Mundo brexit

Las lecciones y los avisos del referéndum en el Reino Unido
La decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea (UE)abre un sinnúmero de incógnitas, y deja unas cuantas lecciones a aprender, no solo para el gobierno de Londres y la burocracia de Bruselas, sino para toda Europa y su dirigencia política.

Las aristas e implicaciones del histórico brexit al que acabamos de asistir son inagotables.
La primera víctima que se cobró el referéndum fue nada menos que el primer ministro británico, David Cameron, quien tras haberse jugado todo su capital político a la opción de permanecer en la UE, anunció su renuncia en un gesto que sin duda lo enaltece. Pero aún no se sabe bien quién lo va a suceder; si completará su mandato hasta 2020 una figura que emerja de la Conferencia de su Partido Conservador en octubre (tal vez el exalcalde de Londres Boris Johnson, que fue una de las caras más visibles en la campaña del brexit); o si se convocará a nuevas elecciones. Todo es ahora un gran limbo político; ni siquiera está claro cómo se va a procesar el desacople del bloque que mandataron los votantes en las urnas.

Un dato muy relevante, que se ha pasado por alto entre la maraña de análisis económicos, es que de las cuatro naciones que componen el Reino Unido (Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda del Norte), las dos más independentistas respecto de Londres (Escocia e Irlanda del Norte) votaron abrumadoramente por quedarse en la UE. En Inglaterra, solo en Londres se vio un resultado similar, y en otras pocas ciudades donde ganó el Remain por exiguo margen. El resto fue una gran mancha roja por tomarse los vientos de la Unión. Y Gales acompañó mesuradamente. Es decir que la Inglaterra provinciana fue la que terminó sacando al Reino Unido de la Unión Europea.

La Inglaterra provinciana fue la que terminó sacando al Reino Unido de la Unión Europea

El viejo nacionalismo inglés parece haber hecho de las suyas. Porque a nadie escapa a esta altura que el brexit fue una victoria del nacional-populismo sobre la democracia liberal, sobre el establishment y sobre la burocracia internacional. Toda la retórica del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido), y de los "brexiters" en general, fue un largo déjà vu de los argumentos y consignas que usaban los nacional-populismos en la Europa de entreguerras (1919-1939): la simplificación a ultranza de los temas, la apelación al odio al extranjero, al miedo, al resentimiento con las elites políticas, al aislacionismo y a un pasado de grandeza nacional hoy cercenada por un chivo expiatorio extranjero.

Basta recordar la famosa frase de Bismarck, tal vez el primer nacionalista europeo en acumular un gran poder, para advertir las similitudes: "En tiempos de crisis, la clave está en encontrar un chivo expiatorio; en lo posible, extranjero".

Ya sabemos en qué terminó todo aquello.

Los líderes del brexit, como Nigel Farage del UKIP, Boris Johnson y otros, encontraron su chivo expiatorio extranjero en la emigración y en Bruselas. Con eso alcanzó.

Sin embargo, se debe hilar un poco más fino para entender que, si bien esa ha sido la retórica de quienes encabezaron el movimiento, ello no significa que todos los votantes del brexit son xenófobos, o "racistas" (como tanto se les ha enrostrado), o afectos al populismo y a los fuegos de artificio. Se comete el mismo error en Estados Unidos, cuando se descalifica a todos los votantes de Donald Trump en los mismos términos. O a los de Marine Le Pen, en Francia.

Muchos de esos votantes tienen preocupaciones legítimas sobre el volumen y las características de los movimientos migratorios hacia sus países. Tienen también inquietudes legítimas respecto del accionar de una burocracia internacional sobre la que no tienen ningún control. Y tienen preocupaciones legítimas sobre unas elites políticas a menudo desconectadas de la realidad del ciudadano común.

Mientras no se entiendan esas cosas, no se busque cómo encauzar el tema migratorio, cómo llevar los beneficios de la globalización al ciudadano de a pie, cómo bajar de las nubes a las elites y cómo atacar la crisis del Estado-nación rebasado por las burocracias internacionales, y se siga en cambio con las descalificaciones y el ninguneo, los electorados seguirán siendo coto de caza para los populistas, demagogos y radicales de consigna fácil. Y solo se estarán fomentando las divisiones internas. De hecho, es un fenómeno que se da hoy en todo el mundo desarrollado, con el advenimiento de movimientos populistas de derecha a izquierda.

En su análisis tal vez más urgente, el brexit representa un estruendoso llamado de atención para el gobierno de la UE. Algo huele mal en Bruselas para que tantos europeos la sienten como un supragobierno transnacional sin rendición de cuentas, o como un club de amigos demasiado caro que además los deja afuera. Y la salida del Reino Unido podría generar un efecto cascada en Holanda, en Italia, incluso en Francia, donde hay amplios sectores que expresan un creciente resquemor hacia la desenchufada burocracia del bloque.

Y todos estos movimientos que hoy vemos surgir por todas partes abrevan, sin distinción, en ese descontento. Es un mundo brexit.

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