Maternidad después de los 30

Cada vez más mujeres en el mundo optan por postergar la maternidad para después de los 30 años. Una tendencia posibilitada por los avances en la medicina y en la tecnología, y con consecuencias en la reposición de la población

En el mundo desarrollado, y en buena medida en muchos países en desarrollo, lo primero que busca la mujer es consolidar su carrera profesional, lograr un empleo que le brinde tranquilidad, en todo caso comprar una casa o un auto (o las dos cosas), encontrar un buen compañero y luego, claro está, el hijo.

Así, en Europa la edad media de las mujeres para ser madres rebasa la frontera de los 30 años, según un reciente informe publicado en el diario ABC de Madrid. En España, a su vez, la edad media de maternidad se sitúa en los 31,3 años y el número medio de hijos es de un bajísimo 1,33, de acuerdo al Instituto Nacional de Estadística (INE).

Alemania presenta un retraso mayor. En 1990 la edad promedio se encontraba en los 23 años y más de 20 años después se ubica en los 30. Alemania es el país con el menor número de niños en Europa: solo el 16,5% de los más de 81 millones de ciudadanos alemanes son menores de 18 años. Según ese mismo reporte de ABC, la cantidad de mujeres de 40 o más edad que dieron a luz se expandió 71% en Inglaterra y Gales al principio de esta década.

Ningún país europeo, a excepción de Francia, presenta una tasa de fertilidad que permita el mantenimiento del actual volumen de población, es decir, el equivalente a dos hijos por mujer.

La baja natalidad es una condición propia de países europeos que poco a poco se ha ido extendiendo a otras partes del mundo. Las naciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) coinciden en atribuir la postergación de la maternidad para edades más avanzadas al costo de oportunidad que implican los hijos para el desarrollo de la carrera profesional.

Diferentes estudios han planteado que durante las primeras etapas de la baja tasa de natalidad los países normalmente experimentan prosperidad, como los europeos: una mayor proporción de adultos jóvenes trabajadores usan sus años más productivos y generan riqueza. Como tienen menos niños de los que preocuparse, aumenta la fuerza laboral femenina y los adultos están más propensos a consumir bienes durables. Asimismo, por ser pocos, cada niño recibe una mayor inversión.

Pero esto tiene un costo y a la larga pasa factura. El primer efecto de la baja de natalidad se observa en la caída de la fuerza de trabajo de las futuras generaciones, las cuales no pueden mantener el nivel de productividad. Una población envejecida comienza a consumir más recursos de los que se producen, bajando así la calidad de vida. Además, al bajar la población activa, disminuyen las economías de escala, así como los potenciales consumidores y, por lo tanto, la demanda. También se reduce el emprendimiento, pues son los jóvenes quienes están más dispuestos a arriesgarse.

"La incorporación de la mujer al mundo del trabajo ha inducido a procesos de planificación familiar más estrictos. La vida en las ciudades, con desplazamientos más largos, deja menos tiempo para la familia, y los costos asociados a salud y vivienda son factores económicos que influyen. Es algo ya vivido en Europa con décadas de anticipación", dijo el director de la Escuela de Ciencia Política y Administración Pública de la chilena Universidad de Talca, Gustavo Rayo, para explicar que este fenómeno responde a cambios profundos de los valores, la cultura y la economía.

Una cuestión de estabilidad poblacional

Por nuestros pagos, la situación es similar. Además de demorar la llegada de un nuevo ser al mundo por cuestiones sociales y económicas, el contexto denota una tendencia de baja natalidad que no tiene vistas de revertirse en el corto plazo.

En Uruguay la edad de maternidad también se ha retrasado en la última década, al pasar de los 24 a los 28 años, y la tasa de fecundidad ha bajado de 2,5 hijos en 1996 a 1,97 en 2011, el pico histórico más bajo. De acuerdo a datos de la Unidad de Información Nacional de Salud (UINS) del Ministerio de Salud Pública (MSP), ese año se registraron 46.706 nacimientos, mientras que en 2010 fueron 47.420. El descenso en 2011 es, a juicio del economista y demógrafo Juan José Calvo, una baja "significativa" para el país que "difícilmente" se pueda revertir. El hecho de que Uruguay tenga un índice de fecundidad inferior a 2,1 por mujer (fecundidad de reemplazo), supone que no se garantiza una pirámide de población estable.

"El fenómeno del envejecimiento de la población se ha convertido en uno de los ejes de la realidad demográfica en el siglo XXI. Este proceso, que se ha instalado en la mayoría de los países de América Latina durante la llamada transición demográfica, tiene lugar en un contexto en el que las desigualdades se manifiestan no solo entre grupos sociales sino también entre grupos etarios. El creciente aumento del peso de las personas adultas mayores en la estructura poblacional tiene diversos impactos en la vida económica, social, cultural y política de una sociedad", reflexionó el Reporte Uruguay Social 2015 de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP).

El informe indicó además que, de acuerdo al Censo 2011, se observa un bajo peso relativo del grupo etario que va de los 12 a los 29 años (27%) en la población uruguaya, lo cual confirma que Uruguay se encuentra en una etapa "avanzada" de la transición demográfica, con un creciente peso de la población mayor de 65 años.

En un reportaje de hace tres años, El País resaltaba que las necesidades económicas y los cambios culturales han hecho que la población joven uruguaya siga disminuyendo y la clase media piense bien a la hora de tener más de un hijo. El gobierno y los expertos buscan cambiar esta situación para no poner en riesgo la sustentabilidad del sistema previsional del país, pero ni el aumento de la licencia por paternidad —que pasó de 3 a 13 días— ni la posibilidad de trabajar medio tiempo durante 6 meses para algún integrante de la pareja han logrado estimular a los uruguayos a traer más niños al mundo. Ha habido anuncios de implementar beneficios para un eventual tercer hijo, pero han quedado por el camino.

No solo lo económico pesa en esta decisión. También está la idiosincrasia. "La baja de la natalidad obedece a cambios en el mercado laboral, a la incorporación de la mujer, a su proceso de emancipación, de equidad de género, su ingreso al sistema educativo y un proyecto de vida que no está necesariamente asociado al rol de madre", indicó en ese informe el especialista en políticas sociales de Unicef, Gustavo de Armas.

Pero los uruguayos pueden respirar tranquilos. El país aún no se encuentra en una situación "grave". De ese modo lo manifestó la socióloga y especialista en natalidad Carmen Varela a El Observador. "Por más que la tasa global de fecundidad está por debajo de 2, no es tan así porque eso es un número que promedia la reproducción de las jóvenes con las que están terminando su reproducción. Las mujeres de 35 a 45 años están llegando en general a dos hijos por mujer, e incluso a veces más. No es cierto que estemos disminuyendo la población. Si disminuye, hay que ver qué entra y qué sale en cuanto a nacimientos, muertes, inmigración y emigración. Y esa cuenta no está dando negativa", matizó la experta.

Entre América y Asia

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En la misma tónica, en la mayor parte de América se ha registrado un retraso en la edad de maternidad. Ya desde 2010, en Brasil se reveló un aumento significativo de las mujeres que tienen hijos con más de 30 años. El envejecimiento de las madres brasileñas va unido a la caída de la fecundidad, que pasó de 2,38 hijos en 2000 a 1,86 al principio de esta década.

En Argentina, que se ubica junto a Uruguay y Chile entre los países con más baja natalidad de América Latina, la tasa de fecundidad cayó en forma abrupta en los últimos años, al tiempo que la edad media para ser madre por primera vez se acerca a los 30 años. Este país se encuentra por debajo del nivel de reposición, con riesgo de envejecimiento poblacional. En Chile no solo se ha retrasado la maternidad sino que el crecimiento de su población prácticamente se ha detenido en los últimos años en 17 millones de habitantes.

En la otra punta del mundo, en Japón, uno de los países con menor tasa de natalidad, la edad media de las mujeres que dan a luz por primera vez se ha incrementado en las últimas décadas hasta los 29,7 años, con una tasa de fecundidad de 1,41 en 2014. Según el censo divulgado a principios de 2016, se constató que en los cinco años anteriores Japón perdió casi 1 millón de habitantes.

Sin embargo, en países como la India, la edad de maternidad apenas ha variado en las últimas dos décadas y oscila entre los 19 y los 20 años. Se prevé que para 2022 la India se convierta en el país más poblado del mundo, superando a China, con más de 1.450 millones de habitantes.

Ventajas para las treintañeras

De acuerdo a la medicina, la edad tiene peso en relación con la fertilidad y con los riesgos que conlleva para la madre y su bebé un embarazo tardío. La naturaleza llama a las féminas a parir hijos más bien jóvenes, en plena veintena. Algunos expertos advierten en torno a sobrepasar el reloj biológico; aunque muchas mujeres piensan que pueden tener hijos mediante fertilización in vitro con 45 años, subrayan que por encima de los 37 años las cosas se pueden complicar.

Los óvulos, al igual que el resto de las células del cuerpo, envejecen, lo que hace que las probabilidades de quedar embarazada vayan disminuyendo con la edad. Una mujer de unos 20 años que esté tratando de quedar embarazada en sus días fértiles tiene 25% de probabilidades de conseguirlo, a partir de los 30 años tiene 15%, a partir de los 35 descienden las posibilidades a 8%, mientras que a partir de los 38 años, solo hay 3% de chance.

Aparte de la dificultad para concebir, los años también pesan en el embarazo y en el parto, sobre todo luego de los 35 años. De cualquier modo, no todo parece ser complicado para las madres que deciden tener hijos a partir de la treintena. Existe un estudio que asegura que las mujeres que se aventuran en la maternidad con más de 33 años podrían vivir más tiempo.

El informe realizado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston, que forma parte de una investigación mayor: "Estudio familiar de la vida larga", utilizó una muestra de 462 mujeres, donde anotaron cuándo nació el último hijo concebido de manera natural y luego la edad que tenían las mujeres al morir.

Observaron que cuando las madres tenían más de 33 años tenían el doble de probabilidades de vivir hasta los 95 años o más, que las mujeres cuyo último hijo había nacido antes de los 30. "La capacidad natural de tener un hijo a una edad más avanzada probablemente indique que el sistema reproductivo de una mujer envejece con lentitud y, por tanto, lo mismo sucede con el resto de su cuerpo", comentó Thomas Perl, uno de los autores del estudio.

Los investigadores creen que esa genética especial podría explicar que el 85% de las personas que viven más de 100 años sean mujeres. Incluso, informes anteriores habían encontrado que las mujeres que tenían hijos después de los 40 años tenían cuatro veces más probabilidades de vivir más de 100 años que las demás.

Estos avances y descubrimientos son positivos y llevan tranquilidad. Porque es muy real que se tiene el hijo cuando se puede y no siempre cuando se quiere.


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