¿Necesitamos una conspiración?

Cuando las cosas van mal, o no van de acuerdo a nuestros deseos, nada mejor que buscar un enemigo externo
Cuando las cosas van mal, o no van de acuerdo a nuestros deseos, nada mejor que buscar un enemigo externo a quien echar las culpas. Es algo tan antiguo como la vida del hombre sobre la tierra y la expresión "buscar un chivo expiatorio" es una de las mejores formas de graficarlo. Pero también lo es la búsqueda de una teoría conspirativa que explique por qué lo que salió mal no es responsabilidad nuestra sino de algún enemigo, en quien se puedan descargar todas las culpas.

Buscar teorías conspirativas es una de las cosas más fáciles y, habitualmente, más falsas para explicar los hechos. Pero los hombres, y especialmente los gobernantes, siguen haciéndolo. Es la forma de tratar de convencer al electorado que no se tiene nada de culpa acerca de los males que suceden o de los cambios que se dan. En política hay chivos expiatorios para todos los gustos: desde la CIA hasta las multinacionales. Trump es un buen ejemplo de ello. Hace años acusó a China de haber creado el concepto del calentamiento global para que la producción de Estados Unidos no fuera competitiva.

Con todo, creo que es Nicolás Maduro, presidente venezolano, uno de los más consumados buscadores de teorías conspiratorias para tratar de explicar todos los males que sufre su nación, desde la falta de papel higiénico hasta alimentos y medicinas de primera necesidad. Maduro acusa obviamente y en primer lugar a Estados Unidos, a los opositores, a los manifestantes, a la prensa, a los empresarios, a la CIA, a la DEA, de las calamidades que una política económica basada en el despilfarro de los recursos petroleros, en el exceso del gasto público y en un desestímulo a los inversores privados, podrían haber sido previstas por cualquier estudiante de primer año de universidad y por el sentido común de cualquier jefa de hogar que sabe que no se puede gastar más de lo que se ingresa y que endeudarse para gastos corrientes es algo que lleva a la bancarrota más pronto o más tarde.

Pero Maduro no puede reconocer su error ni el de Chávez y necesita un chivo expiatorio a quien endilgarle la factura de la fiesta petrolera y de la resaca que se vive ahora. Lo mismo ocurre con otros gobiernos de América Latina que, al no tener el poder militar detrás como Maduro para sojuzgar a la gente, se ven obligados a seguir el ciclo electoral y exponerse a que los votantes les den vuelta la cara. Es el caso de Argentina, donde luego de 12 años de gobierno de mano dura del matrimonio Kirchner, la gente determinó que viniera un gobierno de otro signo (y de un talante democrático).

Con todo, como en varios países de la región en los que gobiernos de izquierda que tuvieron el poder por más de una década y que carecen de reelección indefinida (reelección que es una marca muy clara de autoritarismo) ven cercano el fin de su mandato, una buena parte de la izquierda latinoamericana comienza a buscar "el chivo expiatorio" y la "teoría conspirativa".

En lugar de aceptar que la alternancia es lo propio de las democracias estables, y la rotación de los partidos en el poder una cosa saludable para aventar los aires autoritarios que a todos acechan, se busca un enemigo externo para responsabilizarlo. Es lo que ocurrió esta semana en Ecuador, donde el presidente Rafael Correa ofició de anfitrión a 200 delegados de 23 países en el Encuentro Latinoamericano Progresista (ELAP). Allí participó Cristina Fernández de Kirchner en su primer viaje al exterior después de dejar su cargo, nuestro expresidente José Mujica, invitado estrella en foros de todo tipo, y otros dirigentes connotados como el expresidente Lugo de Paraguay.

Sin embargo, de Chile no fue ninguna figura importante y Bachelet no busca excusas para el enlentecimiento económico de su país ni piensa que la van a echar. Tampoco Tabaré Vazquez envió emisarios a esa reunión y solo espera terminar su período de gobierno para entregar el mando a quien sea elegido por las urnas. El único caso que genera dudas es el de Brasil donde, si bien el impeachment de Dilma fue legal, algunos podrán argüir que primó una postura política. Pero también es verdad que Lula y Dilma toleraron una pavorosa corrupción que llevó a Brasil a su mayor crisis económica e institucional del último medio siglo y nadie los engañó para meterse en ella.

Chile y Uruguay son países donde hay aún madurez democrática y que explica los cambios de gobierno. Madurez que no puede ser tomada como algo dado para siempre, sino como algo que se fortalece con el comportamiento sensato de gobernantes y gobernados, que no están dispuestos a correr aventuras populistas y autocráticas.
Ya sabemos el costo social que tienen ambas.

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