Murió Robert Dahl (y lo vamos a extrañar)

Hijo de su tiempo, dedicó sus primeros trabajos académicos a discutir con las tesis elitistas

Hace exactamente tres semanas, con 98 años, murió el profesor Robert Dahl, uno de los politólogos más influyentes del siglo XX. Como si hubiera querido, por anticipado, rendirle mi sencillo y lejano tributo, ese día, en este mismo espacio, utilicé su teoría de la democracia para llamar la atención sobre los cada vez más evidentes defectos de la campaña electoral uruguaya (1). Quiero volver a referirme a su legado. Estoy convencido de que demasiados ciudadanos latinoamericanos lo van a extrañar tanto o más que los politólogos.

El siglo XX puede ser definido de muchas maneras. En el plano político, fue el siglo de las utopías, de los totalitarismos, y de las utopías convertidas en totalitarismos. Pero también fue el que registró el avance más espectacular de la democracia en el mundo. Dahl fue el mejor testigo de este proceso, a la postre, el más importante de todos. Nació en un mundo signado por la dominación. No puede ser casualidad que los más perspicaces cientistas sociales de fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX (desde Marx a Weber, pasando por Mosca, Pareto y Michels y hasta Weber) hayan coincidido en este punto. Cuando casi 100 años después le tocó partir, aproximadamente la mitad de la población mundial (48,5%) vive en democracias (completas o defectuosas).

Hijo de su tiempo, dedicó sus primeros trabajos académicos a discutir con las tesis elitistas, tan divulgadas en EEUU por Charles Wright Mills quien sostenía que, en verdad, la democracia norteamericana escondía la dominación de una minoría de dirigentes militares, empresarios y políticos (en ese orden). En Who Governs (1961), su primer trabajo resonante, al hacer un estudio empírico del proceso de toma de decisiones en la pequeña ciudad de New Haven, demostró que (al menos a ese nivel) el poder no estaba concentrado en una elite sino disperso en un conjunto de organizaciones económicas, sociales y políticas.

A partir de Dahl la vieja noción de oligarquía fue perdiendo credibilidad e influencia. En su lugar, especialmente a partir de la publicación de Polyarchy: Participation and Opposition (1971), se instaló la de poliarquía. Gracias a esta obra los politólogos disponemos de una definición empírica de democracia que nos permite distinguir fácilmente entre regímenes políticos de naturaleza diferente. Hay democracia (poliarquía en los términos de Dahl) cuando, por un lado, la mayoría de la población participa en las decisiones cruciales (concretamente, en las elecciones) y cuando, por el otro, la oposición puede hacer su trabajo (que consiste, obviamente, en criticar al gobierno) en libertad. En el fondo, Dahl consideraba que la democracia también era un mercado. Así como, cuando hay competencia, las empresas tienden a incorporar las exigencias de los consumidores, cuando hay libertad política y la tasa de participación es alta, los gobernantes están obligados a sintonizar con las preferencias de los votantes. En definitiva, la combinación de participación y oposición hace posible que el peón termine siendo el rey.

Dahl, el mejor crítico del paradigma elitista, a su turno, fue severamente cuestionado. Algunos le reprocharon que, aunque no las ignoraba, su visión soslayaba la entidad de las asimetrías entre los distintos grupos sociales. Otros, que al poner tanto énfasis en la competencia electoral, su enfoque perdía de vista la dimensión deliberativa de la democracia. Las dos críticas son de recibo. Sin embargo, la poliarquía como definición mínima de democracia ha prestado un servicio extraordinario a los estudios sobre la democracia en el mundo. A partir de Dahl quedó muy claro que para que un régimen sea democrático debe hacer algo más que golpearse el pecho y hablar en nombre del pueblo. Debe permitir que la ciudadanía, en libertad, sin miedo, premie y castigue. Si no hay suficiente participación, no hay poliarquía. Si no hay aunque sea un mínimo de libertad para la actividad de la oposición tampoco hay poliarquía. Con una sola de estas dos dimensiones no alcanza. Deben estar presentes las dos a la vez.

Los politólogos vamos a extrañar a Dahl. Pero más, todavía, lo van a echar de menos los pueblos de aquellos países en los que existen gobiernos que pretenden transformarse en régimen. La democracia, en 100 años, avanzó mucho. Pero todavía hay demasiados sistemas políticos, como el cubano, en los que la oposición no es permitida (sin pluripartidismo, sin competencia política de verdad, no hay democracia). Todavía hay demasiados países, como Venezuela, en que los partidos de oposición no pueden hacer su tarea sin temer ser perseguidos. Cada vez que hay un medio de comunicación censurado, una manifestación reprimida, un dirigente opositor encarcelado, la democracia retrocede varios casilleros. No debería hacer falta estudiar a Dahl para entenderlo. Parece mentira que demoren tanto en asimilarlo, en nuestro país, algunos de los que más padecieron la persecución política durante los años de la dictadura.

*Doctor en Ciencia Política, docente e investigador en el Instituto de Ciencia Política, Facultad de Ciencias Sociales, Udelar - adolfogarce@gmail.com


Fuente: Adolfo Garcé *

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