"Mientras el liberalismo no tenga agenda social, va a seguir perdiendo"

El referente de la derecha chilena reflexiona sobre ideología y política en América Latina
Vendido, canalla, traidor. En definitiva, un converso. A Mauricio Rojas le persigue el karma de lo que fue y dejó de ser. En la década de 1960 el chileno militó en el MIR, un movimiento guerrillero al otro lado de los Andes que compartía los mismos fines y los mismos medios que los tupamaros en Uruguay. Pasó de prepararse militarmente para la revolución a convertirse en un referente del liberalismo para la derecha chilena y para la región. La historia de Rojas, plasmada en su último libro, Diálogo de conversos –escrito junto al novelista Roberto Ampuero–, es la historia de todo aquel que un día dejó de creer y tuvo el coraje de dar vuelta la página.

En el marco de su pasaje por la Feria del Libro de San José, el historiador económico recibió a El Observador y reflexionó sobre su giro ideológico, sobre su concepción del liberalismo y los problemas que tiene esta doctrina para constituirse como alternativa a los partidos de izquierda en Latinoamérica.

Según dijo, mientras no logre construir "una fuerte agenda social de igualdad básica de oportunidades", la derecha en la región no tendrá "capacidad de gobernar".

Usted formó parte de una célula mirista en Chile en la década de 1960 y hoy es un ideólogo del liberalismo. ¿Dónde estuvo el quiebre?
Yo no tuve la suerte de San Pablo. A mí no me cayó un rayo, ni tuve una revelación. Analizando, estudiando, tratando de entender qué pasó conmigo, con mi madre, comprendí que habíamos creído en una verdadera religión atea que plantea exactamente lo mismo que el cristianismo, pero terrenalizándolo. Yo creía que la versión marxista de la historia era científica, pero un día descubrí que el comunismo primitivo era el Jardín del Edén, las sociedades de clase son el Valle de Lágrimas y el el comunismo venidero es el Paraíso futuro. No solo hay una construcción, que es una copia atea de la religión, sino una expectativa mesiánica propia de la religión. El hombre nuevo es la idea del Paraíso en la Tierra. Y eso es, por supuesto, para un joven latinoamericano, muy influenciado por la revolución cubana, una cosa tremendamente atractiva. La idea de que tú puedes cambiar el mundo, la historia, para siempre. Eso es lo que te lleva un día a convertirte en un criminal político.

En su libro, usted habla del marxismo como "una idea genocida".
Porque el fin es tan grande, lo que puedes lograr es tan maravilloso. Qué importa que mueran 10, 20, 1.000, que tú mueras, que tu amigo muera. Qué importa mentir. Son pequeños detalles cuando está en juego el destino de la humanidad. Esa es la condición psicológica en la que te transportan este tipo de ideologías. Puede ser el nazismo, puede ser el marxismo, donde tú te sientes el liberador, el portador de algo superior. La idea del hombre nuevo es una idea genocida porque al lado de ese ideal ni tú ni yo somos nada, somos defectuosos, estamos listos para ser disciplinados o incluso aniquilados si somos demasiado defectuosos, somos muy burgueses o muy judíos. Las revoluciones empiezan prometiendo el cielo en la tierra y terminan generando infiernos.

"Una voluntad desmedida por hacer el bien" que "lleva al mal absoluto", escribió.
Esa es la tragedia del marxismo. No es que los malos se juntaron para hacer el mal. Esa es la explicación que dan algunos en la derecha que no entienden nada. Al contrario, los buenos, tremendamente imbuidos de esta idea del bien definitivo y superior, terminan haciendo el mal. Hacen el mal con buena conciencia. Matan creyendo que están librando a la humanidad. Sacrifican la verdad porque creen que están haciendo un bien mayor. Esas fueron las cosas que yo pensé durante largo tiempo: ¿por qué mis ideas siempre conducen a dictaduras terribles? ¿Cómo gente como Lenin o Stalin o Mao, que eran como yo cuando jóvenes, llegan a ser verdugos, tiranos? Y después iba yo camino a ser tirano. Y mi madre, la persona más admirable que conocí, iba también en ese camino.

"Muchos no tienen idea de lo difícil y doloroso que es romper con un dogma", dice usted en el libro. ¿Cuál fue el costo que usted pagó?
Mi proceso fue muy largo, porque es mucho más que una ruptura ideológica o intelectual. Es una ruptura con seres queridos. El costo es alejarte definitivamente de gente que tú respetas, para los cuales tú eres un traidor, que les causas dolor. Cuando dices que tu creencia lleva al genocidio, estás diciendo una cosa muy fuerte. No es decir que estás más o menos equivocado. Con mi madre tuve un enfrentamiento muy duro. Ella estuvo en la cárcel de Pinochet y un día, su hijo único de madre soltera, le dice: "Mira, eso que hemos creído, por lo que tú estuviste en la cárcel y nuestros amigos han muerto, es una ideología perversa". Esa parte es la que yo llevo como una duda. ¿Se puede ser tan despiadado con seres que tú quieres tanto? ¿Debería haberle dicho todo eso a mi madre? Porque tú sabes que le vas a causar un dolor inmenso. Descalificas la vida de una persona, por más buenas razones que tengas.

¿Qué implica para usted ser un liberal?
Yo me identifico con un liberalismo integral que no prioriza la cuestión económica. Llego al liberalismo huyendo del totalitarismo –en este caso, del marxismo–. Un liberalismo en un sentido muy clásico, como la defensa de la dignidad del ser humano frente a estas ideologías colectivas, como el nacionalismo, el comunismo, el fascismo, que arrasan al ser humano. El origen de la palabra liberal es español y significaba originalmente generosidad. El talante abierto, respeto por el otro, cultura democrática, esa es la esencia del liberalismo. Por eso a mí me choca mucho aquel tipo de liberales que hubo en América Latina, que parecían muy contentos con que la economía se liberalizara y miraban para otro lado cuando se trataba de políticas de derechos humanos. Eso le hizo un mal terrible al liberalismo. En muchos países, decir que uno es liberal es prácticamente estigmatizarse.

¿Por qué se identifica al liberal con el conservador?
Hay una mezcla, en muchas partes, de conservadurismo en las cuestiones de vida y liberalismo económico. Esa mezcla es muy lejana, es antagónica a mi forma de ser liberal, que primero contempla la libertad en los distintos planos, especialmente en las elecciones de vida. Y en la parte económica, el mercado como instrumento de algo, no como un fin, que es en lo que algunos parecen creer. Un liberalismo, además, que le concede al estado una función importante, que busca compatibilizar estado, mercado y sociedad civil en vez de antagonizar. Yo no soy un liberal antiestado, si bien el estatismo no me gusta en absoluto. La única idea no puede ser reducir los impuestos a cero y sacar al Estado excepto la policía, los soldados y los jueces. Esa es una visión muy chata del liberalismo que por ahí anda, circulando también.

¿Por qué ha sido tan difícil en la región generar una propuesta liberal en ese sentido que usted defiende? ¿Por qué la agenda liberal se ha atado a la conservadora y ha sido la izquierda la única portadora de la agenda de nuevos derechos?
El liberalismo latinoamericano ha partido de un punto de vista muy conservador. Ha tenido una gran incapacidad de dar una respuesta a los problemas sociales. La agenda social del liberalismo ha sido relativamente débil y, a veces, casi inexistente. Ahí está uno de los grandes deberes del liberalismo a futuro: tener una fuerte agenda social de igualdad básica de oportunidades. Eso como definición ética. La idea del liberalismo es darle la mayor libertad posible a la mayor cantidad de personas. Parte del colectivo, no de mi libertad. Hay liberales que piensan que la libertad es "no me toquen y no toquen mi propiedad". Para mí, el problema es cuando hay seres humanos en la sociedad que no pueden ejercer la libertad porque les faltan recursos. La libertad de leer requiere saber leer. La libertad de trabajo requiere tener medios, una capacitación, un medio de transporte. Todo eso que limita la libertad real debe ser tarea del liberalismo si quiere ser políticamente significativo. Y esa tarea está por delante.

De hecho, es una de las críticas más fuertes que se le hace al liberalismo económico: cómo se para frente a la pobreza y la desigualdad.
Sí, de ser egoísta e indiferente y no preocuparse de esas cosas. Yo creo que es una buena crítica porque apunta a un lado flaco.

En el espectro político uruguayo no hay liberales que se reconozcan como tales. Fuera del Frente Amplio y los partidos minoritarios, que acaparan la izquierda, prima el discurso de "no me gustan las etiquetas", o "menos ideología y más gestión". ¿Cómo evalúa esta realidad?
También sucedió en Chile, donde se elaboró un concepto que se llama "cosismo" y que es dedicarse a las cosas concretas. La centroderecha chilena durante mucho tiempo dijo: "Mientras que todos acepten la economía de mercado y la democracia, no hablemos de ideología". Luego eso se pagó muy caro porque si tú abandonas el terreno de las ideas, alguien lo va a ocupar. La gente se preocupa de las cosas muy concretas, pero también de las cosas más grandes. Si tú abandonas eso, le entregas el terreno a otros. Esta forma de "no ser ideológico", de no tener ideas o principios claros, ha sido una defensa de un cierto liberalismo frente al embate de la izquierda. No han sido capaces de enfrentarse en el nivel de las ideas y se han refugiado en "la cosa para la gestión". En Chile, se dio tremendamente durante 25 años, pero finalmente se muestra que la gestión es algo insuficiente porque estás hablando de seres humanos que quieren darle un cierto sentido a lo que se está haciendo. Ahí la izquierda ha tenido siempre una gran ventaja.

Usted es muy crítico con los movimientos de izquierda de los años de 1960 y dice que propiciaron algunas de las condiciones que allanaron el camino a los regímenes totalitarios. Parándose en la Latinoamérica de hoy, hay quienes explican el surgimiento de figuras como la de Hugo Chávez en Venezuela como el resultado de políticas que fomentaron la desigualdad y el descontento, el caldo de cultivo para los populismos. ¿Qué responsabilidad tienen los líderes y movimientos previos a Chávez o al kirchnerismo?
Grandísima responsabilidad. Chávez no cae del cielo. En Venezuela hubo un largo período de corrupción creciente de la clase política. El populismo surge de un descrédito de la clase política en su conjunto. Aparece un líder que se define como antipolítico, define a toda la clase política como una casta, pero ese discurso tiene que calar en una realidad donde la gente ve primero grandes desigualdades, una despreocupación por la pobreza. En Venezuela había una gran riqueza y a la vez una gran pobreza. Por eso la agenda social liberal es muy importante. Porque si no se cambian esas condiciones, tarde o temprano aparece el vendedor de ilusiones, sea de izquierda o de derecha.

En el libro usted habla de un "doble estándar moral de los partidos de izquierda" al condenar a regímenes totalitarios de derecha y no aquellos con los que comparten una base ideológica. ¿Por qué es tan difícil para los partidos de izquierda latinoamericanos, algunos de base profundamente democrática, tener posturas críticas hacia experiencias que sí traspasan esos límites?
Porque ellos creen que esos movimientos antidemocráticos buscan el mismo fin por medios que no comparten hoy en día –por suerte, porque antes los compartían–. Tú no condenas a tu hermano de creencia futura, que comparte tu utopía, de la misma forma en que lo haces con el de enfrente, que no comparte la utopía, porque ese es malo. Tu hermano es un bueno equivocado. Y eso hace que haya una especie de complicidad. Nunca hay una denuncia clara, como con Venezuela. Se ve también con la guerrilla colombiana. ¿A qué movimiento fascista se le permitiría que se le dieran garantías del tipo que se le quieren dar a la guerrilla colombiana?

¿Ve hoy un repliegue de la izquierda en América Latina? ¿Hay una agenda liberal que está emergiendo?
Creo que todavía no. Veo algunos intentos que son muy bienvenidos, como Macri o un eventual segundo gobierno de Piñera. Pero falta mucho más desarrollo. Son buenas alternativas frente a gobiernos que han sido muy desastrosos, como el de los Kirchner. Pero creo que falta elaborar una agenda mucho más fuerte en lo social. Un problema hoy de América Latina es la volatilidad. La política latinoamericana funciona en torno al mesianismo, a la idea de que llega un ser iluminado y de nuevo inventa el mundo. En América Latina hemos tenido 250 constituciones nuevas completas para 19 países. En EEUU hubo una y en Inglaterra ni siquiera la hay. Hay una tradición de continuidad, un firme tronco de desarrollo.

¿Qué siente hoy al escuchar una canción de Víctor Jara, Violeta Parra o Silvio Rodríguez?
La escucho con mucho gusto y siento una sana envidia. Porque ese arte, esa música, esa poesía, surge de una indignación frente a un mundo injusto. Esa indignación me gustaría que el liberalismo la tuviera. El liberalismo no puede ser un movimiento resignado si hay mucho que hacer. Los liberales deberían estar sumamente indignados con el mundo que existe. El problema es que les falta una genuina indignación. El arte crece cuando hay un cierto dramatismo, algo que cambiar, algo grande que hacer. La trova cubana, García Márquez, Vargas Llosa salen de un mundo que está hirviendo. Al liberalismo le falta esa mirada al mundo para cambiarlo. La rebeldía de la que hablaba Albert Camus. No el ser revolucionario, que es quien tiene listo un plan para el mundo. El rebelde es quien dice no, aquí y ahora, a que un niño no tenga comida o que traten mal a una mujer. Esa es la rebeldía que le falta al liberalismo y mientras tanto, mientras no tenga una agenda social, va a seguir perdiendo. Y no va a tener ni arte ni capacidad de gobernar. O va a gobernar cuando la izquierda haga tales desastres que tenga que venir a arreglar un poco la situación. Pero el proyecto que encanta a la gente no va a estar presente.

Por qué lo entrevistamos

Mauricio Rojas es un referente del liberalismo. En momentos en los cuales varios países en la región dan un vuelco ideológico en sus gobiernos, cobra importancia la reflexión sobre las agendas políticas y los principios detrás de la gestión. El historiador económico es una voz crítica frente al desdibujamiento ideológico de los partidos y a la falta de definición sobre los fundamentos que dan sentido a la propuestas.


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