Más riqueza y más empleo, pero no es para todos

La apertura golpea a los trabajadores comunes que sufren desempleo e incertidumbre económica
Por Peter S. Goodman
New York Times News Service

Durante el mismo tiempo en que los barcos se han aventurado al otro lado de las aguas, trabajadores como Patrick Duijzers han vinculado su fortuna al comercio.

Él es un estibador aquí en el puerto más grande de Europa, y su playera negra de Jack Daniels, arracadas y copiosos anillos dan a Duijzers la apariencia de un pirata bohemio. Su salario lo sitúa sólidamente en la clase media holandesa: ha ganado lo suficiente para comprar un departamento y disfrutar de vacaciones en España.

Últimamente, sin embargo, Duijzers ha llegado a ver al comercio mundial como una fuerza malévola. Su patrón –una unidad del Maersk Group, el conglomerado del transporte danés– está metido en una batalla fieramente competitiva en todo el mundo.

Ve a compañías de transporte terrestre que reemplazan a los conductores holandeses con inmigrantes procedentes de Europa Oriental. Ha despedido a compañeros de trabajo de más edad que aceptan a regañadientes jubilarse anticipadamente conforme los robots ocupan sus puestos. En las últimas tres décadas, las filas de su sindicato se han reducido de 25 mil miembros a unos 7.000.

"Más comercio mundial es bueno si recibimos un pedazo de la torta", dijo Duijzers. "Pero ese es el problema. No lo estamos recibiendo".

Mucho más allá de los muelles del Mar del Norte, esos lamentos ahora resuenan como la banda sonora de un rechazo cada vez más vigoroso al libre comercio.

Durante generaciones, las bibliotecas llenas de libros de texto de economía han prometido correctamente que el comercio mundial amplía la riqueza nacional al reducir el precio de los productos, elevar los salarios y estimular el crecimiento. Las potencias que surgieron victoriosas de la segunda guerra mundial defendieron la globalización como el antídoto a conflictos futuros. En Asia, Europa y Norteamérica, los gobiernos de todas las tendencias ideológicas se han enfocado en el comercio como su fuerza económica rectora.

Pero el comercio no conlleva garantías de que los beneficios se compartirán equitativamente. En gran parte del mundo industrializado, una parte enorme de las ganancias han sido cosechadas por personas con títulos avanzados, opciones accionarias y necesitadas de contadores. Los trabajadores comunes han soportado los costos, y sufrido el desempleo y la ansiedad económica cada vez más profunda.

Estos costos han resultado abrumadores en comunidades que dependen de la industria para su sustento, excediendo enormemente lo que anticipaban los economistas. Los formuladores de políticas bajo la esclavitud de la filosofía económica neoliberal han apostado a la idea de que debería confiarse en los mercados para impulsar el bienestar social.

Al hacerlo, no elaboraron plan alguno para el trauma que ha acompañado a los beneficios del comercio. Cuando millones de trabajadores perdieron sus salarios ante la competencia extranjera, no tuvieron el apoyo de sus gobiernos para amortiguar el golpe. Como resultado, el enojo en ebullición está dando la voltereta a la política en Europa y Norteamérica.

Acuerdos comerciales

El Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan) expuso a los trabajadores en Estados Unidos a la competencia con México, pero su aprobación se dio a mediados de los años de 1990, justo cuando la inversión se estaba dirigiendo a internet, creando demanda de una gama de productos manufacturados: muebles de oficina para los programadores de Silicon Valley, camiones para los mensajeros que entregan artículos del comercio electrónico. El ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio en 2001 desencadenó una ola de choque mucho más grande, pero un auge de la construcción absorbió a muchos de los trabajadores despedidos.

El auge de las empresas punto-com es ahora un recuerdo distante. La burbuja de la vivienda estalló. Gran parte de la economía mundial está operando libre de apuntalamientos artificiales. Los trabajadores poco calificados enfrentan oportunidades sombrías y una competencia intensa, especialmente en Estados Unidos. Aun cuando los datos recientes muestran que los estadounidenses de clase media finalmente están empezando a compartir las ganancias de la recuperación, los ingresos de muchos siguen estando por debajo de donde estaban hace una década.

"Los debates que estamos teniendo sobre la globalización y el costo del ajuste son conversaciones que debimos haber tenido cuando firmamos el Tlcan y cuando China entró en la OMC", dijo Chad P. Bown, experto en comercio del Instituto Peterson para la Economía Internacional en Washington. "Había personas hablando sobre estas cosas, pero no fueron tomadas muy en serio en su momento. Hay mucho que lamentar políticamente".

El escepticismo ha echado raíces en algunas de las potencias comerciales más grandes, notablemente Estados Unidos, Francia, Italia y Japón.

Al mismo tiempo, la automatización ha crecido en sofisticación y alcance. De 2000 a 2010, Estados Unidos perdió unos 5,6 millones de empleos manufactureros, según cálculos del gobierno.
"Tenemos una política pública hacia el comercio", dijo Douglas A. Irwin, un economista de Dartmouth College. "No tenemos una política pública sobre la automatización".

Posturas políticas contra la globalización

En Gran Bretaña, el voto en un referéndum en junio a favor de abandonar la Unión Europea fue en parte un rechazo al sistema, de parte de trabajadores que culpan al comercio por sus salarios en declive. En toda la Unión Europea, los movimientos populistas han ganado seguidores como una indignada respuesta a la globalización, poniendo en peligro acuerdos comerciales, incluso uno con Estados Unidos y otro con Canadá.

"La política comercial de la Unión Europea está paralizada", dijo el ministro italiano de Desarrollo Económico, Carlo Calenda, durante una reciente entrevista en Roma. "Esta es una situación trágica".

En Estados Unidos, el candidato presidencial republicano, Donald Trump, aprovechó la ira de las comunidades que se tambalean por el cierre de fábricas, denunciando al comercio con China y México como una amenaza mortal a la prosperidad estadounidense. La candidata demócrata, Hillary Clinton, ha cambiado de postura, oponiéndose a un enorme acuerdo de libre comercio que se extiende por el Pacífico al que apoyó mientras era secretaria de Estado.

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