Néstor y Cristina: La década kirchnerista

“Para ser buena política no me tengo que disfrazar de pobre”

ACristina Fernández de Kirchner siempre le gustaba recordar en sus discursos que su marido había llegado a la presidencia en el año 2003 con menos votos que el porcentaje de desocupación laboral que en ese momento azotaba al país.

Y, efectivamente, el escaso 22 % de sufragios que le permitió a Néstor Kirchner llegar a la presidencia lucía más pálido aun cuando se lo comparaba con el galopante desempleo de 25 % que había dejado el colapso del "plan de convertibilidad" de los años 1990.

Ese contexto histórico fue el que terminó marcando la impronta de toda la "era kirchnerista": la población argentina, tras una recesión de cuatro años y el estallido de su peor crisis económica y social, no quería saber más nada con planes de ajuste económico.

Ese clima de fractura social y descomposición política fue no solo lo que llevó al kirchnerismo al poder, sino lo que le dio sustento a su discurso. En los años venideros, cuando Cristina perfeccionó lo que se dio en llamar "el relato", todas las medidas de gestión eran justificadas por la comparación con el momento de la crisis.

Poco importaba que, en realidad, en mayo de 2003 la economía ya se encontrara en fuerte crecimiento y que la recuperación hubiera sido posible por la infraestructura construida en "los malditos años 90". Ni que la pujanza de la industria fuera consecuencia de la "tarea sucia" hecha por Eduardo Duhalde al devaluar la moneda un 200%.

Ese fue el tono que caracterizó al kirchnerismo y le permitió crear una nueva cultura política con una militancia entusiasta: se podía criticar a los antecesores y, al mismo tiempo, beneficiarse con las consecuencias de sus políticas.

Lo mismo ocurriría más adelante en las legendarias batallas de Cristina con diversos grupos de la actividad privada, entre los que sobresalieron los productores de soja: al mismo tiempo que se los demonizaba, se los aprovechaba para engordar los recursos fiscales que permitieron financiar los planes asistenciales.

Los opositores se irritaban por esa manipulación de los datos históricos y estadísticos. No entendían cómo el kirchnerismo podía mantener apoyo y articular un discurso "industralista" cuando, en realidad, el peso de la industria en el Producto Interno Bruto era igual al de los años 1990. Ni mucho menos las proclamas sobre "inclusión social" –una de las expresiones preferidas de Cristina– en un país que no lograba bajar los niveles de pobreza de la franja del 25 %.

Y se escandalizaban, además, por la aparente indiferencia con la que la población recibía las noticias, cada vez más frecuentes, sobre hechos de corrupción que extendían un manto de sospecha sobre la plana mayor de los funcionarios.

Eran contradicciones que, en realidad, no molestaban a una sociedad que todavía tenía muy fresco el recuerdo del colapso de 2001. Por eso, mientras se cumplieran ciertas condiciones esenciales, estaba dispuesta a perdonar todo lo demás.

Esas condiciones eran, principalmente, la eliminación del desempleo y el sostenimiento del consumo. Como fuera. Aun cuando eso implicara la creación de un millón de cargos en el aparato estatal, aun cuando se jubilara a 2 millones de personas sin aportes suficientes y aun cuando todo el boom consumista se financiara con emisión inflacionaria y un congelamiento de las tarifas públicas.

Mientras ese modelo duró, los argentinos estuvieron contentos al punto tal de reelegir a Cristina en 2011 por un abrumador 54 % de los votos, el mayor caudal electoral obtenido por un mandatario, a excepción de Juan Domingo Perón.

El punto débil del kirchnerismo –como en su momento había sido el del menemismo– fue no percibir que ese modelo en algún momento agotaría su combustible y que las modas ideológicas, como todas las modas, en algún momento quedan fuera de época.

Es así que hoy se viven tiempos de austeridad obligada y cierto clima de "fin de fiesta". Es por eso que ya no surte el mismo efecto el discurso contra el Fondo Monetario Internacional y los fondos buitres o el reclamo de reestatización de los servicios.

A fin de cuentas, por más que a los argentinos les guste verse a sí mismos como un caso especial, lo cierto es que siempre siguieron la corriente mayoritaria. Hubo populismo en los años 1950, revueltas y dictadura en 1970, se pasó de la apertura económica al neoestatismo con inflación en los años 1980, luego el liberalismo privatizador en los años 1990 y finalmente el neoestatismo con billetera llena en 2000.

Es posible que en Argentina cada una de estas etapas hayan tenido mayor intensidad que en el resto de la región. Pero no se apartaron del clima de cada época. En ese sentido, la década K no fue la excepción, como tampoco lo está siendo el actual gobierno de Mauricio Macri.

Esta nota forma parte de la publicación especial de El Observador por sus 25 años.


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