Milton Wynants: el héroe de la eternidad

"Al ciclista de hoy en día le falta más sufrimiento en entrenamiento y competencias para mejorar su nivel"
Una bicicleta de US$ 2.000 costeada de su propio bolsillo. Una preparación en los rústicos velódromos uruguayos para competir en el lujoso óvalo de madera de Dunc Gray, en Sídney. Juegos Olímpicos del año 2000. Una wild card (carta invitación) como vía de entrada. Y gloria infinita al final de las 160 vueltas de la prueba por puntos de ciclismo: Milton Wynants se metió en la eternidad el 20 de setiembre de 2000 al conquistar la medalla de plata de los Juegos Olímpicos, devolviendo al podio a Uruguay después de 36 años.

Wynants, nacido el 28 de marzo de 1972 en Paysandú, fue un talento único. Milagroso por el amateur medio que lo rodeó. Heroico por el valor de sus conquistas.

Dio sus primeras pedaleadas en el Veloz Club de Paysandú, creció admirando a Federico Moreira y llegó al ciclismo grande en 1992, al Club Policial.

"Por su garra, entrega y por su estricta vida personal fue un ejemplo de virtudes", dijo en el año 2000 a El Observador el entrenador Alberto Camilo Velázquez, quien lo seleccionó con 16 años para un combinado juvenil.

Ese fue su gran año. Pero Wynants comenzó su cosecha de metales para Uruguay en 1994, cuando ganó la medalla de plata en la prueba por puntos de los Juegos Odesur de Valencia, repitiendo podio y presea en el Campeonato Panamericano de Chile del mismo año.

Al año siguiente en los Juegos Panamericanos de Mar del Plata dio una cabal muestra de su determinación y espíritu combativo. Se cayó en la vuelta 78 de la prueba por puntos, pero se levantó y siguió. Terminó con la plata colgada al cuello, solo superado por el canadiense Brian Walton quien sería plata al año siguiente en los Juegos Olímpicos de Atlanta.

Esa fue la primera aventura olímpica del Gorra, como se lo llamó siempre a Wynants, un tipo querido y respetado por el entorno deportivo debido a su sencillez y humildad.

Finalizó en el undécimo puesto tras una gran actuación que la plata de Sídney, con razones de peso, terminó opacando.

"Es un sueño del que no me despertaré por mucho tiempo", le dijo a El Observador tras ganar aquella medalla de plata, con las enormes desventajas que implica hacerlo desde el amateurismo uruguayo.

"La diferencia con los rivales es que ellos corren a un nivel mucho más alto. Cuando uno viaja al exterior a correr carreras lo hace a través de la Federación Uruguaya, se prepara en Uruguay corriendo carreras domingueras, Rutas de América, la Vuelta Ciclista, y cuando se arma una selección te llevan. Pero en Europa están las mejores pruebas de pista, que son seis o siete al año. Esa alta competencia te lleva a sacar la sensación de miedo. Los que participaron acá son buenos, pero no son ningunos cucos. Y yo vine a los Juegos a lograr algo importante, eso es lo que me llevó a conseguir una medalla", dijo en su primera entrevista como plata olímpica, solo derrotado por el español Joan Llaneras, relegando al tercer puesto al ruso Alexei Markov.

Además, compitió en una bicicleta que se compró con ayuda de su familia en Buenos Aires por poco más de US$ 2.000, luego de que se cayera en un Panamericano de Bucaramanga y que un ciclista rival le destrozara su birrodado. La Federación Uruguaya solo pudo conseguirle entonces US$ 500.

Después llegaría el noveno puesto en Atenas 2004, donde se clasificó como medallista de plata del Mundial de Melbourne (otro logro histórico), y el 16º en Pekín 2008. Pero también un sinnúmero de conquistas que bien pueden darle el título honorífico a mejor deportista uruguayo de la historia.

Razones metálicas sobran. A los lauros antes mencionados se suma su memorable doblete en los Juegos Panamericanos de Santo Domingo 2003, en que no solo ganó en su especialidad, la prueba por puntos en la pista, sino también en la de ruta. Además, sumó las preseas de bronce en la prueba por puntos de Winnipeg 1999 y Río de Janeiro 2007. Esta última tuvo, como gran parte de sus conquistas, un carácter hazañoso: había estado tres años alejado de los velódromos internacionales y además llegó a la prueba contracturado y con gripe.

Ganó medallas en juegos Odesur, en campeonatos panamericanos, en mundiales B y en etapas de Copa del Mundo. A nivel local conquistó la Vuelta de 1996 y Rutas en 1998 y 2007. No le faltó absolutamente nada. Fue un ganador nato, un ejemplo de profesionalismo y la cabal demostración de que el esfuerzo y el sacrificio pueden ser el motor de superación a las condicionantes del medio.

Ahí está su plata de Sídney. En la era donde el profesionalismo había tapado los logros históricos uruguayos de la primera mitad del siglo XX, apareció un tal Milton Wynants para que la bandera uruguaya volviera a flamear lo más olímpica.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.

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