad a la Iglesia", se escandalizó Chiazzaro en declaraciones a El País.

Uno lee estas advertencia y se imagina, no sin esfuerzo, a los uruguayos paseando por la rambla con su mate y su termo y, de pronto, quedando extasiados frente a la imagen de yeso, de bronce o de vaya a saber qué material.

Según nos anoticia y nos advierte Chiazzaro, ese pobre uruguayo que inocentemente se disponía a chupar laicismo por la bombilla, se verá, por gracia de la inmóvil imagen religiosa, convertido en un soldado fiel de las sotanas.

El parlamentario socialista parece no advertir que al avisar acerca de la posibilidad de semejantes conversiones, está concediendo que los milagros pueden existir. Es más, luego de otorgarle poderes increíbles a la imagen de María, Chiazzaro arremete contra el catolicismo pero lo hace admitiendo que, como Dios, la iglesia tiene el poder de la omnipresencia.

"La iglesia católica está en todas partes. Nos pusieron la cruz, nos pusieron el monumento del Papa y esto es demasiado", se enoja el legislador al parecer acosado por ángeles y santos mientras debate en el hemiciclo parlamentario.

Si, en algún momento de desvarío, admitimos que los monumentos públicos pueden ejercer en nosotros un poder insospechado, ya podemos prefigurar al andante uruguayo mutando incansablemente ante las estatuas montevideanas: se volverá patriótico ante la imagen de Artigas y pacifista frente a la de Gandhi, girará sobre su propio eje ante Yemanyá, le hará reverencias al coreano verde agua del Buceo.

Así, y sin que lo advirtamos, la simplísima idiosincrasia uruguaya corre el riesgo de quedar devastada por un trastorno de identidad disociativo que, diabólicamente y en silencio, nos quieren imponer con el verso de que solamente se trata de la inofensiva imagen de la esposa de un carpintero.


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