Montevideo, volver al pasado

A lo largo de los siglos, algunos de los viajeros y visitantes ocasionales de Montevideo dejaron reflexiones sobre la ciudad, su aspecto y sus costumbres; Noel Gallagher fue de los últimos
A pesar de su supuesta inmovilidad y esperpento, Montevideo puede ser cambiante y movediza. Si no, que lo diga el director de cine Michael Mann, que una vez utilizó un par de cuadras de la Ciudad Vieja para reproducir La Habana en Vicio en Miami (2006). Una vez vi cómo a la Estación Central de AFE le echaban toneladas de sal, que simulaba una casi real nieve, para lograr el efecto de hacerla parecer una estación de tren rusa. A pocas cuadras de allí, el rascacielos de vidrio de ANTEL pasa por una postal de Berlín o de Fráncfort. El Palacio Legislativo podría estar en Viena. La ciudad tiene un rincón parisino en la Plaza Zabala y en Avenida del Libertador, un costado balneario y arenoso en las playas de la costa y uno señorial en las viejas mansiones de Carrasco. También posee manzanas que se parecen a barrios pobres de África. Todo depende, siempre, del ojo del que mira.

A lo largo de sus siglos de vida (que este año cumple sus 290 años), algunos de los viajeros y visitantes ocasionales de Montevideo dejaron reflexiones sobre la ciudad, su aspecto y sus costumbres. Noel Gallagher, ex líder de la banda inglesa Oasis, fue de los últimos. Pero la tradición es larga.

De los primeros juicios sobre la ciudad datan hacia inicios del siglo XIX los comentarios de los soldados ingleses que llegaron en las dos invasiones al Río de la Plata. Los británicos encontraron una Montevideo recelosa e hispánica, católica y esclavista, donde las mujeres se vestían de pies a cabeza y tenían la costumbre de fumar en público, entre otros detalles. Luego, a lo largo de ese siglo, estas tierras tuvieron visitantes ingleses tan ilustres como el mismísimo Charles Darwin, que destacó la presencia de cactus en una desarbolada ciudad.

También el viajero Woodbine Hinchliff escribió una memoria de su viaje por el Plata, que comentó Carlos Real de Azúa para Marcha, donde destaca en 1861 la omnipresencia en la población, más allá de las clases sociales, de una infusión verdosa que se toma desde una pequeña calabacilla y con una bombilla.

En el siglo XX, otros honorables súbditos de Su Graciosa Majestad que derivaron hasta estas costas, como George Pendle, que en 1952 publicó en Londres Uruguay, South America's first welfare state, una amplia monografía sobre la realidad nacional. En sus percepciones, encontró en esta particular ciudad un estado de bienestar ajeno a su contexto continental.

En otro tono y con otra simpleza, una estrella del rock británico también opinó sobre lo que vio. En su reciente visita a la capital, donde tocó en el Teatro de Verano el pasado 15 de marzo, El Observador entrevistó a Noel Gallagher y el oriundo de Manchester dijo que Montevideo le parecía "un pueblo muy viejo". "En Brasil encontré algo más de modernidad, pero aquí parece un viaje en el tiempo", agregó el Gallagher mayor, e hizo referencia a su anterior estadía en la capital uruguaya, en 1991, cuando todavía no era nadie en el mundo del rock; apenas un simple "plomo" con unas cejas densas y unidas que le valían el apodo de "Mono-brow".

El tipo llegó a inicios de los 90 por la rambla costera, hizo exactamente el mismo camino, y un cuarto de siglo después, le parece que sigue siendo la misma ciudad. Por supuesto, se puede argumentar que esa impresión puede estar deformada por el golpe de vista, por la brevedad, la parte por el todo. Pero tiene algo muy genuino: la percepción sensorial directa, a pesar del tiempo y las circunstancias, es la misma.
¿Será que desde afuera parece que no ha pasado el tiempo? ¿Será verdad? ¿Pasaron 25 años y para ciertos estándares internacionales los uruguayos seguimos viviendo en la misma cajita avejentada, herrumbrada, de paredes húmedas y despintadas, de grisura casi congénita?

Todavía nadie ha venido a Montevideo para recrear Budapest, Bucarest o la Varsovia más decadente
de la época comunista. Quizás nos encontremos ante una paradoja temporal: quizás esas ciudades ya cambiaron de piel, mutaron y se transformaron. Montevideo entonces, con su olor a "pueblo viejo", sería la marca de representación, en el presente, de un tiempo ya ido. Volver al pasado, en clave uruguaya.

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