Morir de hambre

Nueva hambruna castiga a Somalia, donde casi 6 millones enfrentan la muerte
Un nuevo episodio de hambruna castiga a Somalia, en el cuerno de África, donde casi 6 millones de somalíes se enfrentan a la muerte.

Una prolongada sequía aniquiló cultivos y elevó el precio de los alimentos básicos. Ello sumado a la inoperancia de un gobierno que no puede atender contingencias, revive el fantasma del hambre que ya liquidó 260 mil somalíes y desplazó a un millón en 2011. Y no es el único caso.

La Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) calcula que 37 países, 28 de ellos en África, requieren de ayuda alimentaria externa.

Otras agencias humanitarias también han lanzado la alerta temprana y altos representantes de la cooperación internacional intentan sensibilizar a los países donantes para que incrementen la ayuda, no solo a Somalia, sino a Sudán Sur y Yemen, países afligidos por conflictos internos y con nula capacidad de reacción en situaciones extremas.

Solo estos tres países suman 28 millones de personas que padecen el flagelo de la inseguridad alimentaria, eufemismo políticamente correcto que suaviza la palabra hambruna.

¿Cómo puede suceder esto en pleno siglo XXI y en la era de las impresoras tridimensionales y los drones?

No sería justo decir que los países ricos y desarrollados no han dedicado esfuerzos para apoyar a estos gobiernos y otros en África o Asia para paliar la hambruna. Sin embargo, urge revisar el paradigma de la cooperación, no tanto a nivel académico y de discurso sino en el terreno.

La ayuda humanitaria debe ir acompañada de proyectos de cooperación de largo aliento que permitan trazar un plan de contingencia con estos gobiernos, el cual incluya la construcción de aeropuertos, carreteras y fórmulas tangibles para el empoderamiento de las instituciones locales.

Ni razones geográficas de distancia, ni la falta de embajadas u oficinas de representación en el terreno, o la escasez de infraestructura debieran ser impedimento para que empresas de los países donantes emprendan proyectos público-privados destinados a dotar a estos Estados fallidos de infraestructura básica para el desarrollo.

Sin caer en ingenuidades, las empresas necesitan velar por su negocio pero las agencias de cooperación y desarrollo de nuestro tiempo pueden apelar a otros instrumentos que permitan trasladar la ayuda a la vez que el know how a naciones que ya no son tan remotas.

Es incomprensible que cerca de 30 millones de personas deban morir de hambre por culpa de la ineficacia y la desidia de un orden mundial que prioriza intereses geopolíticos espurios antes que la vida humana. Violencia y conflictos bélicos en el noreste de Nigeria y en Sudán Sur, el país más joven de África, así como la guerra en Yemen han estancado la economía y desplazado a millones.

La sequía que azota al este de África ha matado el ganado y elevado el precio de los alimentos por las nubes, haciéndolos inalcanzables.

El sistema humanitario global está al borde del colapso por las crisis de refugiados en Medio Oriente y África. Es tarea de las naciones poderosas, en especial aquellas que buscan subterfugios para blindarse ante la llegada de nuevos migrantes, propiciar vías de salida para estas crisis.

Si han de cerrarse las fronteras que comiencen por cerrarlas para las armas, mercenarios y empresas que lucran con la miseria de millones de personas concentradas hoy en estos cuatro focos de conflicto.

De lo contrario, resucitaremos el espíritu de Kevin Carter y aquella imagen dantesca del niño (sudanés) desnutrido ante el buitre.

Es importante reaccionar y desterrar la indiferencia. Y es urgente atender colectivamente esta alerta para que morir de hambre no sea la única opción.

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Acerca del autor

Susana Mangana

Profesora e investigadora de estudios árabes e islámicos. Dirige la Cátedra del Islam y Mundo Árabe de la Universidad Católica del Uruguay