Montevideo y el Frente Amplio: un matrimonio unido por la costumbre

¿Por qué la izquierda gana en la capital elección tras elección desde hace 27 años?
En su novela Así empieza lo malo, el escritor español Javier Marías describe resignada e impiadosamente a aquellas parejas que se eternizan por gracia o desgracia de la mera costumbre.
Como se verá luego, si nos esmeramos un poco en convertir esa descripción en una metáfora, el matrimonio al que alude Marías se parece mucho a la relación que, desde hace 27 años, une al Frente Amplio con el gobierno de Montevideo.

"La una forma parte del existir de la otra persona tanto como el aire que respiran, o al menos como la ciudad que habitan y que jamás se plantearían abandonar por insufrible que se les hubiera hecho. Están ahí y ya no son buenos ni malos, aborrecibles ni gratos, deprimentes ni estimulantes, benéficos ni perjudiciales. Son lo que hay –son el envoltorio, la palidez cotidiana, el entorno-, no se los cuestiona ni se considera la posibilidad de prescindir de su aliento o su murmullo permanente y cercano, tampoco la de hacerlos cambiar o la de mejorar los términos de nuestra relación con ellos. Se los da por descontados, son algo con lo que se convive de manera excesivamente natural. Entre esas personas se pierde la conciencia de que un día hubo elección y que la presencia del otro podría acabar sin demasiadas complicaciones", escribe Marías.

Buena parte de quienes hayan gastado unos segundos en leer este extracto en el que se habla de afectos y desafectos, de elecciones, de conciencia, de cambios y de ciudades, no habían nacido o recién habían abandonado la niñez o la adolescencia en 1990 cuando Tabaré Vázquez llegó a la intendencia de la capital.

Esos lectores no conocen o apenas recuerdan cómo era la ciudad post dictadura antes de que la comandara la izquierda y, en todo caso, no sería un buen recuerdo. Las municipales de 1985 las ganó el Partido Colorado, más precisamente Aquiles Lanza, quien murió a poco de haber asumido y dejó el cargo en manos de sucesores que protagonizaron una gestión para el olvido.

Entonces llegó Vázquez y el Frente Amplio no se fue nunca más de Montevideo. Sin pasar apremios, la izquierda ha ganado todas y cada una de las seis últimas elecciones aunque los triunfos no parecen ser el resultado de una gestión excelente, ni siquiera muy buena.

El tránsito del FA por la capital osciló entre lo bueno, lo anodino, lo regular y lo malo. En un carné escolar, la gestión quizá merecería un BienRegular, esa nota que las maestras suelen conceder como salvoconducto para que el niño pueda pasar de grado pese a que el año se le hizo cuesta arriba. La Montevideo que luce tras esas casi tres décadas de gobierno frenteamplista es bien conocida por sus habitantes: muchas veces sucia, a veces oscura o alumbrada con luces mortecinas, un transporte público bastante caro y lento, veredas carcomidas e impuestos nada gratos. Pese a esas carencias en la gestión, el Frente Amplio se ha mantenido cómodamente en el poder, y las explicaciones para esa persistencia pueden ser diversas aunque no abundantes.

Una de las posibilidades supone que lo se ha dicho en el párrafo anterior es falso. A saber: la ciudad están bien iluminada, es cómodo viajar en ómnibus, los pozos son rarísimos, la basura muy pocas veces rebalsa los contenedores, las plazas y los parques son acogedores en el día como en la noche.
Pero si se acepta que Montevideo es una ciudad apagada que parece dormida en el tiempo, entonces la explicación de los triunfos frenteamplistas pasa por lugares menos asibles. No es noticia que el Frente Amplio se ha convertido en el más tradicional de los partidos si lo que se mide es el apego de sus votantes a una bandera más allá de que luzca arriada o a media asta.

El Frente Amplio ha ganado con comodidad las últimas seis elecciones en Montevideo pese a que su gestión tuvo muchas sombras

A esas razones afectivas, hay que sumarles otras más razonadas para explicar esa costumbre que ya cumplió 27 años. Por ejemplo, se sabe que la gente elige al malo conocido antes que al ¿peor? por conocer. Y los montevideanos parecen desconfiar de una oposición que no ha sabido presentar propuestas ni candidatos lo suficientemente atractivos como para dar vuelta esta historia. Sin ir más lejos, la promocionada Concertación terminó convertida en un chasco que prontamente será desguazado.

Sin embargo, ese rechazo a todo cambio que no esté pintado por los colores rojo, azul y blanco, luce exagerado cuando se lo mide con la vara de la administración de una ciudad. Aquí no estamos hablando de opciones por los más pobres o por los más ricos, ni de políticas sociales, ni de disyuntivas salariales, ni de nada dramático.

Se trata de lograr que el ómnibus pase más seguido, de que la basura no nos tape, de que las fuentes de las plazas cumplan su función de fuentes que no es otra que la de lanzar agua, especialmente hacia arriba.

El intendente Daniel Martínez está a tiempo de concretar una buena gestión e impulsar un nuevo triunfo frenteamplista propiciado por las ganas de premiar lo bien hecho y no por el temor al cambio o por simple costumbre. Hasta que eso suceda, hay que asumir que Gardel se equivocó y que 20 años, o 27 o 30 es mucho tiempo.

Lo es para las personas y también para las ciudades que, a diferencia de los seres humanos, no deberían estar condenadas a envejecer sino obligadas a una perpetua renovación.


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