No es forma de gobernar

El mayor daño de Trump es la señal que envía al mundo empresarial: que las leyes pueden cambiar a gusto del presidente
Acerca de cómo será el gobierno que Donald Trump comenzará el próximo 20 de enero, es todavía muy prematuro pronunciarse. Tanto ha cambiado de opinión el presidente electo desde el 8 de noviembre hasta ahora, que poco es lo que puede decirse de lo que va a pasar el 20 de enero cuando asuma la presidencia.

Por un lado, se ha desecho de promesas electorales nefastas. Ya no piensa encarcelar a Hillary Clinton por el manejo de los correos durante su período como secretaria de Estado. Ya ha matizado la deportación de inmigrantes ilegales –unos 11 millones– para ceñirse a aquellos que hayan cometido algún delito o falta y que podrían ser unos 3 millones, cifra no muy lejana de los 2,6 millones de personas deportadas durante la administración Obama.

Se reunió con el staff del New York Times, al que antes había amenazado con aplicar leyes de difamación a efectos de causarle un daño económico. Se reconcilió con varios de sus adversarios en las primarias republicanas. Ha decidido mantener partes importantes del programa de seguro de salud Obamacare, que hasta hace poco era el causante de todos los males.

Pero poco o nada ha cambiado en cuanto a sus prioridades de política exterior y menos aún en cuanto a sus políticas proteccionistas de comercio exterior. En ese sentido, Trump puede vanagloriarse –y de hecho lo hace– de haber "salvado" 1.000 puestos de trabajo de una fábrica de la empresa Carrier situada en Indiana, que iban a trasladarse a México a cambio de beneficios impositivos que el estado de Indiana se comprometió a darle a la empresa. Tan contento quedó Trump con el acuerdo que viajó hasta Indianápolis para celebrarlo.

Ello fue una pésima señal del presidente electo para el mundo en general y para el mundo de los negocios en particular. Los empleos, su generación y su conservación, no se "salvan" con beneficios impositivos sino con un clima de negocios más favorable, con menos regulaciones y con menos intervención estatal.

Y eventualmente con ayuda en la reubicación o entrenamiento de quienes han perdido su trabajo. Ya Obama cometió en 2009 el error de poner derechos antidumping a neumáticos chinos, lo que tuvo un costo de US$ 1.100 millones para los consumidores estadounidenses para "salvar" 1.200 puestos de trabajo.

Cada puesto de trabajo costó US$ 900 mil.
Aquí probablemente el costo final sea mayor porque el estado de Indiana tiene que hacer concesiones impositivas a lo largo de 10 años y porque Carrier no desistió de mover a otros 600 empleados a México. Lo cual da la impresión que todo fue una gran operación de marketing de Trump, de Mike Pence, su vicepresidente y actual gobernador de Indiana, y de la empresa Carrier, que queda como el héroe empresarial que renuncia a llevarse una fábrica al exterior a cambio de quedar bien con el presidente.

Pero el mayor daño, como dijo Larry Summers, secretario del Tesoro durante la primera administración de Obama, es la señal que se envía al mundo empresarial. La señal de que las leyes impositivas y laborales ya no son generales para todos, sino que pueden cambiar a gusto y placer del presidente. Ya no hay normas previas, conocidas y previsibles sobre las cuales tomar decisiones de inversión y producción. Ahora todo varía al gusto de quien gobierna y no a lo que establece el estado de derecho con carácter general.

¿Qué conclusiones sacarán los empresarios estadounidenses y los extranjeros de este caso, pequeño en sí mismo, pero grande en su significado? Quizá que más vale estar en buenos términos con los deseos presidenciales y ceder a sus demandas a cualquier costo para no tener conflictos. Quizá, que si no está de acuerdo con esos deseos, lo mejor sea posponer inversiones o realizarlas en otro país donde el estado de derecho y no la voluntad del príncipe sea el que decide cuáles son las reglas de juego.

¿Y qué va a pasar con las empresas estadounidenses que tienen su producción en el exterior? Trump amenazó con ponerles un arancel de 35%. Y eso si que es algo que reiteró luego de ser electo: "Las compañías que abandonen Estados Unidos en busca de menores costos sufrirán las consecuencias".

Y Trump concluyó: "Abandonar el país va a ser muy, muy difícil". Y ya sabemos que cuando abandonar un país es "muy difícil", también es "muy difícil" que se quiera ingresar.

En materia de comercio exterior, Trump ha sido muy consistente en sus declaraciones de los últimos 20 años. Detesta el comercio libre. Quiere una "América fuerte".

Pero sin comercio libre, no habrá una América fuerte. Y menos la habrá si en lugar de regirse por el estado de derecho se rige por la voluntad presidencial. En ese caso, las diferencias de clima de negocios entre EEUU con la Rusia de Putin se reducirían casi a cero.

Tal vez eso sea lo que quiera Trump, pero no es modo de gobernar un país fundado sobre el respeto de la Constitución y las leyes y no sobre la veleidad de sus presidentes.

Y ciertamente no fue el modo mediante el cual EEUU se convirtió en la principal potencia mundial.

Comentarios

Acerca del autor