Ni perros ni mexicanos, Boogie

El caso del cartel y la polémica leyenda desató una cacería de brujas que expuso excesos en defensa de un pensamiento único
Una guiñada cinéfila, una leyenda mal interpretada y para muchos desacertada en el cartel de una casa de comidas desató la cacería de la policía del discurso único. Algo iba mal en una pizarra que anunciaba burritos con la frase del escándalo: "No se permiten perros ni mexicanos", un tributo a la última de Tarantino, Los ocho más odiados. Pero la sutileza no es el fuerte de los fanáticos.

La explicación de los propietarios sobre el origen de la leyenda no logró frenar a los lobos que olieron sangre y desde la explosión en las redes se desató una cadena de acusaciones bajo la denigrante acusación de racismo y discriminación. El globo se infló y motivó una protesta diplomática de México –obligado por el volumen de la controversia– e intimaciones de la Intendencia de Montevideo, el Ministerio de Trabajo y otros organismos.

Desde que la libertad es libre, las opiniones de cada uno son también libres y a lo sumo se pueden discutir y rebatir. Podría resultar entendible una legítima indignación primaria frente a una sospecha de racismo y discriminación, semillas que más vale desterrar. No hay ningún justificativo para ese tipo de sentimientos que determinaron y todavía determinan masacres y sufrimientos para el género humano.

Aún cuando al final del cuento pueda concluirse que la ocurrencia fue infeliz y el chiste demasiado cool, el episodio muestra que no hay defensa ante los tribunales del pensamiento. Los oídos están cerrados y no hay argumento que venga bien. Nada alcanza, ni el rechazo de una parte del público, ni las aclaraciones ni el perjuicio evidente que sufrirá el comercio. El objetivo es el aplauso fácil de jóvenes y jóvenas, como dijo la responsable del departamento de Cultura de la provincia argentina de Santa Cruz. Causa risa y también alarma este esperpento, hijo de la dictadura del lenguaje. Ojo, tampoco está bueno el pasacalle que pusieron vecinos de Malvín para demandar celeridad en el desalojo de un local ocupado, donde la falta de higiene es preocupante: "Acá tampoco se aceptan mexicanos". Todos captamos el chiste, pero no creo que suceda lo mismo en Sinaloa.

Quienes vieron en el cartel una expresión racista, quizá deberían examinar el libro de oro de Boogie el Aceitoso de Roberto Fontanarrosa. Este personaje, el álter ego del adorable Inodoro Pereyra, es la caricatura magistral de un excomando, matón y asesino, que cuadrito a cuadrito va desarrollando actitudes y expresiones de odio hacia mujeres, negros, homosexuales, mexicanos, hindúes, judíos, pacifistas, artistas, políticos, entre otros grupos humanos. Nadie se escapa y, de hecho, Boogie ciertamente puede resultar chocante para algunas personas, cuyo estómago no digiere esta clase humor.

Al lado de cualquiera de sus expresiones, el cartel de los mexicanos sería letra de canción de cuna.
A los de Fahrenheit 451 se les escapó Boogie, que con el pucho en la boca y sonrisa cínica se burla de quienes quieran ver en la historieta alguna clase de manifiesto. Su respuesta no puede ser otra: ¡Bang¡


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